Cada 10 de septiembre Honduras repite que los niños son el futuro. La frase resulta cómoda porque desplaza hacia mañana una responsabilidad que corresponde asumir hoy. Permite celebrar con dulces, música y piñatas mientras se evita mirar el país concreto en el que están creciendo.

Los niños no son una promesa pendiente. Son una tercera parte de la población nacional y viven ahora las consecuencias de la pobreza, la violencia, la migración, el deterioro educativo y la fragilidad de las instituciones encargadas de protegerlos. Nada de eso comienza cuando un menor aparece en un expediente policial, en una evaluación forense o en una sala de emergencias. La pérdida suele producirse antes, lentamente, hasta que el Estado consigue contarla.

Honduras tenía en 2025 más de un millón de niñas, niños y adolescentes de entre 3 y 17 años fuera del sistema educativo. La estimación del informe Estado de la Educación en Honduras 2026 sitúa la cifra en 1,073,615 menores, equivalentes al 36.8 por ciento de la población en esas edades.

La exclusión se concentra en los extremos de la trayectoria educativa. El 63.9 por ciento de los niños con edad para cursar prebásica estaba fuera de las aulas. La proporción disminuía al 19.6 por ciento durante la educación básica, pero volvía a elevarse hasta el 60.5 por ciento en la educación media. El sistema consigue incorporar a buena parte de los niños durante la primaria y comienza a perderlos nuevamente al llegar la adolescencia.

En 2026, la matrícula volvió a disminuir. Los registros iniciales de la Secretaría de Educación mostraron alrededor de 18 mil estudiantes menos que en 2025. La pérdida más pronunciada se produjo entre séptimo y noveno grado, justamente cuando las presiones económicas y familiares comienzan a transformar al estudiante en trabajador, cuidador o migrante.

La pregunta inevitable es dónde están esos niños. Algunos trabajan para contribuir al sustento de la familia. Otros realizan tareas domésticas que las estadísticas no reconocen como trabajo. Hay niñas sometidas a uniones tempranas, adolescentes desplazados por la violencia y familias completas preparándose para emigrar. También existen menores que no estudian ni aparecen incorporados a una actividad económica.

La Encuesta de Hogares de 2025 estimó que 261,489 personas de entre 5 y 17 años realizaban alguna actividad económica. Otras 340,893 no estudiaban ni trabajaban. Entre las niñas, esa última categoría puede ocultar largas jornadas de cuidados, limpieza y atención de hermanos menores. No figuran como trabajadoras, pero tampoco disponen de su tiempo ni construyen una trayectoria educativa propia.

La salida de la escuela representa algo más que la pérdida de clases. El centro educativo es uno de los pocos lugares desde los cuales una institución puede observar diariamente a un niño. Allí podrían detectarse el hambre, el maltrato, la violencia sexual, la depresión, el trabajo infantil o la posibilidad de reclutamiento por estructuras criminales.

En el programa +Conscientes, el psiquiatra Juan Carlos Munguía explicó que la escuela también enseña al niño a relacionarse con sus pares, reconocer límites, resolver conflictos y construir seguridad personal. Cuando la familia está desbordada y la escuela desaparece, el niño pierde simultáneamente dos de sus principales espacios de formación y protección.

Pero no basta con regresar a los menores a las aulas. Honduras tampoco sabe con suficiente precisión cuánto están aprendiendo quienes permanecen matriculados.

Durante 2025, aproximadamente 130 mil estudiantes reprobaron el año y unos 92 mil debían repetir el grado. La reprobación llegó al 7 por ciento, más del doble del 2.6 por ciento registrado en 2015. Una veeduría realizada entre 2022 y 2025 encontró que los estudiantes recibieron un promedio de apenas 144 días de clase al año, lejos de la referencia legal de 200.

La repitencia no es solamente una variable administrativa. El niño que observa avanzar a sus compañeros mientras permanece en el mismo grado puede comenzar a percibirse como incapaz. Aparecen la vergüenza, la frustración, las burlas y el deterioro de la autoestima. La sobreedad aumenta la distancia respecto del grupo y eleva el riesgo de abandonar definitivamente la escuela.

Sin embargo, el país carece de evaluaciones recientes y comparables que permitan establecer cuánto retrocedieron la lectura y las matemáticas después de la pandemia. Honduras participó en PISA para el Desarrollo en 2017, pero no ha mantenido una participación regular en las pruebas internacionales de la OCDE. La última evaluación regional con resultados publicados es ERCE 2019. El país participó en ERCE 2025, pero sus resultados todavía no están disponibles.

El sistema conoce cuántos estudiantes se matricularon, reprobaron o abandonaron. No sabe con la misma actualidad quién puede comprender un texto, resolver un problema matemático o utilizar críticamente la información. La promoción de un grado a otro puede crear la apariencia de avance sin demostrar que ocurrió aprendizaje.

Fuera de la escuela, la desprotección adquiere otras formas. El Observatorio Nacional de la Violencia de la UNAH registró 665 muertes de menores de 18 años por causas externas durante 2025, un aumento del 17.9 por ciento frente al año anterior.

Los eventos de tránsito provocaron 225 muertes y constituyeron la principal causa externa. Otros 161 menores fueron víctimas de homicidio, 22 por ciento más que en 2024. Ocho de cada diez eran varones y la mayoría tenía entre 12 y 17 años. Las armas de fuego estuvieron presentes en 101 de esos homicidios.

El predominio de adolescentes varones suele utilizarse para asociar las muertes con maras, drogas o ajustes de cuentas. Sin embargo, en casi cuatro de cada diez homicidios el posible móvil continuaba bajo investigación. No existe suficiente evidencia para explicar todo el incremento mediante la pertenencia de los menores a estructuras criminales.

Wilmer Vásquez, director ejecutivo de la Red COIPRODEN, señaló durante el programa +conscientes de este 10 de septiembre que incluso cuando un adolescente participa en actividades ilícitas es necesario identificar a los adultos que lo reclutaron, coaccionaron o utilizaron. El sistema acostumbra colocar a las víctimas de la exclusión en el lugar exclusivo de los victimarios.

La respuesta política suele ser reducir la edad de responsabilidad penal, endurecer las sanciones o enviar adolescentes a centros concebidos desde la lógica penitenciaria. Es más fácil castigar al joven que explicar por qué una estructura criminal consiguió ofrecerle pertenencia, protección e ingresos donde el Estado solamente dejó ausencia.

Si la familia no lo forma, la escuela no lo retiene y las instituciones no ingresan al territorio, alguien más ocupa ese espacio. La mara, la pandilla o el narcotráfico pueden presentarse como autoridad, comunidad y fuente de sustento. No siempre necesitan obligar al adolescente. A veces les basta con ofrecerle aquello que nunca recibió de la sociedad legal.

Para las niñas, la violencia adopta con mayor frecuencia una forma doméstica y sexual. Medicina Forense realizó 4,297 evaluaciones a menores por diferentes tipos de lesiones durante 2025. De ellas, 1,650 correspondieron a delitos sexuales. El 88.1 por ciento de las evaluaciones se practicó a niñas.

En el 79.3 por ciento de los casos, el agresor identificado pertenecía al entorno cercano: una persona conocida, un familiar, la pareja o expareja, el padre o la madre. El hogar, presentado como el primer espacio de protección, aparece también como escenario de violencia y silencio.

Estos registros no representan toda la incidencia. Reflejan únicamente los casos que lograron atravesar el miedo, la dependencia económica, la presión familiar, la distancia geográfica y las barreras institucionales hasta llegar a Medicina Forense. En las regiones con menos oficinas, una cifra menor puede significar menos capacidad de denuncia, no necesariamente menos violencia.

Los datos preliminares de 2026 confirman la profundidad del problema. Entre enero y junio se registraron 298 muertes de niñas, niños y adolescentes por causas externas: 113 en eventos de tránsito, 74 homicidios, 39 muertes no intencionales, 36 cuya intencionalidad aún no había sido determinada y 36 muertes por suicidio.

La última cifra exige especial cuidado. Durante todo 2025 se registraron 44 muertes por suicidio entre personas de 6 a 17 años. En los primeros seis meses de 2026 ya se contabilizaban preliminarmente 36. Los datos no permiten anticipar de manera automática cuántos casos habrá al finalizar el año, pero la cercanía entre ambas cifras constituye una señal de alarma.

Munguía identificó cambios que requieren atención: aislamiento repentino, pérdida del apetito, alteraciones del sueño, problemas de concentración, tristeza persistente, irritabilidad y pérdida del interés por jugar o relacionarse. No todas esas conductas implican riesgo suicida ni puede atribuirse una muerte a una sola experiencia. Pero ignorarlas puede dejar a un niño solo frente a un sufrimiento que no sabe expresar.

La escuela podría detectarlas. También el centro de salud. El problema es que Honduras no dispone de psicólogos en todos los centros educativos ni de servicios especializados distribuidos en el territorio. La atención psiquiátrica pública continúa concentrada principalmente en el Distrito Central. La prevención depende entonces de que docentes, médicos generales y personal de enfermería reciban formación para reconocer señales y activar una referencia oportuna.

No se necesita colocar un psiquiatra en cada aula para comenzar. Se requiere que la maestra sepa qué observar, que el centro de salud conozca cómo responder y que exista un lugar al cual remitir al niño. Eso exige coordinación entre Educación y Salud, dos instituciones que administran por separado dimensiones inseparables de una misma vida.

Honduras tampoco carece de una arquitectura legal. Ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño, dispone de legislación interna, creó la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia y aprobó una Política Nacional de Primera Infancia, Niñez y Adolescencia para el período 2024-2033. También existe un Sistema Integral de Garantía de Derechos destinado a articular a las instituciones públicas. El problema comienza cuando esa arquitectura debe funcionar.

Vásquez explicó que cada cambio de gobierno produce un reinicio. Cambian los funcionarios, se reemplaza al personal técnico y se pierde la experiencia acumulada. Personas sin formación específica asumen la dirección de instituciones responsables de proteger o mantener bajo custodia a menores. Luego deben ser capacitadas desde cero, mientras los niños continúan esperando.

La politización de una institución de niñez no es solamente una forma de clientelismo. Puede convertirse en una amenaza directa contra los menores que dependen de ella. Cuando una plaza destinada a un profesional especializado se utiliza para recompensar a un activista, el costo no se limita al presupuesto. Lo paga el niño que no recibe atención.

La sociedad civil ha cubierto durante décadas parte de esos vacíos con recursos de la cooperación internacional. COIPRODEN articula unas treinta organizaciones nacionales e internacionales dedicadas a la niñez. Pero la reducción del financiamiento externo también está debilitando esa capacidad.

Las organizaciones pueden acompañar, vigilar, denunciar y desarrollar experiencias de atención. No pueden sustituir permanentemente al Estado. Convertirlas en responsables de aquello que las instituciones públicas no hacen termina privatizando la protección de los niños y sometiéndola a la disponibilidad temporal de proyectos y donantes.

Las señales están ahí. Educación conoce quién dejó de matricularse. Medicina Forense recibe a las víctimas de abuso. La Policía registra denuncias y muertes. Salud atiende algunas crisis. SENAF posee el mandato de protección. Las organizaciones sociales conocen los territorios. Cada institución guarda un fragmento, pero ninguna parece acompañar la trayectoria completa del niño.

Honduras no abandona a sus niños en un solo momento. Los pierde lentamente: cuando no ingresan a prebásica, cuando avanzan sin aprender, repiten hasta sentirse incapaces, comienzan a trabajar o un cuando agresor vive dentro de su casa, cuando una estructura criminal ocupa el lugar de la escuela o una crisis emocional se vuelve insoportable sin que ningún adulto consiga reconocerla.

Después aparecen las estadísticas. El desertor, la víctima, el infractor, el desaparecido, el evaluado por Medicina Forense o el muerto por una causa externa. El Estado finalmente logra verlo, pero lo encuentra cuando el daño ya está hecho.

Los niños no son el futuro de Honduras. Son el presente que Honduras está perdiendo mientras continúa hablando del futuro.