Nasry Asfura aparece frente a una escuela pública y anuncia que ha decidido cerrarla. Su explicación es bastante franca: no puede permitir que los niños pobres aprendan inglés gratuitamente porque eso perjudicaría los negocios de sus amigos propietarios de escuelas privadas. En otra escena, el presidente aparece en calzoncillos, con la estrella solitaria del Partido Nacional, celebrando los aumentos de los combustibles. Promete continuar subiéndolos para ganar más dinero y suelta una carcajada perversa. En una azotea, cuatro zopilotes que representan a empresarios, medios de comunicación y partidos políticos conspiran para despedazar una institución y repartirse sus restos.
Las escenas pertenecen a un universo de animaciones políticas que circulan en las redes sociales hondureñas. Algunas aparecen bajo el nombre de Polinovelas, mientras otras proceden de canales de memes o de superhéroes como El Maje Verso. En estas series, hay personajes que parecen modelados en plastilina, títeres, dibujos animados y representaciones tridimensionales. Las voces sintéticas cambian de una producción a otra, pero los protagonistas conservan sus características. Asfura es codicioso, cínico y amigo de empresarios corruptos. Juan Orlando Hernández aparece como el maestro malvado que continúa manipulando el poder desde las sombras. Tomás Zambrano es ridiculizado, vestido de oficial nazi o mediante apodos y alusiones sexuales, mientras otros diputados nacionalistas y liberales aparecen asociados con redes criminales o intereses particulares.
Las historias de estas series se alimentan de la actualidad. Una controversia sobre las escuelas bilingües, los problemas de la ENEE, un aumento de combustibles o una reforma penal pueden convertirse en pequeñas ficciones destinadas a confirmar las mismas sospechas. Una de las animaciones coloca al pandillero conocido como «Porky» dando instrucciones al Partido Nacional, alegando que financió su campaña con dinero de la cocaína y exigiendo modificaciones al Código Penal para beneficiar a la MS-13. Es una acusación criminal que la ficción presenta mediante un diálogo imaginario, sin que la escena aporte pruebas de semejante relación.
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En este conjunto de producciones, la selección de personajes responde a su protagonismo en las noticias del momento. Unos desaparecen cuando dejan de ocupar espacios importantes en la conversación pública y otros regresan cuando un acontecimiento vuelve a colocarlos en escena. Las historias pueden consumirse en cualquier orden y los estilos cambian constantemente. Lo que permanece es la interpretación de quiénes ejercen el poder, cómo lo utilizan y a quiénes beneficia.
La sofisticación del procedimiento de esta campaña merece atención. Una caricatura aislada puede expresar indignación o burlarse de una decisión. La acumulación de historias alrededor de personajes reconocidos que conservan siempre las mismas motivaciones permite construir una representación del poder que termina funcionando como explicación anticipada de los acontecimientos. La frase «mis amigos», repetida por el Asfura ficticio en varios episodios, se convierte en una clave para interpretar cualquier nueva decisión gubernamental, incluso antes de conocer sus circunstancias.
Esta manera de intervenir en la opinión pública tiene antecedentes mucho más antiguos que las redes sociales. Durante la Primera Guerra Mundial, los gobiernos comenzaron a organizar sistemáticamente campañas de persuasión mediante carteles, periódicos, películas y discursos. En 1922, Walter Lippmann publicó Public Opinion, una obra fundamental para comprender cómo las personas construyen imágenes mentales de acontecimientos que no conocen directamente. Lippmann observó que buena parte de nuestra relación con la política está mediada por representaciones simplificadas de la realidad. Vivimos y tomamos decisiones a partir de imágenes que otros contribuyen a formar.
Las caricaturas de los años veinte ya utilizaban animales, monstruos y personajes grotescos para representar adversarios. Recuerde la construcción de Hitler o Mao en las caricaturas americanas de la segunda guerra mundial. La radio y posteriormente la televisión ampliaron la capacidad de reproducir esas imágenes, hasta convertir a determinados dirigentes en figuras reconocibles por sus gestos, frases y atributos morales. Las animaciones actuales recuperan esa tradición con una diferencia sustancial: las herramientas de inteligencia artificial permiten producir innumerables variaciones, mientras las plataformas digitales facilitan su circulación sin necesidad de comprar espacios en los grandes medios.
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La investigación sobre comunicación política permite explicar con bastante precisión lo que ocurre. Robert Entman, en su influyente trabajo de 1993 sobre el encuadre de la información, demostró cómo seleccionar determinados aspectos de un acontecimiento permite destacar unas causas, atribuir responsabilidades y orientar su evaluación moral. Una crisis de la ENEE puede involucrar contratos, pérdidas, subsidios, inversiones y decisiones acumuladas durante varios gobiernos. La caricatura siembra una explicación en la audiencia: Asfura favorece a sus amigos empresarios. Las historias puede representar problemas diferentes y conducir a la misma conclusión.
El procedimiento adquiere mayor fuerza cuando la acusación es pronunciada por el propio personaje. En las Polinovelas, Asfura reconoce abiertamente que perjudica a los pobres, que se beneficia de los aumentos de precios y que toma decisiones para enriquecer a sus allegados. Mientras el espectador puede comprender que está viendo una ficción, la escena siempre refuerza una caracterización que considera plausible. Melanie Green y Timothy Brock encontraron en experimentos publicados en 2000 que la inmersión en una historia puede influir en las creencias de sus espectadores y lectores, incluso cuando saben que se trata de ficción.
El humor proporciona, además, una libertad considerable para exagerar. Una afirmación periodística que vinculara a diputados con el financiamiento de la MS-13 necesitaría pruebas. La caricatura puede colocar esa acusación en boca de un personaje criminal, convertirla en una escena grotesca y presentarla como entretenimiento. La sátira constituye una forma legítima de crítica política, aunque esa condición tampoco vuelve verdaderas las acusaciones que transmite. El problema aparece cuando los límites entre el hecho, el rumor y la ficción comienzan a perder importancia para quien recibe el mensaje.
La circulación digital favorece determinadas características de estas producciones. William Brady y sus colaboradores encontraron en una investigación publicada en PNAS en 2017 que los mensajes con lenguaje moral y emocional tenían mayores posibilidades de difundirse dentro de comunidades ideológicamente afines. La indignación ante la corrupción, la crueldad o la traición puede estimular reacciones y compartidos. Las plataformas, mediante sus sistemas de recomendación algorítmica, permiten además que esos contenidos lleguen a personas que nunca buscaron información sobre sus creadores.
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Resulta significativo que estas animaciones circulen sin necesitar aparentemente el respaldo público de diputados o dirigentes conocidos de Libre. Su distribución visible ocurre mediante cuentas de entretenimiento, reproducciones y recomendaciones. Esto no demuestra que exista una operación partidaria encubierta, como tampoco la semejanza entre los guiones permite identificar a una productora común. Sus responsables y mecanismos de financiamiento siguen siendo preguntas abiertas. Lo que puede observarse es una orientación crítica muy persistente hacia el Partido Nacional y determinadas figuras liberales, mientras los personajes de Libre parecen ausentes de los ejemplos examinados.
El clima político facilita esa circulación. En mayo de 2026, un monitoreo del PNUD identificó comunicación tóxica en 683 de las 733 publicaciones examinadas, el 93 % de la muestra seleccionada. El Partido Nacional concentró el 44 % de las menciones tóxicas. El resultado no representa todas las conversaciones digitales hondureñas, pero muestra la intensidad de la confrontación dentro del universo observado. Las Polinovelas participan de un ambiente que ya está marcado por la hostilidad y la desconfianza.
Frente a este fenómeno, el gobierno parece inclinarse por restarle importancia. Esa actitud puede convertirse en un error si significa abandonar la explicación pública de los acontecimientos. Ignorar una caricatura evita en ocasiones amplificarla, pero dejar sin respuesta las interpretaciones que se acumulan alrededor de decisiones gubernamentales permite que otros establezcan sus significados. Si una animación presenta el cierre de una escuela como un favor a empresarios privados, la discusión pública necesita conocer qué ocurrió realmente con las escuelas bilingües, cuáles fueron las decisiones administrativas y qué consecuencias tuvieron. La responsabilidad gubernamental consiste en ofrecer información capaz de sostenerse frente al escrutinio, especialmente cuando las críticas aprovechan problemas reales.
La evidencia científica respalda la utilidad de las correcciones, aunque advierte sobre sus limitaciones. Ethan Porter y Thomas Wood concluyeron en una revisión publicada en 2024 que corregir afirmaciones falsas suele mejorar la precisión de las creencias, pero tiene efectos mucho menores sobre las actitudes políticas. Una aclaración puede demostrar que una acusación es incorrecta sin conseguir que desaparezca el desprecio hacia el personaje. Por eso la respuesta institucional requiere continuidad, credibilidad y resultados verificables. Una comunicación gubernamental reducida a comunicados ocasionales difícilmente podrá competir con historias que se renuevan cada día.
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El oficialismo enfrenta además una dificultad adicional cuando decide responder a estos ataques mediante caricaturas semejantes, ridiculizando a Xiomara Castro y presentando a su gobierno como responsable del deterioro nacional. Los problemas heredados existen y deben documentarse, pero una administración comienza a ser juzgada progresivamente por sus propias decisiones. La confrontación puede transformarse así en una disputa entre dos colecciones de personajes despreciables, mientras las explicaciones sobre las políticas públicas quedan relegadas a un segundo plano.
La investigación tampoco garantiza buenos resultados electorales para quienes recurren a estos ataques. Richard Lau, Lee Sigelman e Ivy Rovner, en un metaanálisis publicado en The Journal of Politics en 2007, encontraron que las campañas negativas tienden a ser más memorables, pero la evidencia no demuestra consistentemente que resulten eficaces para ganar votos. También pueden afectar, aunque modestamente, la confianza en las instituciones. Un ciudadano puede terminar rechazando al gobierno sin desarrollar simpatía por sus adversarios, o desconfiando de todos ellos.
Esto adquiere especial importancia en Honduras, donde la disputa política arrastra años de acusaciones cruzadas y conflictos sobre la legitimidad de las instituciones. La competencia permanente por identificar al político más corrupto puede fortalecer las lealtades de los militantes, mientras aumenta el distanciamiento de quienes esperan soluciones a sus problemas cotidianos. Tampoco existe evidencia de que la saturación termine necesariamente desactivando estas campañas. El público puede cansarse de una serie, pasar a otra y continuar encontrando las mismas interpretaciones mediante personajes diferentes.
Las Polinovelas deben observarse, por tanto, como material de campaña política, aunque sus productores no pidan expresamente el voto por un candidato. Intervienen en la reputación de los partidos, organizan la imagen de sus adversarios y construyen interpretaciones que pueden permanecer disponibles durante el próximo proceso electoral. Esa función comunicacional no demuestra una infracción legal ni establece quién las financia. Su verdadera dimensión necesitará una investigación sobre productores, cuentas, distribución y recepción entre distintos sectores de la población.
La campaña electoral de 2029 todavía está lejos, pero la disputa por la imagen de sus protagonistas ya comenzó. Las herramientas digitales permiten instalar personajes, repetir acusaciones mediante historias diferentes y mantenerlas circulando durante años. El gobierno necesita comprender esa dinámica y evitar que su respuesta termine reproduciendo el desprestigio general de la política. Las caricaturas pueden desaparecer de la memoria de quienes las consumen; las características atribuidas a sus protagonistas podrían permanecer mucho más tiempo.
Cuando llegue el momento de pedir el voto, una parte de los juicios sobre quienes aspiren a gobernar habrá sido construida mucho antes, mediante pequeñas ficciones que nunca necesitaron presentarse como propaganda electoral.
