Esto no es un perfil. No es una confesión, ni una autobiografía. Es una pieza para escuchar en voz alta, con los ojos cerrados, como si alguien —alguien que ha vivido muchas vidas— estuviera hablándole al mundo desde el centro mismo de su cuerpo.

Hay personas que nacen con una herida. No una cicatriz. Una herida abierta. De esas que no sangran todo el tiempo, pero que nunca terminan de cerrar. La mía nació en un barrio de paredes grises, entre la violencia y el abandono, en una casa donde los silencios eran más fuertes que los gritos (y donde habían muchos gritos). Crecí sabiendo que el mundo podía colapsar en cualquier momento. Y colapsó. Una y otra vez. Por eso aprendí a mirar. A leer. A anticipar. Porque si podía entender lo que venía, quizás podía evitar que doliera tanto.

Por eso me hice voz. Pensamiento. Crítica. No para gustar. No para explicar. Sino para sobrevivir. Porque lo que no se puede controlar, se puede nombrar. Y si se nombra, se puede resistir.

Pero a veces cansa. Lo confieso. A veces esta voz pesa. A veces quisiera habitar un espacio donde no tuviera que sostener todo el tiempo este yo que me construí. Porque sí, es una construcción. Nació en redes mientras manejaba un camión en Estados Unidos, escuchando libros, sin hablar con nadie. Y, paradójicamente, allí donde fui invisible, también fui feliz. Porque no había que demostrar nada. Nadie esperaba nada. Yo no me debía a nadie. Y sin embargo, volví. Porque hay algo en mí que no puede dejar de hablar. De señalar. De intervenir. De intentar.

Sigo haciéndolo, pero a veces me pregunto qué pasaría si dejara caer todo. Si me permitiera no tener respuestas. Si pudiera cambiar algo sin consecuencias, sería el aislamiento. Esta necesidad de protegerme que me deja solo. Esta dificultad de dejar que alguien entre del todo, por miedo a perderme. Porque sí, me cuesta amar sin huir. Me cuesta llorar en público. Me cuesta aceptar elogios. Me cuesta confiar.

Tengo una parte cínica. Lo admito. Incluso la disfruto. A veces pienso que nada importa realmente. Que igual vamos a morir. Que somos apenas una gota. Y ese pensamiento, lejos de apagarme, me calma. Me ayuda a poner distancia. A no romperme. Porque me rompo. Aunque no lo diga. Aunque no lo muestre. Aunque siga hablando. Me rompo y más seguido de lo que puedo admitir.

He callado cuando debí hablar y pido disculpas. Lo hice por miedo. Por necesidad. Por conservar un lugar. Ese silencio fue una traición a mí mismo. Lo supe. Y por eso me fui. Huí de una versión de mí que ya no podía sostener. Pero tampoco me arrepiento de haber sido ese que también soy. No me asusta reinventarme. Lo he hecho antes. Pero tampoco sé quién sería ahora si dejara de ser esto que soy.

No sé quién sería si no tuviera que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Sospecho que sería más libre. Más ligero. Menos armado. Quizás más feliz.

No hay conclusión para este autorretrato. No hay moraleja. Sólo este que está hablando de alguien que mira, que recuerda, que piensa, que duda. Que se ha vuelto experto en contar lo que duele, que todavía no sabe del todo cómo vivir sin que duela.

Y sin embargo, aquí estoy. Todavía hablando. Todavía escribiendo. Todavía tratando de entender.

Y eso, quizá, sea todo lo que tengo para ofrecer.