
(o del amor que los dioses arrasaron)
A ti, Dido.
No sé si exististe de verdad, si tu cuerpo fue carne o invención. No sé si caminaste alguna vez por los pasillos de Cartago o si fuiste apenas una metáfora escrita por un hombre romano para justificar la guerra. Pero hoy, al ver a una mujer de piel oscura dormir sobre cartones húmedos en la frontera sur de México, con un niño en brazos y una mochila vieja como único refugio, supe que te había encontrado.
No te escribo desde Roma ni de Cártago. Te escribo desde esta tierra suspendida que no es ni salida ni llegada. Un espacio en donde se espera, donde se negocia la esperanza con formularios y sellos. No tengo uniforme ni investidura. Soy apenas un testigo. Alguien que escribe para no olvidar.
Y sin embargo, al escribirte me siento Eneas.
No el guerrero, no el fundador, no el héroe mítico que fundó un imperio. Me parezco más al Eneas cansado, el que salió de Troya, derrotado, el que ya no cree en los dioses pero aún los obedece. El que sabe que hay algo terrible en cumplir un destino ajeno. El que mira hacia atrás y ve que todo lo que ha construido se levanta sobre la ceniza de alguien amado. Sobre tus cenizas.
Dido, el mito dice que tú también huiste. Que abandonaste tu tierra, tu reino, tu primer marido muerto. Que fundaste Cártago no con piedra, sino con astucia, rodeada de enemigos y de augurios. No fuiste solo reina. Fuiste exiliada, navegante, política. Fuiste fundadora en un mundo que no perdona a las mujeres que construyen.
Por eso lo reconociste a él. A Eneas. Porque tú sabías lo que era empezar desde la nada. Lo acogiste no como reina magnánima, sino como igual. Sabías que amar a alguien roto implica compartir la astilla.
Yo los he visto a los nuevos Eneas. Hombres con los pies destrozados por la ruta, que cargan a sus hijos como si el futuro tuviera forma de mochila. Yo he escuchado cómo cuentan su historia en voz baja, entrecortada, con la vergüenza de quien sabe que lo ha perdido todo pero aún espera no ser juzgado. Yo los he visto no poder llorar.
Y también he visto a las Dido. Las que se quedan, las que miran partir al que amaron porque él “tiene que buscar algo mejor”. Las que se enojan, sí, pero se quedan cocinando con lo poco que queda. Las que prenden la televisión esperando un mensaje. Las que no reciben cartas. Las que prenden velas. Las que levantan piras invisibles.
Dido, yo entiendo ahora lo que tú sabías desde el principio. Que el amor no basta. Que a veces no se trata de traición, sino de obediencia. Que los dioses —ese otro nombre del sistema, del mercado, del imperio, de la política migratoria— siguen imponiendo rutas que nos alejan de lo que más amamos.
Eneas no se fue porque dejó de amarte, Dido. Se fue porque alguien le ordenó que lo hiciera. Alguien le dijo que partiera a fundar una ciudad. Que debía cumplir su destino. No le dieron tiempo de sentir. Le dieron órdenes.
Y eso es lo que más me duele.
Porque yo también he tenido que irme. Y no me refiero solo a viajes físicos donde se deja atrás a la mujer que amas, sino a esas otras formas de partida: cuando uno se queda callado por miedo, cuando uno cede un espacio por sobrevivir, cuando uno deja atrás a alguien porque el camino que se abre es el único que queda. No siempre se traiciona con un beso. A veces se traiciona simplemente yendo.
Dido, ¿cómo es que aún ardes?
¿Cómo es que sigues viva en cada frontera del mundo, en cada mujer que espera, en cada llamada que no llega? ¿Cómo es que, tres mil años después, todavía sentimos tu furia cuando el que se fue intenta volver, o cuando intenta explicar?
Hay una escena que me persigue y por eso decidí escribirte esta carta. La de Eneas en el barco. Él ya va camino a su destino. El viento hincha las velas. Sus hombres trabajan con indiferencia. Pero él mira la costa, y ve la pira que construiste para tí. Te ve arder, de pie, con la espada en la mano y sabe que no volverá a verte. Y llora. No se lanza al mar para salvarte. No regresa a ti. Solo llora.
Es un llanto inútil. Como muchas de nuestras disculpas.
Yo escribo desde ese mismo barco, Dido. No sé a dónde va, pero sé que no es hacia ti. Sé que lo que hago es insuficiente. Que escribir no devuelve lo que fue arrasado por el fuego. Que esta carta es otro llanto. Pero es lo único que tengo para ofrecerte después de tantos años.
A veces creo que Roma no valía tanto. Que todos los imperios son excusas para justificar las ausencias. Que lo que fundamos no compensa lo que destruimos.
Dido, no hay forma de saber si tú perdonaste, si desde el mas allá pudiste ver lo que Eneas construyó y entendiste su misión en el universo. Pero sí hay forma de saber que él nunca dejó de pensarte. Yo no sé qué harás tú con esta carta. Tal vez la quemes. Tal vez la ignores. Tal vez la guardes entre tus ropas como una forma de decir: “No te perdono, pero te escucho.”
A ti, que aún ardes en los márgenes de los mapas,
A ti, que fuiste reina de exiliados y madre de la herida,
A ti, que no tuviste tumba sino memoria,
te escribe uno de los tuyos. Uno que entendió tarde. Uno que ya no quiere fundar nada. Solo recordar.
Ojalá, donde estés, haya agua.
Con dolor y con ternura,
O
