Hoy quiero volver a mi generación. A quienes crecimos en Honduras durante la Guerra Fría, aprendimos a trabajar mientras cambiaban las reglas de la economía y llegamos a la madurez con la sensación de que todavía debemos demostrar que tenemos un lugar. Durante años nos describimos como una generación atrapada entre dos épocas. Ahora, cuando algunos ya pasaron de los sesenta y otros avanzan hacia los cincuenta, aquella incomodidad tiene consecuencias concretas: cuánto hemos conseguido ahorrar, quién nos contrataría si perdiéramos el empleo y de qué viviremos cuando el cuerpo ya no permita seguir al mismo ritmo.
La definición más extendida sitúa a la generación X entre los nacidos de 1965 a 1980. En 2026 cumplimos entre 46 y 61 años. Es una convención, no una frontera que convierta en personas distintas a quienes nacieron con unos meses de diferencia. El propio Pew Research Center advierte que estas divisiones no son una ciencia exacta. En Honduras, además, la experiencia de una generación tiene que explicarse desde nuestra historia. La infancia de un estadounidense durante la presidencia de Ronald Reagan y la de un hondureño bajo la influencia militar de aquellos años podían coincidir en el calendario y transcurrir en mundos muy diferentes.
Muchos éramos demasiado pequeños para entender los conflictos armados de Centroamérica, aunque teníamos edad suficiente para sufrir sus consecuencias. Otros, los mayores de nuestra generación, sí llegaron a participar en ellos. Para quienes crecimos en familias vinculadas con la izquierda, la política entró temprano en la casa como una precaución. Había nombres que no se repetían, conversaciones que no debían salir de la sala y preguntas que era mejor no contestar.
Los hijos de militantes aprendimos a ser prudentes antes de comprender de qué debíamos protegernos. Bajo la sombra de figuras como Gustavo Álvarez Martínez, guardar silencio podía ser una forma de cuidar a nuestros padres. La desconfianza hacia los militares, la policía y los partidos políticos tuvo, para algunos de nosotros, ese origen doméstico. Antes de tener una opinión sobre el Estado, ya sabíamos que convenía tenerle miedo.
Mientras tanto, descubríamos un mundo que llegaba por la radio, la televisión y los casetes prestados. Madonna, Michael Jackson, Duran Duran, UB40 o Elton John formaban parte de nuestras vidas, aunque muchas veces cantáramos sin entender las letras. Aprender inglés con buenos recursos estaba lejos del alcance de muchas familias. La música nos permitía entrar, de todos modos, en aquella conversación que parecía ocurrir en otra parte.
Douglas Coupland popularizó la etiqueta con su novela Generation X, publicada en 1991. La X terminó reuniendo a millones de personas bajo un nombre que parecía admitir que nadie sabía muy bien cómo describirlas. Una incógnita. También una marca para señalar algo, tacharlo o distinguirlo del resto. Nos acostumbramos a ella, quizás porque la indefinición se parecía a lo que sentíamos.
Nuestras familias también estaban cambiando. En algunos hogares se hablaba con mayor apertura del divorcio; la anticoncepción ampliaba las posibilidades de decidir cuántos hijos tener; las ciudades recibían familias que conservaban sus vínculos con el campo. Esos cambios ocurrieron de manera desigual. Hubo madres que pudieron estudiar y trabajar, y otras que sumaron un empleo a las obligaciones domésticas de siempre, sin que nadie las relevara de nada.
Recordamos nuestra crianza como más libre. Pasábamos horas fuera de casa, resolvíamos problemas entre hermanos y aprendíamos a movernos sin la supervisión que hoy consideramos indispensable. Hay motivos para apreciar esa autonomía, pero también para examinarla. Algunas libertades nacían de la confianza; otras, de la ausencia de adultos que estaban trabajando o intentando sostener la familia. La nostalgia tiende a borrar esa diferencia.
Aprendimos a resolvernos la vida solos. Esa capacidad nos ha servido mucho. También nos acostumbró a pedir poca ayuda y a sentir vergüenza cuando la necesitamos.
Al entrar al mercado laboral encontramos un país donde conseguir trabajo y construir seguridad económica podían ser cosas muy distintas. Los ajustes económicos, la fragilidad del empleo y las oportunidades limitadas formaron parte del horizonte de muchos. La promesa de estudiar, encontrar una plaza y jubilarse después de una carrera estable nunca estuvo al alcance de toda la población hondureña.
Por eso conviene tener cuidado cuando importamos el relato de una generación que llegó tarde al Estado de bienestar. Para muchos de nosotros, ese Estado apenas existió como una posibilidad ajena. La protección dependía del lugar donde se trabajaba, de la continuidad de las cotizaciones y de la capacidad familiar para responder a una emergencia.
Fuimos aprendiendo a cambiar de oficio, combinar ingresos, abrir pequeños negocios y aceptar trabajos que no se parecían a lo que habíamos estudiado. Algunos elegimos el autoempleo porque queríamos independencia. Otros llegamos a él porque se cerraron las demás puertas. A menudo llamamos emprendimiento a ambas experiencias, aunque una comience con capital y la otra con la urgencia de pagar el siguiente mes.
En esa trayectoria desarrollamos un orgullo comprensible: sabemos hacer cosas con pocos recursos. Pero trabajar sin descanso no garantiza acumular patrimonio. Una enfermedad, una temporada sin ingresos o el cuidado de un familiar pueden consumir en meses lo que costó años reunir. La autosuficiencia tiene un límite que descubrimos cuando la necesidad supera nuestras fuerzas.
Hoy las diferencias dentro de la generación X son enormes. Algunos tienen vivienda, inversiones y una jubilación encaminada. Otros siguen pagando deudas o dependen de un ingreso que no pueden permitirse perder. Haber nacido en el mismo período no borra las ventajas de una herencia, una buena educación o una familia con contactos. Tampoco compensa las desventajas de comenzar a trabajar demasiado pronto.
La preocupación por las pensiones y el ahorro para el retiro adquiere ahora otra urgencia. A los treinta, una interrupción laboral podía sentirse como un desvío. A los cincuenta, obliga a calcular cuánto tiempo queda para recuperarse. Quien no tiene casa propia o una pensión suficiente enfrenta esas preguntas mientras todavía sostiene gastos cotidianos que no admiten espera.
A esto se suman responsabilidades de cuidado. Para parte de nuestra generación, la madurez significa acompañar a padres que envejecen y seguir ayudando a hijos que no consiguen independizarse. La economía familiar se organiza entre medicamentos, estudios, alquileres y emergencias. Ese trabajo tiene costos que no siempre aparecen en las cuentas y que, con frecuencia, recaen sobre las mujeres.
También seguimos aprendiendo a trabajar con herramientas nuevas. Pasamos del papel a la computadora, del teléfono fijo al celular y de las oficinas a las plataformas digitales. Ahora la inteligencia artificial nos plantea otra adaptación. La dificultad no consiste simplemente en haber nacido antes de internet. Importan el tiempo disponible para aprender, el acceso a formación y la disposición de los empleadores a valorar una experiencia que necesita actualizarse.
Resulta agotador que cada transformación llegue acompañada de la sospecha de que uno ya quedó atrás. Sin embargo, nuestra propia trayectoria contradice esa sentencia. Hemos aprendido muchas veces. Lo que necesitamos es que esa capacidad encuentre oportunidades concretas, especialmente cuando cambiar de empleo después de los cincuenta puede comprometer todo lo construido.
En política tampoco somos una sola cosa. La desconfianza que adquirimos puede llevar a exigir controles sobre el poder, pero también a dejar de participar. Quien concluye que todos los políticos son iguales puede terminar tolerando abusos que antes habría rechazado. El cansancio facilita esa renuncia.
Sería cómodo presentarnos únicamente como víctimas de quienes nos precedieron. A esta edad, ya no alcanza. Hay integrantes de nuestra generación dirigiendo empresas, instituciones, universidades y medios de comunicación. También hay quienes reproducen las prácticas que criticaban cuando eran jóvenes. Nos corresponde preguntar qué hemos hecho con la autoridad que alcanzamos y qué oportunidades estamos dejando a quienes vienen después.
La misma exigencia vale en nuestras casas. Muchos quisimos ofrecer a nuestros hijos la atención que sentimos que nos faltó. Procuramos escucharlos y protegerlos. A veces esa protección se convirtió en control; otras veces, la necesidad de trabajar nos hizo repetir ausencias conocidas. Ninguna generación consigue corregir por completo a la anterior.
Cuando vuelvo sobre estas experiencias, encuentro menos utilidad en decidir si somos mejores o peores que los baby boomers, los millennials o la generación Z. Las etiquetas ayudan a reconocer una época, pero pueden ocultar diferencias decisivas. Pew ha revisado su manera de estudiar las generaciones precisamente para evitar esas simplificaciones. En nuestro caso, la clase social, el género, el territorio y la migración atraviesan cualquier supuesto destino común.
El 16 de julio de 1990, Time dedicó su portada a quienes entonces llegaban a la adultez. Preguntaba si éramos relajados, tardíos o simplemente estábamos perdidos. Todavía no habíamos vivido buena parte de aquello que terminaría definiéndonos, pero ya existía un juicio sobre nuestro lugar en el mundo.
Más de treinta años después, prefiero hacer otra pregunta: ¿qué necesitamos para que toda una vida de trabajo permita envejecer con alguna seguridad?
En Honduras, responderla exige hablar de empleo, pensiones, salud, vivienda y cuidados. También exige reconocer que la habilidad para sobrevivir no vuelve innecesaria la protección social. Podemos sentir orgullo por lo que resolvimos solos y, al mismo tiempo, admitir cuánto nos costó.
No quiero llamar perdida a mi generación. Quiero que podamos llegar a viejos sin depender exclusivamente de nuestra capacidad de aguantar. Después de tantos años aprendiendo a salir adelante, también deberíamos tener derecho a descansar.

