Las autoridades que proclamaron la independencia de Centroamérica dejaron escrita una preocupación que suele desaparecer entre los discursos de septiembre. Había que anunciar la separación de España para prevenir las consecuencias de que la proclamara el propio pueblo. El acta del 15 de septiembre de 1821 reconocía una voluntad de cambio y, al mismo tiempo, procuraba mantener su conducción en manos de quienes estaban reunidos en Guatemala.

Esa tensión atravesó la conversación que sostuvimos hoy en +conscientes con el historiador Reinaldo Josué Espino. La independencia podía reunir a sectores que esperaban cosas distintas de ella. Algunos buscaban ampliar libertades, otros querían modificar las relaciones comerciales y otros intentaban conservar su autoridad en un orden que comenzaba a deshacerse. Coincidir en la separación de España no significaba compartir un proyecto para el día siguiente.

La celebración nos presenta aquel momento como el nacimiento de los países que hoy conocemos. Pero quienes tomaron las decisiones de 1821 no tenían delante nuestro mapa político ni podían conocer el desenlace. Honduras todavía debía construir sus instituciones republicanas. Las provincias podían permanecer unidas, incorporarse a otro Estado o buscar caminos separados. Cada posibilidad tenía partidarios, recursos y resistencias.

Espino insistió en que los conflictos precedían a la invasión napoleónica. Las reformas borbónicas habían modificado la administración y la recaudación, alterando las relaciones entre la Corona, las autoridades y los grupos económicos locales. El imperio intentaba reorganizarse, y ese esfuerzo afectaba intereses establecidos. La crisis de 1808 encontró en América una relación que ya acumulaba tensiones.

Cuando Napoleón apartó del trono a los monarcas españoles e impuso a su hermano José, abrió un problema de legitimidad. La obediencia a la Corona había organizado la vida política durante generaciones. Ahora era necesario determinar quién podía ejercer una autoridad cuyo titular legítimo estaba ausente. En un primer momento, defender derechos locales y reclamar representación no suponía necesariamente buscar la independencia. También era posible imaginar una monarquía reorganizada.

La experiencia constitucional de Cádiz abrió esa posibilidad en 1812. La restauración absolutista de Fernando VII en 1814 la clausuró, y el retorno constitucional de 1820 volvió a modificar las condiciones. En poco más de una década, las provincias americanas recibieron noticias de cambios profundos en el fundamento del poder. La autoridad que había parecido permanente demostraba que podía ser discutida, limitada y reemplazada.

Centroamérica atravesaba, además, sus propias diferencias. El predominio comercial y político de Guatemala generaba resistencias en las provincias. Dentro de ellas también existían rivalidades. Comayagua y Tegucigalpa tenían relaciones distintas con la administración colonial y con las actividades económicas del territorio hondureño. Los intereses de sus grupos dirigentes no se volvían idénticos porque ambos dejaran de obedecer a España.

En 1821, el avance de la independencia mexicana aceleró las decisiones. La continuidad colonial se hacía cada vez más difícil de sostener. Para una parte de las autoridades, encabezar la separación ofrecía la posibilidad de administrar el cambio sin perder el mando. Gabino Gaínza permaneció al frente del gobierno, mientras el acta dispuso convocar un congreso que debía resolver asuntos fundamentales de la nueva organización política.

Espino describió esa decisión como una reacción preventiva conservadora. La expresión ayuda a entender la intención de contener la incertidumbre. Sin embargo, el acuerdo de las autoridades tampoco agota la historia. Los levantamientos anteriores, las protestas y las posiciones de los ayuntamientos muestran que había demandas fuera del círculo que firmó el acta. La preocupación por una proclamación popular revela precisamente que el cambio no estaba bajo control absoluto.

De allí viene parte de la respuesta a una pregunta que repetimos cada septiembre: por qué no hubo una guerra prolongada contra España. La ruptura pudo ser conducida por sectores que habían administrado el orden colonial, dentro de una coyuntura regional que debilitaba las posibilidades de conservarlo. Pero la ausencia de una gran campaña militar contra la Corona no equivale a la ausencia de conflictos. Las disputas anteriores continuaron y pronto adquirieron nuevas formas.

La anexión al Imperio mexicano, acordada en enero de 1822, mostró cuán lejos estaban las provincias de compartir una solución. Para sus partidarios, la unión ofrecía respaldo y estabilidad. Para sus adversarios, significaba someterse a una autoridad que no habían aceptado. La resistencia de José Matías Delgado y de San Salvador a la anexión dejó claro que la separación de España no autorizaba a imponer cualquier gobierno nuevo.

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Las armas aparecieron en esa disputa. La imagen de una independencia completamente pacífica depende de detener la historia en el momento de la firma. Cuando seguimos a sus protagonistas durante los meses posteriores, encontramos desacuerdos sobre la representación, intervenciones militares y resistencias al poder que pretendía sustituir a la Corona.

La caída de Iturbide abrió otra oportunidad. El primero de julio de 1823, Centroamérica declaró su independencia de España, México y cualquier otra potencia. La Constitución de 1824 organizó después la República Federal. Había que construir una autoridad común que permitiera conservar la unión y, al mismo tiempo, reconocer las atribuciones de los estados.

Ese arreglo exigía mucho más que compartir un territorio o una experiencia colonial. Había que acordar quién recaudaría los ingresos, cómo se pagarían los gastos y qué decisiones corresponderían al gobierno federal. También era necesario establecer límites al uso de la fuerza y aceptar procedimientos cuyos resultados no siempre beneficiarían a todos.

La dificultad no era exclusivamente económica. Espino subrayó durante el programa el peso de las relaciones sociales, las creencias y las estructuras de autoridad heredadas. Una reforma podía tener sentido para quienes la promovían y ser recibida como una amenaza por otros. El gobierno necesitaba recursos, pero también debía conseguir obediencia y cooperación en sociedades cuyas lealtades no se trasladaban automáticamente a las nuevas instituciones.

La religión ocupaba un lugar central en ese mundo. Intervenía en la educación, en la circulación de ideas y en la legitimidad de las autoridades. Las reformas que afectaban atribuciones eclesiásticas alteraban relaciones profundamente arraigadas. Eso no convierte a todos los religiosos en un mismo actor político ni permite atribuirles una posición invariable. Obliga a comprender por qué los cambios institucionales producían conflictos que alcanzaban la vida cotidiana.

Morazán intentó sostener la unión dentro de esas condiciones. Su proyecto dependía de alianzas entre grupos que tampoco eran uniformes. Las victorias militares podían derrotar a un adversario, pero no garantizaban que los gobiernos y las poblaciones aceptaran de manera duradera la autoridad federal. Mantener la unión exigía convertir el predominio político en acuerdos capaces de sobrevivir a la guerra y a sus vencedores.

Comprender esa dificultad permite acercarse al gobernante que suele quedar detrás del héroe. Morazán tuvo aspiraciones, adversarios y límites concretos. Sus decisiones deben examinarse junto con las resistencias que enfrentó. Explicar el fracaso únicamente por la ambición de sus enemigos lo coloca fuera de la historia; atribuirlo solamente a sus errores borra las condiciones en que actuó.

Desde 1838, las separaciones de los estados precipitaron la desintegración. El gobierno común no consiguió sostener una relación aceptable para las fuerzas que disputaban el poder. Las repúblicas surgidas de aquel proceso tuvieron que continuar, por separado, la tarea de construir instituciones y establecer autoridad sobre sus territorios. La fragmentación modificó la escala del problema, pero no lo resolvió.

Después, las generaciones siguientes organizaron el recuerdo. Las contradicciones se volvieron menos visibles en las ceremonias. Los personajes fueron adquiriendo lugares definidos: fundadores, reformadores, héroes y adversarios de la patria. La memoria de Francisco Morazán cambió con los proyectos políticos que la invocaron, seleccionando del militar, del gobernante y del unionista aquello que cada época necesitaba destacar.

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Ese fue otro de los asuntos importantes de la conversación de hoy con Espino. Los próceres no llegan por sí solos a las escuelas, a los monumentos o a los billetes. Hay decisiones que establecen qué atributos recordar y qué conflictos dejar en segundo plano. La repetición hace familiar esa selección hasta volverla aparentemente natural.

Cada vez que un billete pone en circulación una imagen del país, también transmite una interpretación de su historia. Lo mismo ocurre con un desfile o un álbum escolar. Esos símbolos pueden ayudarnos a reconocer una pertenencia compartida, pero ofrecen una versión necesariamente incompleta de las personas y los procesos que representan.

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Por eso resulta insuficiente aprender la independencia como una sucesión de nombres y fechas. Hace falta comprender las decisiones que conectan esos acontecimientos. La proclamación de 1821, la anexión mexicana, la independencia absoluta y la experiencia federal pertenecen a un proceso en el que las respuestas cambiaron porque ninguna había conseguido estabilizar por completo la relación entre autoridad, territorio y representación.

Tampoco conviene convertir aquel fracaso en una enfermedad de nacimiento. La persistencia de conflictos no demuestra que Honduras estuviera condenada desde su origen. Las instituciones que se construyeron después, las ampliaciones de derechos y las luchas por participar en la vida pública también forman parte de nuestra historia. Reconocerlas permite entender que las herencias pesan, pero no deciden por nosotros.

Centroamérica consiguió separarse de España antes de alcanzar un acuerdo duradero sobre cómo gobernarse. Esa es la dificultad que la celebración suele dejar fuera. La firma estableció una ruptura; el orden posterior tuvo que disputarse, organizarse y sostenerse. En ese esfuerzo se formaron nuestras repúblicas.

Para conocer más de este tema te invito a que veas el programa +conscientes de hoy, con el historiador Reinaldo Josué Espino.

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