A los bailarines, todos.
No aprendí a bailar tango. Al menos no como se espera que se aprenda: con rigor, técnica y dominio del cuerpo. Lo que aprendí fue otra cosa, más difícil de nombrar. Una manera distinta de estar parado frente al mundo, con los pies mejor plantados, como si el cuerpo empezara a hablar antes que la boca. Me inscribí en aquella clase por capricho —y más tarde entendí que los caprichos son, a veces, la forma más sincera de buscarse a uno mismo. La clase la dirigía Isadora Paz, mi amiga, que tiene nombre de poema y la paciencia de quienes han aprendido a escuchar con el cuerpo entero. Poco tiempo después me fui a Estados Unidos, con las piernas todavía calientes del básico, una pirueta mal aprendida y la sospecha de que algo de mí se había quedado atrás, atrapado entre los compases del salón y las miradas suspendidas en un abrazo.
Volví al país años después con otros ritmos en la espalda. Y como si no hubieran pasado los años, Isadora me invitó a retomar. Dos semanas después, algo de la memoria muscular —esa que sobrevive al exilio— comenzó a despertarse. El cuerpo, parece, también tiene su nostalgia.
Entonces vino la invitación: una presentación de tango, para un público cerrado en el BCIE. Yo intenté evadirla, el público cerrado también tiene celulares, pensé. Acá ya nada es cerrado. Lo cierto es que siempre hay algo de pudor en el que baila a medias, una vergüenza elegante que intenta disfrazarse de modestia. Además, había faltado a las últimas clases, y lo último que quería era hacer el ridículo frente a un público con corbata. Pero fui.
Llegué después de un desayuno con los empleados del canal. El parqueo estaba vacío, apenas habían unos cuantos carros. Yo, pensando aún que el evento era “cerrado” creí por un momento que llegaba directo al show. Luego noté que no eran los autos lujosos que uno esperaría en eventos de protocolo con tango. Eran carros viejos, nobles sí, como salidos de una canción de Gardel de los 90. Lo supe entonces, eran los carros de los músicos. Esa fue la primera pista de que aquella noche no sería de gala, sino de calle.
Adentro, los bailarines ensayaban. Los del “nivel avanzado” se deslizaban por el suelo como si el mundo fuera una orquesta invisible hecha de piernas, suspiros y giros. Yo los miraba desde una butaca del público, embelesado. Era un show para mi solo. Horas después nos llamaron a los camerinos. Mi pareja me explicó a la carrera como iba a ser el orden de salida, algunos pasos previos que debía de dar (que no entendí muy bien) y concluimos que ella me avisaría cuando me tocaba salir. Hasta allí llegaba mi atención a esos detalles. Me interesaba más otras cosas, otros sentidos. Era la primera vez que entraba a un camerino. Adentro había un aire denso de talco, perfume y tensión. La electricidad de los cuerpos antes del salto. No sabía que existía ese tipo de bulla y de silencio (al mismo tiempo) entre bailarines: no se habla, se respira en otro idioma.
Me colé detrás del telón. Desde ahí, todo se volvió danza de sombras. Las parejas entraban y salían como si el escenario fuera una boca que los devoraba y los escupía con el aliento caliente del aplauso. Yo miraba. Escuchaba los acordes. Imaginaba la ciudad vieja de Buenos Aires, la esquina rosada de Borges, la cantina donde los migrantes lloraban sus tierras perdidas en compás de dos por cuatro.
Y entonces fue mi turno.
Lo hice. No bien, pero tampoco catastrófico. Una amiga que vio el espectáculo me dijo que no se notaba lo perdido que andaba. Tal vez el tango también sabe disfrazar las fallas con elegancia. Bailé. Salí. Escuché los aplausos como quien escucha llover desde una ventana: sin saber si son por uno, por la noche, o por el milagro de haber llegado.
Después vino el cóctel. Y en medio de las copas y las risas, me enteré de un secreto. No lo cuentan en las clases. Resulta que después de esas presentaciones, los bailarines se van a una casa, de alguno de los compañeros de la clase, allí se sacan el maquillaje, se ponen ropa cómoda, abren una botella y siguen bailando hasta la madrugada. Sin público. Sin reglas. Solo por el goce de existir en movimiento. ¡De haberlo sabido, habría empezado antes esas clases!
Volviendo a casa en la madrugada, pensé en el tango no como un baile, sino como una extranjería compartida. Una forma de llevar el duelo por algo que no termina de irse: un amor roto, un país lejano, una vida que no fue. Me imaginé a aquellos europeos recién llegados al Río de la Plata, obreros y prostitutas, mezclando idiomas y pasos en un burdel con piso de tierra. Inventaron un baile con el cuerpo del otro. Le dieron voz a su soledad.
Y pensé en los de aquí, los de ahora. Los que bailaron conmigo. Jóvenes y viejos. Algunos morenos, otros mestizos. Ninguno nacido en Palermo ni en San Telmo, pero todos —como aquellos primeros— con algo roto adentro. Adoptaron un baile triste y lo volvieron suyo. Porque hay tristezas que también nos competen. Porque el cuerpo, incluso el más torpe, también quiere contar su historia.
No aprendí a bailar tango. No del todo. Pero después de ese último giro, comprendí que no era necesario. Porque algo, en ese cruce de cuerpos y silencios, me había leído. Como si el tango —con toda su tristeza prestada, su orgullo de arrabal y su memoria de exilio— hubiera visto en mí a uno de los suyos. No fui yo quien lo aprendió. Fue el tango el que me reconoció, el que me nombró sin palabras, el que me abrazó como se abraza a los que llegan tarde, pero llegan.
