A Irma.
Hacía años que no había vuelto a Niza, desde que murió Enrique no se había atrevido a enfrentar a los fantasmas de aquella vieja casa de playa en donde juntos pasaron momentos hermosos. Abrió la puerta y se encontró con una extensa capa de polvo que se había apoderado de la estancia; una suave luz atravesaba las cortinas blancas. «Ratoncito mío, dame la mano, siento que me elevo…», le dijo Enrique antes de partir al infinito. Su voz ronca parecía rebotar en aquellas paredes llenas de cuadros y retratos. Puso su maleta en la habitación, suspiró, se sintió sola. Abrió las ventanas para dejar entrar el aire fresco, levantó las sábanas que cubrían los sillones y, sin darse cuenta en qué momento, encaminó sus pasos hasta la pequeña librería que Enrique cuidaba con tanto esmero. «Si en algún lugar vives aún, es entre tus libros», pensó. Consuelo repasó con la vista los viejos títulos sin buscar uno en particular, ya los conocía todos. Era como recorrer un camino familiar e íntimo: Los títulos de Historia de Constantinopla y de la Roma Antigua, que leyó Enrique mil veces, cuando escribía El Evangelio del Amor; la edición de Los Raros que le dedicara Rubén Darío, poco antes de partir en su último viaje a Nicaragua, cuando la Gran Guerra asomaba en el horizonte del mundo como una sombra macabra; la edición de Los poetas malditos de Paul Verlaine, que tanto disfrutaba leerle en el jardín, en los días de primavera. Enrique le contaba las veces cuando el mismo poeta Verlaine le hablaba de Rimbaud en un café del barrio latino. «Era un maldito Rimbaud, incapaz de experimentar ningún tipo de sentimiento. En su alma no hay terreno moral; las simientes que allí caían, no encontraban sino una ausencia devorante, que con presteza las volatizaba. Mortel, Ange et Démon, autant dire Rimbaud», decía Verlaine*.* Fue cuando se cruzó con un sobre que nunca había visto. Lo tomó con la mano y sintió que pesaba, tenía en su interior algo cilíndrico, metálico a juzgar por su peso. Enrique había escrito con su puño y letra en la cubierta: Mata Hari.
Consuelo tomó el sobre en sus manos y lo abrió sin esperar nada en particular, era frecuente encontrar así facturas y correspondencia que Enrique consideraba importantes. Del interior sacó un cilindro de cera. Era un fonógrafo de cilindro, frecuentes en aquella época. Curiosa buscó el aparato en otro rincón de la sala, lo sacó del cajón en donde ella misma lo había guardado años antes y colocó el cilindro esperando escuchar, una vez más, la voz de Enrique.
«Confieso que no nací en Java —dijo una voz suave de mujer—. Contrario a lo que siempre se ha dicho de mi, nací en Holanda, el 7 de agosto de 1876, en Leeuwarden para ser más precisa. Mi padre era un comerciante muy conocido en la Frisia, y mi madre una bellísima mujer, muy rica. Elegante. Una diosa oriental. Mi nombre era Margarita Gertrudis Zelle, era, porque renuncié a él hace mucho tiempo. Crecí en un castillo en Camminghan. De niña fui feliz, pero la suerte quiso que mi madre muriera en 1890, cuando tenia yo 14 años. Al poco tiempo me escapé con quién sería mi marido, el capitán MacLeod, que era un hombre mucho mayor que yo, oficial del ejército imperial, sobrino de un almirante de la gloriosa época de Escocia. Quizás fue por su uniforme que me casé con él, siempre me han gustado los hombres de uniforme. Nos casamos en Amsterdam. Poco después de casados mi marido fue enviado a Indonesia, en la isla de Java. Allí nació mi primer hijo y, de alguna manera allí también nací yo».
Consuelo tomó asiento y dejó que aquella voz melodiosa cubriera cada rincón de la sala. Estaba intrigada por saber quién era esa mujer que le hablaba con un tono tan triste.
«La vida con mi esposo fue difícil. Él mandaba un batallón de reserva en Java, eso le había hecho un hombre muy bien posicionado en aquella sociedad colonial, pero tenía una debilidad por el juego. Estaba enfermo, ahora lo entiendo, pero entonces yo era muy joven para saberlo. Él se jugó hasta lo que no teníamos. Pronto las deudas fueron enormes. Yo conocía del honor y las virtudes de la alta sociedad, había crecido con esos valores. Mi abuela era la baronesa Margheretha Wijnbergen. Mi marido me resentía eso, de alguna manera me culpaba por la pobreza que él mismo traía a casa. Yo no acepté que me tratara como a una sirvienta. Peor aún, porque a una sirvienta no se le manda a pedir dinero a los amigos, ordenándole que, para lograrlo, no se pare ni en consideraciones de vano pudor».
«¿Qué le obligaba a hacer?» preguntó Enrique.
Consuelo detuvo el fonógrafo. No estaba preparada para escuchar allí la voz de su marido muerto. Pronto comprendió que era una entrevista grabada, al aparecer, al final de la Guerra.
«Me obligaba a pedir a sus acreedores que le extendieran los plazos. A veces, incluso, a pedir prestamos para pagar otras deudas. Mucho dinero. De alguna manera él me entrenó para ser lo que ahora soy. Pero fue cuando mi hijo Norman cayó enfermo que mi mundo comenzó a desmoronarse. Yo no sabía qué tenía mi niño, lo llevé al médico buscando curarlo y nadie podía darme razón de su enfermedad. Cuando murió, alguien me dijo que debía ir a una bruja para averiguar si le habían hecho algún daño, en aquel país esas cosas son normales. Yo fui entonces, estaba muy desesperada por saber qué había pasado. La bruja me dijo que una de mis sirvientas lo había envenenado. Imagínese usted, me enojé tanto que mi mente se nubló por completo. No recurrí siquiera a los tribunales. La maté con mis propias manos».
«¿Usted mató a su sirvienta?», preguntó Enrique.
Un amplio silencio cubrió la sala de la casa, Consuelo escuchó afuera el graznido las gaviotas sobre el mar. Después de un rato Mata Hari rompió la pausa.
«Yo la maté. Sí. Una acción de la cual ahora me avergüenzo. Para no encarcelarme el alto mando del ejército imperial trasladó a mi marido a Bajoe Biroe, cerca de Semarang. Allí él quiso volver a tener la relación que antes teníamos, pero yo ya había cambiado. Ya no era la misma. Había tocado el poder sobre una vida y eso cambia a cualquiera. El capitán MacLeod comenzó entonces a sentir desconfianza de mí. Comenzó a vigilarme. Sus celos lo atormentaban y como yo ya no respondía a sus exigencias, comenzó a golpearme. De los golpes con la mano pasó a los golpes con un látigo para andar a caballo. De allí a amenazarme con el revolver. Yo sabía que era cuestión de tiempo para que me matara, pero lo amaba. El amor es la trampa para las mujeres. En esa época nació mi segunda hija. Con los meses nos volvimos a Holanda, en 1901. Para arreglar aquel viaje vendí todas mis pertenencias en Java. Esa fue idea de mi marido y yo accedí. La verdad es que yo quería que aquello funcionara. Nos instalamos en casa de mi tía Frida, la baronesa de Landes, que siempre supe me odiaba. Hasta que un día, el 26 de agosto de 1902, mi marido dijo que iba al correo a dejar una carta y tomó a mi hija de 2 años y no volvió. Yo me volví loca buscándolos por todos lados. Fui a las comisarías, a los hospitales, a las estaciones de tren y nada que aparecían. Imaginaba lo peor. Pero no imaginaba lo que él iba a hacer luego. Yo estaba sin dinero, marcada por la sociedad que me culpaba por la desaparición de mi marido y mi hija, vivía en una casa en donde me odiaban. No tenía a quién recurrir y luego vi en el periódico el aviso de mi marido para prevenir a todos en el pueblo de hacer cualquier tipo de negocios conmigo. Imagínese usted, después de todo lo que hice por él y su enfermedad, me acusaba de haberlo abandonado y advertía que él no se haría responsable por mis deudas. «Mis deudas» que eran SUS deudas de juego. Él había cargado en mí todas las deudas de sus apuestas, todo el dinero que había mandado a pedir conmigo ahora me las dejaba a mí, sola. Entonces mi tía me corrió de la casa. Ella no quería tener nada que ver conmigo».
«¿Recuerda cuándo fue eso?»
«Si lo recuerdo. No podría olvidarlo si quisiera. Fue el 10 de diciembre de 1902. Hacía frío, yo no tenía casa, no tenía familia, mi marido se había robado a mi hija, todas las puertas de Amsterdam se habían cerrado para mí. ¿Qué podía hacer ahora? Me fui a París dispuesta a iniciar de cero. París, que grande suena ahora ese nombre. En París hice de todo, no le miento. Estaba dispuesta a todo. Allí nadie me conocía, era una chica más de las miles que deambulaban por la ciudad buscando trabajo. Una vez un pintor, para quién hacía de modelo, me sugirió, luego de ver mis formas, que bailara para captar mis movimientos en su pintura. Al terminar el lienzo me recomendó dedicarme a eso. «¿A ser modelo?», pregunté. «No niña, a bailar», me dijo. Yo me reí. Ya entonces Isadora Duncan era la bailarina más famosa de Francia. La idea de ser bailarina como ella me parecía ridícula. Pero algo en mi cabeza quedó dando vueltas. En Java había aprendido algunos movimientos de las indígenas que me gustaba repetir cuando podía. Me puse frente al espejo en mi habitación y comencé a imitar aquellos bailes que tanto me habían gustado en mis años en Asia y sin saber a dónde me llevaría aquello, debuté en el Museo Guimet de París. Así, en octubre de 1903, nació Mata Hari».
A este punto, Consuelo comprendió de quien era aquella voz dulce del cilindro. La gran Mata Hari, la bailarina javanesa que cautivó a París durante más de 15 años, hasta que se le acusó de espiar para los alemanes y fue fusilada en 1917. Consuelo sabía que Enrique había guardado una obsesión por la bailarina, sobre todo desde que se corrió el rumor de que él la había entregado a la policía poco antes de finalizada la guerra.
—¡Imaginate nomas. Yo, delator! —dijo Enrique, ofendido, cuando le contó del rumor que circuló poco antes de terminada la Guerra.
Enrique estaba convencido que lo acusaban por no ser nativo de Francia, como Mata Hari tampoco lo era, los asociaron a ambos, como si todos los nacidos en el extranjero fueran cómplices de algo en París.
—Para los franceses, todos los que no somos franceses somos sospechosos —dijo Enrique—. Aunque nada hagamos, siempre seremos los primeros en culpar cuando algo malo suceda. A Mata Hari se le condenó a muerte por ser extranjera. Ese fue su delito.
Consuelo, siendo salvadoreña, comprendía muy bien el malestar de su marido. Ella también sentía que en Francia podría vivir todo el resto de su vida y nunca sería aceptada por completo. Poco importó eso cuando se casó con Enrique, después de todo ambos eran de Centroamérica y en la visión de los franceses, los extranjeros viven con los extranjeros, pero sí importó cuando comenzó a salir con Antonio, aquel conde menor que conoció en Buenos Aires, encantador y sofisticado, hijo consentido de la alta sociedad francesa. La burguesía parisina se lo dejó claro desde el principio, que ella nunca sería de los suyos, que siempre sería una arribista, alguien que usó sus encantos para subir una escalera a la que no tenía derecho. Volvió a correr el cilindro y continuó escuchando.
«Con los meses me llegó una carta de mi exmarido, amenazándome con hacerme encerrar en un convento si no dejaba de bailar. Que si volvía a prostituir su «honrado nombre» en aquellos escenarios de París lo pagaría muy caro, me dijo. Me ordenaba volver a Amsterdam. Pero yo no podía volver. En Holanda era nadie. ¿Qué iba a hacer allí?, ¿prostituirme en los canales?, ¿trabajar en una fábrica? En París estaba mi destino y del destino una no huye».
Consuelo paró nuevamente la grabación. Sacó del sobre algunos documentos mecanografiados separados con clips, y unas fotografías de la bailarina. Era realmente hermosa, pensó al ver la fotografía: Alta, esbelta, su cuello erguido, mórbido y ambarino, un rostro de óvalo perfecto, en el cual resaltaba cierta expresión sibilina. Llevaba en la fotografía lo que parecía una manta blanca, larga, enrollada alrededor de su cuerpo, como un vestido de mármol, sus manos abiertas a los lados, en una posición que parecía a una diosa oriental. La boca, dibujada con vigor una sonrisa desdeñosa, muy carnal, bajo una nariz recta, fina, cuyas alas palpitaban sobre los dos hoyuelos de sombra de la comisura de los labios. Los magníficos ojos oscuros estaban cercados de largas pestañas y su cabello negro atado en una corona de flores. Había algo de indio en su mirada enigmática. La piel cálida, áurea, con reflejo de bronce. El conjunto resultaba voluptuoso, perturbador, lleno de una belleza mágica. Consuelo pasó los dedos sobre el rostro de la fotografía, sintió la fuerza de aquella mujer muerta hace más de una década. «No era una mujer bella», pensó, luego de contemplar largo rato la fotografía. Había algo de bestial en su rostro. Sus pechos eran pequeños, pero sus brazos eran perfectos. Si no supiera que se trataba de Mata Hari, Consuelo habría pensado que era el retrato de una diosa de Kuala Lumpur.
Consuelo sacó luego del sobre una carta que tenía el sello de un doctor llamado Bizard. Leyó la carta:
«Estimado Enrique, en relación a nuestra última conversación sobre nuestra desgraciada amiga, como le dije, yo no la vi en el Museo Guimet, allí sólo unos pocos pudieron admirarla, la vi poco después en la embajada chilena, en el curso de una fiesta del cuerpo diplomático. Entones sus actos no pasaban de ser reconstrucciones escrupulosas de las danzas de las bajaneras sagradas de Benarés. Me acuerdo de que, antes de comenzar el espectáculo, un anciano muy grave explicó al público lo que significaba aquella ceremonia rítmica: «Una virgen que es bella y pura, y que sale de un monasterio —nos dijo— va a presentarnos el mito de la perla negra». Y después que el docto conferenciante terminó su historia tenebrosa, vino a aparecer una mujer morena, delgada, de rostro duro y de ojos de fuego que, envuelta en una túnica que la dejaba desnudo el vientre, comenzó a bailar lentamente, esforzándose por seguir las escenas del drama legendario, en el cual la princesa Anuda, sabiendo que en el del mar hay una concha que contiene una perla negra igual que la que brilla en el pomo del puñal de Mescheb, trata de seducir al pescador Amru para decidirlo a irla a buscar. Con cara de susto, al oír aquella propuesta, el pescador contesta a la princesa que es una locura lo que pide, pues la concha está custodiada por un gran monstruo que devora a los que se acercan. Pero ella insiste, ella se hace mimosa, ella lo embriaga con sus miradas de fuego. Y al fin el pescador va al fondo del mar y vuelve, agonizante, desgarrado por el monstruo, para entregar la perla a la princesa y muere. Y la princesa, entonces, acariciando la gema manchada de sangre, baila, goza, delira… yo la verdad sea dicha, no acerté a descubrir lo que en la tal leyenda había de religioso».
Consuelo detuvo la lectura de la carta, volvió a poner el cilindro donde volvió a sonar la voz de Mata Hari.
«Yo ya no era aquella niña burguesa de Holanda, maltratada por su marido, obligada a prostituirse por deudas de juego, despreciada por su familia. Yo ya era Mata Hari. Margarita Gertrudis había muerto. Yo había nacido en la India, en las costa de Malabar, en una ciudad santa, en el seno de una familia de la casta sagrada de los brahmanes. Mi padre era llamado a causa de su espíritu caritativo y piadoso, Assirvadam, lo que significa la «Bendición de Dios». Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Suany, murió a los catorce años, el día mismo de mi nacimiento. Los sacerdotes, después de quemar su cadáver, me adoptaron y ellos me pusieron Mata Hari, que quiere decir «Hija de la aurora». Luego, cuando pude dar un paso, me encerraron en el gran patio subterráneo de la pagada de Siva, para enseñarme, siguiendo las huellas maternales, los santos ritos de la danza. De mis primeros años no quedan en mi memoria sino los recuerdos vanos de una existencia monótona, en la que, después de imitar automáticamente, durante largas horas matinales, los movimientos de las bayaderas, pasaba mis tardes en el jardín, tensando guirnaldas de jazmines para adornar los altares priápicos del templo. Pero al llegar a la pubertad, la gran maestra, que veía en mí a una criatura predestinada, decidió consagrarme a Shiva, iniciándome en sus misterios una noche de primavera.
Continúa la carta de Bizard a Enrique:
«Yo no creo que ella halla sido todo aquello que decía, en honor a la verdad, creo que aprendió ese baile imitando a las menudas javanesas de las poblaciones donde su marido sirvió en el ejército colonial holandés. Fue nuestra curiosidad por aquellos paisajes exóticos, nuestra ignorancia incluso la que nos hizo darle a ella aquellas cualidades de diosa exótica. Nada en ella era ligero, frívolo y coqueto, a la manera parisiense que estamos acostumbrados. Ella no era esa muñeca voluptuosa con la cual los hombres juegan una noche, o una semana, o un año, o una vida entera si quieren, y cuya única ambición consiste en ser halagada, mimada y adorada por las manos generosas de su dueño. Ella era consciente de cada paso que daba. Tenía ese poder que ninguna mujer burguesa de las que estamos acostumbrados tiene. Ni las risas, ni las lágrimas, ni las perfidias, ni las languideces, ni los gritos salvajes de placer en ella eran improvisados. Todos los hechizos, todos los amuletos, todos los conjuros, todos los cánones del amor mágico, ella los estudiaba a la perfección y los empleaba a su antojo. Era una genio en ese sentido. Dueña de su alma y de su cuerpo. Las ropas le estorbaban, solo en la desnudes se sentía libre. Los trajes que usaba, por suntuosos que fueran, parecían siempre molestarla hasta el punto de que solo en los teatros y en los salones aristocráticos los soportaba. En cuanto se quedaba sola con hombres, su primer movimiento consistía siempre en despojarse de sus largas túnicas, como quien se quita una máscara incómoda que es obligada a usar por la moral cristiana y allí caíamos en su embrujo.
Usted me preguntó en su carta, Enrique, sobre los libros que recogí de ella en su hotel de Neuilly en España, que recogí a solicitud del dueño del hotel, el señor Castellón. Entre los libros pude identificar traducciones alemanas, inglesas y francesas de no menos de cien libros sánscritos relativos al amor. Todos llenos de notas marginales escritas con esa letra alta y estrecha, que mostraba tanta energía, como los bailes de la hermosa Mata Hari. El Kama Sutra, encuadernado en damasco púrpura, con un lomo de una corona de príncipe. Había en el interior de aquel interesante libro, de vez en cuando, un surco profundo, hecho con un alfiler o una uña, que señalaba los pasajes que seguramente llamaban la atención de su dueña, allí encerraba los secretos de la lujuria que ejercía como una sacerdotisa del placer. Le cito algunas frases que recuerdo: «De los móviles que deben guiar a las cortesanas: cuando una cortesana ama al hombre a quien se entrega, sus actos son naturales; cuando, por el contrario, no tiene en vista sino el interés, son artificiales; pero en este último caso deben parecer sinceros, pues el hombre no tiene confianza sino en la mujer que parece amarlo». Otro: «Los hombres que deben aceptarse solo por su dinero son los hombres jóvenes que se hallan en posesión de una herencia, los altos funcionarios, los que disfrutan del favor de los reyes, los que son vanidosos de sus riquezas, los héroes. También deben buscar por amor propio y sin interés a los sabios, a los artistas y a los adivinos». Uno más: «La cortesana debe mostrarse siempre bella y amable y llevar en su cuerpo los signos de su augurio. Debe estimar las buenas cualidades de los hombres sin dejar de buscar la riqueza. Debe complacer a las uniones sexuales y ser en cada caso de la misma casta que el hombre que la posee. Debe tratar de aumentar el tesoro de su experiencia y sus talentos, siendo siempre generosa y amiga de los placeres y de las artes…»»
«Me agrada la idea del templo índico con la diosa; así comencé en el Museo Guimet, donde aun se hallan mis retratos. Después, otras me han imitado, pero la primavera fui yo. Si el templo puede ser todo lo quimérico que se quiera, yo también lo soy», dice Mata Hari, en la entrevista.
«¿Tienes miedo a morir?», pregunta Enrique.
Consuelo se acomodó en el asiento para procesar las palabras de Enrique. Miró al estante buscándolo entre los libros, como si allí fuera a verlo con vida. Se consolaba sabiendo que llegó a tiempo para prestarle sus cuidados, cuando Enrique cayó enfermo por aquella hemorragia cerebral. «Quince días de cama y cuarenta y ocho horas de agonía tuvo el pobre —pensó—. Apenas podía respirar».
«Tu también morirás, Enrique, todo muere», respondió Mata Hari, luego de una extensa pausa que en el cilindro se extendió como un doloroso vacío. «Entre tanto, hay que vivir los instantes bellos y gloriosos. Más vale pasar en la tierra cortos días intensos que arrastrar una vejez sin belleza. Míreme ahora, Enrique. Ahora soy una reina. Tengo mi corte y mis cortesanos. Gonoveli, con su hocico de hiena y su aspecto de hacer trampas, no dejaría de verme bailar aunque me encontrase en el infierno. ¡Y Cravard, el millonario, que sería capaz de vencer a Dios si se lo pido!… ¡Y lord Clavenmoore, tan puritano en la superficialidad, como vicioso en el fondo!…»
Una pausa se extiende nuevamente por la grabación. Consuelo distingue al fondo el sonido de metales golpeando, como llaves y cerrojos. Algunas voces ininteligibles en el fondo. Al volver a hablar, luego de un rato, Mata Hari ha cambiado su noto de voz, ya no es la mujer alegre y vivaz de antes, ahora suena melancólica.
«Hay algo de maldito en la belleza, señor Enrique. Los hombres son horribles. Esos que antes me adoraban y se devorarían entre sí por una de mis sonrisas, esos son los que hoy me condenan. El gran duque Basilio, que se transforma en un Nerón cuando está borracho, es un asco de hombre. Y el conde von Gurt, el íntimo del Kaiser, general de la guardia, solo hay que verlo comer para juzgarlo… ¡Ah, los monstruos! Sus halagos me enferman y sus caricias me hielan…»
Vuelve el silencio. Consuelo saca otra foto del sobre, mientras escucha el cilindro correr. En la imagen Mata Hari ocupa el centro de lo que parece ser un salón religioso, con dos columnas bordeadas de flores y al fondo se la sombra de Shiva, diosa de la transformación universal, capaz de crear o destruir lo que desee. Cuatro mujeres vestidas de negro están de rodillas al rededor de Mata Hari, que baila con un sensual traje plateado que expone su vientre; en sus brazos carga hermosos brazaletes y en la cabeza una corona. Sobre el suelo la alfombra llena de flores blancas.
Afirma la carta de Bizard:
«Si usted me pregunta, Enrique, sobre las razones que llevaron a Mata Hari a la desgracia, yo le diría que fue precisamente esa belleza que la llevó al éxito. Los hombres que la conocimos y que caímos en su embrujo somos los culpables de su desgracia. No fue ella, sino nuestro egoísmo que precipitó a aquella pobre mujer a caer al abismo. Ella tal vez fue víctima de su prestigio, de su fama. Comprendiendo quizás el partido que sus relaciones podía sacarse, los alemanes tuvieron el arte diabólico de seducirla con halagos pueriles, irresistibles. Puedo imaginarlos hablarle con palabras empalagosas: «Usted, que es la única capaz de comprender…» «Usted, que es la más influyente…» «Usted, que desea la paz…» «Usted, que comprende el horror de la guerra…» «Usted, que podría evitar tantas desgracias…» Pero tengo la impresión de que Mata Hari tuvo siempre la presciencia de que su vida sería un tejido de acontecimientos imprevistos. En pleno apogeo de su carrera, recuerdo cómo se estremecía con zozobra al menor choque. «Protégeme contras tantas cosas que me hacen daño, que me quitan las ganas de trabajar», me dijo en una ocasión. Otra vez, en una actitud más reflexiva, me comentó el significado del karma. «El que siembra el bien cosecha el bien, y el que siembra el mal cosecha el mal, como el que siembra duda cosecha duda. Hay momentos en que uno cree en las sorpresas de la suerte, pero luego nota que esa suerte es una misma quien la provoca»».
«Yo soy india, señor Enrique. No importa lo que digan esos generales que hoy me condenan, soy oriental. Cuando me hablan de patrias, mi espíritu se vuelve hacia un país lejano en el que una pagada de oro se mira en un río tortuoso. Yo no sé a punto fijo de donde soy: ¿de Mathura?, ¿de Golconda?, ¿de Gualior?… no importa. Hay un secreto en mi nacimiento, en mi niñez, más tarde se sabrá, yo misma apenas lo he desentrañado. Que no me hablen de naciones o imperios que mi imperio es el sexo, es el placer, es la belleza. Que no me hablen del Kaiser, del Zar o del Archiduque, que mi único amo es el amor», dice Mata Hari en la grabación.
Nuevamente una voz interrumpe la entrevista. Mata Hari calla.
«Debo irme ya. ¿Quiere que le traiga algo para la próxima visita?», pregunta Enrique.
«Si, la verdad. Quisiera volver a leer las obras que me han guiado en el camino del arte. Lo malo es que, usted tendría que pedírselas al Museo Guimet, puesto que en las librerías no se encuentran. El Prem Sagar, del teatro de Kalidasa. ¡Ah, y las leyendas caballerescas, las historias de caballeros rajputas que, con sus túnicas de azafrán sobre la cota de malla, cabalgan en busca de aventuras maravillosas! Pero ahora, si usted quiere hacerme el favor que le pido, trate de buscarme El Loto de la Buena Ley; nada más; es un librito búdico que enseña a despreciarlo todo».
Consuelo detuvo allí la grabación y buscó en el librero el título que Mata Hari había pedido, consciente que Enrique no aguantaría la curiosidad por leerlo. Y allí estaba, entre varios libros de cultura asiática, libros históricos de Japón y China: El loto de la buena fe, un pequeño libro encuadernado en cuero. Lo abrió y revisó sus hojas.
«El Buda logró sobrevivir a sus muchas pruebas y, a los setenta y dos años, cuarenta y dos después de haber comenzado a predicar las enseñanzas budistas, en un monte de la India central llamado Gridhrakuta, al nordeste de la ciudad de Rajagriha, comenzó a predicar el Sutra del loto. Lo hizo durante ocho años. Y entonces, a orillas del río Ajitavati, en la ciudad de Kushinagara, India oriental, en la mitad de la noche del decimoquinto día del segundo mes, a sus ochenta años, entró en el nirvana. Pero antes, había revelado su iluminación en el Sutra del loto. Por lo tanto, las palabras de este sutra son, en realidad, el corazón de Shakyamuni, El Que Así Llega».
Afirma Mata Hari en la grabación:
«Este es uno de mis pasajes favoritos. Escuche, Enrique: El joven mártir a quien el verdugo acaba de arrancarle los ojos exclama: «¿Qué importa que ya no vea el mundo, puesto que ya he sacado de mis ojos todos los placeres que pueden proporcionarme y, puesto que gracias a ellos, me he dado cuenta de que todo es perecedero, todo es efímero, todo es despreciable…» Aquí hay otro, escuche: El joven Upagupta, que era un espejo de santidad, se encontró una mañana con la bayadera más bella del reino, la gloriosa Vasavadata de Madura. Cuando la joven lo vio, ella quiso seducirlo con sus encantos bailándole sensualmente. El joven se alejó de ella sin volver la cabeza. Algunos años más tarde, esa misma bayadera fue condenada a muerte y el verdugo le cortó las piernas, los brazos, las orejas y la nariz, y la dejó abandonada en el cementerio para que los cuervos acabaran de cumplir la sentencia. Cuando Upagupta lo supo, fue al cementerio. La mujer, al verlo llegar, le dijo: «¿No quisiste mi belleza ni mi vida cuando era la más bella bailarina de todo el reino, y vienes hoy a gozar de mi agonía y de mis dolores?» El joven contestó: «hermana, a lo que vengo es a ver lo poco que importa la vida y lo poco que significa la belleza». Entonces ella ya no sintió ni las ansias de la muerte, ni el dolor de desaparecer, y dándose cuenta de la infinita pena que hay en el fondo de los placeres, prefirió el nirvana y murió feliz».
«¿Eso crees, que la belleza no importa?», preguntó Enrique.
«Creo que mi cuerpo, bello cuando joven, marchito ahora, será polvo dentro de cien años. ¿Qué será de ti, Enrique, en cien años? ¿Alguien nos recordará siquiera?
«¿Has escuchado algo de tu abogado?», preguntó Enrique, luego de un rato.
«Nada. Tiene 24 horas de no asomarse por acá. Si no viene hoy es porque no se atreve a anunciarme que el presidente Pizcare le ha negado mi gracia y mañana me fusilarán. Pero no hablemos de esas cosas Enrique, le suplico, eso me entristece. Mejor le diré que, para pagarle su amable atención con estas visitas, estoy dispuesta a darle las tres recetas de la magia que más podían interesarle».
«¿Recetas de magia?» preguntó Enrique, riendo.
«Así es. No se ría, es en serio. Mire, la primera y la principal, es la que permite hacerse amar del ser elegido, sea quién sea. Eso a usted le va a caer muy bien, que ya conozco la fama que tiene. Quien sabe, algún día conocerá a la mujer que conquistará su corazón como nadie nunca lo ha hecho, alguien quizás de su tierra. La segunda, menos noble, pero más apetecida por el vulgo, es el arte de convertirlo todo en oro».
«Esa me interesa más», comentó Enrique, risueño.
«No se crea, Enrique, el amor es siempre más importante. Y la tercera es la panacea de la salud inquebrantable. Para que usted viva mucho tiempo».
Consuelo detiene la grabación. Vuelve al sobre y revisa uno de los documentos. Es el acta de acusación contra Mata Hari, redactada por el fiscal del consejo de guerra. En el documento se invocan, como pruebas de que llevaba ya años enteros a sueldo de los alemanes, las relaciones amorosas que había tenido con el duque de Brunswick, prefecto de policía de Berlín.
—El día de la declaración de guerra, en 1914 —afirma el fiscal militar a Mata Hari—, usted almorzó con el prefecto de policía de Berlín, y luego lo acompañó en su coche, en medio de la multitud, que vociferaba vivas a las tropas francesas.
—Es cierto —contesta Mata Hari—. Ese fue un día de fiesta en toda Europa. Nadie comprendía aún que ese fervor era una celebración a la muerte de millones de hombres.
—Absténgase de dar sus opiniones sobre la guerra, y responda solamente sobre lo que se le pide —interrumpe, enfático, quién funge como fiscal del Estado.
—Yo conocí al prefecto en el music hall en que yo bailaba. En Alemania la policía tiene derecho de censurar los trajes de las artistas. Habían dicho en los periódicos que yo aparecía demasiado desnuda y el prefecto fue a examinar mi toilette. Así entramos en relaciones.
—Y en seguida el jefe del espionaje alemán le dio a usted una misión de confianza y le entregó 30.000 marcos.
—Lo relativo a la persona y a la suma es exacto. Recibí 30.000 marcos de aquel alto funcionario; pero no como pago de servicios del carácter que usted indica, sino por el pago de mis favores. El jefe del espionaje alemán era mi amante.
—Lo sabemos… sin embargo, esa suma resulta, como simple regalo galante, algo extraordinaria, ¿no cree usted?
—Para mi no lo es… Nunca nadie me dio menos…
—Afirma usted en su declaración, que nunca quiso ser espía alemana, pero estaba interesada en ser espía francesa. ¿Es eso cierto?
—Quería ser útil a Francia, sí.
—¿De qué manera pensaba usted ser útil a Francia?
—Aprovechando mis relaciones —contesta Mata Hari—. Así, desde el principio indiqué al jefe del Segundo Servicio los lugares exactos de la costa de Marruecos en los cuales los submarinos alemanes desembarcan armas, lo que me pareció interesante.
—Interesantísimo —murmura con sorda ironía, el fiscal—. Esos lugares que usted indicaba, usted no podía conocerlos sino estando en relaciones con los alemanes. ¿Verdad?
—No es cierto. Eso lo supe porque se dijo en un banquete de diplomáticos. Por eso lo sabía yo.
—Pero no sabía cosas de Francia que querría luego compartir con los Alemanes —dice usted.
—Yo no soy francesa, yo no tengo ningún deber con este país… Aún así consideré que mis servicios eran útiles y así los ofrecí en su momento… es todo lo que me corresponde decir…
—Permítame decirle qué pasó en aquellos momentos en que usted se puso espontáneamente al servicio del espionaje francés, señora Margarita Zelle.
—Mata Hari —interrumpe, enfática—, me llamo Mata Hari.
—Mata Hari. —Responde con ironía, el fiscal—. Cuando el capitán Ledoux le preguntó a usted lo que podía hacer, usted se ofreció, en su calidad de holandesa, para ir a Bélgica a comunicar ciertos datos a los agentes que allá teníamos nosotros. El capitán le entregó a usted un papel dirigido a uno de esos agentes, y usted se embarcó con rumbo a Inglaterra. De allí debía usted pasar a Holanda y en seguida a Bélgica. ¿No es así?
—Así es.
—Pero no fue usted ni a Bélgica ni a Holanda sino a España, ¿verdad?
—No pude ir a Bélgica —responde Mata Hari—, la guerra no le permitía a una viajar como quisiera.
—Pero el papel que se le había confiado no dejó usted de aprovecharlo… ¿Recuerda usted de qué manera?
—No —dice, luego de un rato.
—Pues verá. Tres semanas después de marcharse usted de París, el agente nuestro, cuyo nombre se hallaba en el papel que le entregó a usted el capitán, fue fusilado en Bruselas por los alemanes. ¿Reconoce usted esto, señora? —pregunta el fiscal, luego de un rato.
—Es una carta mía —dice Mata Hari.
—Una carta suya, en efecto. Y puede decirme, el papel en el que escribió esa carta, ¿tiene el sello de dónde?
—Del ministerio de negocios extranjeros de Francia.
—Así es. Esta carta, señores jueces, fue enviada por la señora Mata Hari al señor Castellón en Madrid, contándole que iría una temporada y le preparara una habitación. Eso parece normal, es cierto. ¿Y como estas envió, cuantas?
—Varias.
—Varias, sí. Algunas de ellas fueron interceptadas por el servicio de inteligencia alemán y ¿qué cree que vieron en ellas?
—¿Que yo iba a Madrid? —responde Mata Hari, irónica.
—Que usted tenía una relación con el ministro de negocios extranjeros de Francia. A usted le interesara que los alemanes supieran que podía penetrar en los secretos de Estado francés. Y esa no sería la única vez que usaría usted esa táctica, ¿verdad?
—No se a qué se refiere.
—¿Qué hizo usted con el general Césaire Joffre cuando usted le visitó poco antes de la batalla de Marne?
—Nada.
—Nada, en efecto. ¿Y cuánto tiempo estuvo usted con él, haciendo «nada»?
—Unas semanas, creo.
—Unas semanas en donde se paseaba del brazo del general, mientras se planificaba la gran batalla de Marne. ¿Y saben ustedes por qué hizo, como ella dice, «nada», durante todo ese tiempo? Porque lo que la señora Mata Hari quería, era ser vista con el general Césaire Joffre, que todos en el estado mayor de Francia y Alemania supieran que ella era su amante. ¿No es así, señora Mata Hari?
Consuelo vuelve a poner la grabación, quiere escuchar una vez más la voz de Mata Hari.
«Sin duda estos señores tenían miedo de verme llorar o gritar, y me aconsejaron al despertarme que tratara de mostrarme valiente… Soy valiente, Enrique. No estoy dispuesta a que me venden los ojos a la hora de mi fusilamiento. Quiero ver a la muerte de frente. ¿Por qué será que tienen esa costumbre de ajusticiar a los prisioneros en la madrugada? En la India no es así. Allí la muerte es una ceremonia que se celebra en pleno día, ante las multitudes coronadas de jazmines… A mi me gustaría más ir a Vencennes a las tres de la tarde, después de un buen almuerzo… pero, en fin… ¡Qué tiempo hace, señor Enrique!, Hoy será un día magnífico. Si me permiten, quiero usar mi abrigo claro, el gris, el que traje al entrar a esta cárcel. Quiero lucir bella y me gusta cómo me queda ese traje… La muerte no es nada, señor Enrique, ni la vida tampoco: morir, dormir, soñar, pasar, quedarse, qué importa; y qué importa que sea hoy o mañana, que sea en nuestro lecho o al final de un paseo; todo es una ilusión. ¿Usted tiene miedo de morir, señor Enrique?»
Continúa la carta del doctor Bizard a Enrique:
«La primera vez que la vi fue en Amsterdam, donde yo estaba movilizado en 1915. Vivíamos en el Hotel Victoria y yo la veía a menudo allí, en compañía de alemanes. No fue sino a fines de 1916 o a principios de 1917, al regresar a mi puesto de Madrid, cuando la conocí personalmente. Ella me escribió diciéndome que deseaba pedirme un consejo. Fui a verla al hotel Ritz. Se trataba simplemente de hacer enviar a Madrid el dinero que ella pretendía poseer en un banco de París. Le aconsejé que escribiera primero al Banco, y que en caso de dificultades, yo pediría la intervención de mi jefe, el ministro de los Países Bajos. No me volvió a hablar del asunto, ni pidió la intervención de la Legación.
Ella había llegado a Madrid después de pasar algún tiempo en Barcelona. Un catalán me dijo que allá la llamaban «l’home de negocis». ¿Por qué razón? No lo se. Pero aquello me dio qué pensar, tanto más que no tenía contrato en España como artista. Como ella debía volver a París, me pidió poco después un laisser passer o recomendación para las autoridades de la frontera. Yo le contesté que debía pedir aquella recomendación a mi jefe, pues yo no podía hacerla solo, y agregué que una persona que tiene la conciencia limpia no debe temer nada; que además podía siempre telegrafiar a la Legación en caso de dificultades; insistí en repetirla que una persona cuya conciencia no estuviera muy limpia haría mejor en no arriesgarse a pasar la frontera, aun con recomendaciones. Ella se mostró indignada e irritada de tal advertencia, lo que me inclinó más todavía a dudar de su inocencia. Se fue, sin embargo, a Francia.
Algunos meses más tardes no sentí la menor sorpresa, a pesar de que ella se mostraba siempre muy francófila (aunque sin exageraciones sospechosas), al saber que, después de haber sido vigilada muy de cerca, la había detenido la policía, a la hora del té, en uno de los grandes hoteles parisienses. El agregado militar de Francia me dijo en San Sebastián que Mata Hari había costado más de una división al ejército francés».
Consuelo escuchó nuevamente la grabación de Mata Hari.
«¿Tiene usted algo que quiera decir antes de morir?» preguntó Enrique.
«No… ya dije que soy inocente… que nunca he cometido ningún delito ni contra Francia ni contra Alemania… que encuentro toda esta guerra absurda… que solo soy una mujer que supo amar y ser amada. Y si tuviera algo que decir, no se lo diría a ellos».
«¿Algún último deseo?» agregó Enrique.
«Quisiera ver a mi amante… pero él está en Rusia… En todo caso, si me prestan papel y pluma, podré escribir unas palabras».
Mata Hari guardó silencio por un rato, al fondo del cilindro podía escucharse el ruido de voces y pasos.
«Se lo agradezco. Le suplico, sí, que no se vaya a confundir con los destinatarios. No quiero que entregue a mi hija la carta que va para mi amante, imagínese usted la impresión que tendría la pobre».
«Descuide usted».
«¿Cree usted que me dejen bailar antes de morir?» pregunta Mata Hari.
La grabación se detiene allí. Consuelo se quedó quieta esperando que continuara pero no había más. Revisó el interior del sobre y sacó lo que parecían anotaciones hechas por la mano de Enrique.
«Mata Hari fue fusilada el 15 de octubre de 1917. Antes de ponerla en el paredón, el defensor apartó del grupo que formaban los magistrados para hablar en secreto con la prisionera. De pronto una risa estalló, sonora, inaudita, inverosímil. «Está loca», dijo alguien, sin ocultar su pesar. Mata Hari se separó del abogado defensor, ahora indignada. «¿Sabe usted lo que me aconseja el bueno del señor Clunet, mi abogado?…» dijo, grintando a quienes presenciaban la ejecución. «Pues que, para acogerme al plazo que concede el artículo 27 de la ley, declare que me hallo en estado de embarazo. Podría usted imaginar algo así, Mata Hari embarazada…» y volvió a reír. Nadie más reía, solo ella. Fue encaminada a un paredón, sus brazos atados a la espalda. Cuando el teniente quiso colocar la venda en los ojos, ella se opuso, como dijo que haría. «¡No!», gritó, con firmeza. «Permítanme ver de frente mi muerte». Los disparos fueron secos y el silencio cayó sobre el mundo. Al volver a París no podía sacar de mi cabeza la imagen de aquella mujer, marchita ya, bailando desnuda en su celda al amanecer del día de su muerte. No había música sino en su cabeza. Las monjas lloraban viéndola bailar. «Hay algo de maldito en la belleza, señor Enrique. Los hombres son horribles», me dijo Mata Hari. Y cuanta razón tenía».
Al terminar de leer las anotaciones de Enrique, Consuelo sintió que corazón le pesaba. Guardó los documentos, las fotografías y el cilindro en el sobre, que puso luego en el lugar en donde antes lo había encontrado. Se preparó un te de hiervas y salió al patio, donde el sol radiante de la tarde en Niza golpeaba ya de frente a la casa. En su mente retumbaba la voz melosa de la bailarina.
—Hay algo de maldito en la belleza —repitió Consuelo.
Brimfield, Massachussetts
23 de mayo de 2023

