La luz de la pantalla quedó fija, blanca, sobre el párrafo final. Acababa de terminar una nota sobre la crisis en el Consejo Nacional Electoral. No repetiré aquí sus argumentos: pertenecen a otra urgencia. La envié, apagué la lámpara del escritorio, pero no me levanté. Afuera, un perro ladraba con insistencia, como si advirtiera algo que nosotros ya habíamos dejado de escuchar.

Un mensaje me llegó sin saludo: un enlace de Facebook, una de esas memorias que se reciclan solas. Una nota mía del 11 de julio de 2010, con un título que me sonó más vigente que entonces: ¿Qué tan democrática puede ser la democracia?

La abrí. Leí. Era mi voz, más joven, menos escéptica. Decía cosas que aún sostengo, pero de un modo en que ya no hablo. Recuerdo ese tiempo. Las asambleas, las consignas. La idea de que se podía refundar el país con voluntad, con pueblo, con presión. La ingenuidad no estaba en las ideas, sino en la creencia de que esas ideas bastaban.

Desde ese texto han pasado quince años. Honduras padeció el gobierno aislado de Pepe Lobo, tuvo luego dos gobiernos de Juan Orlando Hernández. El primero, con respaldo casi total de la élite; el segundo, con una reelección ilegal sostenida por pactos inconfesables. Gobernó como operador del orden. Blindó al empresariado, contuvo al movimiento social, normalizó la represión, vació la política. Luego fue extraditado, juzgado y condenado en Nueva York. No quiero discutir el expediente, ni repetir los titulares. Hoy es apenas una sombra.

El yo de 2010 lo habría celebrado. Lo habría visto como una forma, aunque imperfecta, de justicia. Hoy no. No porque lo absuelva, sino porque no encuentro alivio. Porque lo que importa no es que haya caído él, sino qué hicimos nosotros. Qué quedó del Frente. Qué hicimos con la oportunidad.

Me incliné a recoger un bolígrafo caído. Cuando levanté la vista, ya no estaba solo.

Frente a mí, en la silla vacía, estaba yo. No el de ayer, ni el de hace un mes. El de entonces. El que escribió esa nota en 2010.

Vestía una camiseta descolorida, como quien regresa de una marcha larga. Tenía los ojos tensos, y una desconfianza alerta que aún reconozco. Sostenía la hoja impresa del artículo, con los bordes marcados por anotaciones y subrayado como solía hacerlo entonces.

—¿Así que esto somos ahora? —preguntó, sin ironía, viendo el entorno.

No supe si hablaba del país o de mí.

—No —le dije—. Somos lo que quedó.

—¿Y vale la pena?

No respondí. Algunas preguntas no buscan respuesta: solo necesitan escucharse en voz alta.

—Escribiste esto —dije, señalando el papel—. Hablabas de la contradicción en el FRNP: los sectores populares, el bloque social, por un lado; y los liberales, que querían rescatar su viejo partido disfrazados de resistencia.

—Sí. Y de cómo esa tensión podía desviar todo el proceso.

—Se desvió. Se impuso el sector liberal. Lo que era Frente de Resistencia Popular se transformó en partido. Lo que era partido se volvió empresa familiar.

—¿Y la izquierda?

—Sigue allí. Siempre dividida, relegada, desplazada. El FRNP aguantó un tiempo. Hoy es casi un fantasma. Las decisiones no las toma ninguna base. Las toma un núcleo cerrado y desconfiado, con lealtades más personales que políticas.

El otro bajó la mirada.

—Yo no confiaba del todo —dijo—. Pero quería creer. En el poder popular, en la construcción desde abajo.

—Y hubo intentos —dije—. Pero el poder se tragó todo. Cooptó cuadros. Repartió cargos. Llamó a los que sabían organizar, no para fortalecer al pueblo, sino para llenar vacíos en la burocracia.

—¿Y los movimientos sociales?

—Varios siguen luchando. Pero aislados. Sin articulación. Sin voz reconocida en el centro. Después del asesinato de Berta Cáceres, algo se quebró. Las redes se replegaron. Después del asesinato de Juan López el vínculo entre base y dirección política se rompió. Ahora se reconocen, en el discurso, pero no se consultan. No se escuchan.

El otro se removió en la silla. No estaba cómodo, pero no se iba.

—Matan a Berta. —Dijo. Sus palabras dolían.

—¿Y la democracia? —Preguntó luego de un rato.

—Formal. Procedimental. Como un telón. Lo que hay detrás sigue siendo una estructura de concentración del poder. Hoy se habla del “pueblo” como si fuera una masa homogénea que otorga legitimidad. Pero no hay pluralismo real. No hay espacio para la diferencia. Solo una forma de administración con retórica popular.

—Todo eso lo advertimos. Dijimos que sin poder popular real, cualquier gobierno se volvería reaccionario con discurso populista.

—Y así fue. El pueblo votó, creyendo que volvía la esperanza. Y encontró un aparato con nuevas lealtades, pero la misma lógica.

—¿Y vos? —Quiso saber.

—Yo escribo. No formo parte de ese proyecto. No me invitaron, siempre desconfiaron de mi, de vos —aclaré—, y la verdad es que no lo busqué. Estoy ahora más lejos. Más frío. Pero no me fui.

—¿Y alguien escucha ahora?

—A veces. Antes me leía el movimiento. Ahora me lee también la derecha. No sé si eso es bueno o malo. Solo sé que sigo hablando igual.

El otro volvió a mirar la hoja de papel que sostenía en sus manos.

—En 2010 no sabíamos lo que iba a pasar. —Dijo, en un tono reflexivo—. Pero ya lo intuíamos. Sabíamos que no se podía construir una democracia sobre ruinas y pactos.

—Lo sabíamos —dije—. Solo que no sabíamos cuánto dolería comprobarlo.

Desde la ventana entraba la luz del amanecer. No había ningún signo extraordinario. Solo el murmullo leve de una moto lejana, y un perro que ya no ladraba.

El otro parpadeó. Quise decirle algo más, pero la silla ya estaba vacía.

Quedamos solo yo, el teclado encendido, y esa nota vieja en la pantalla, preguntando lo mismo que entonces: ¿Qué tan democrática puede ser la democracia?

Y esa pregunta, que parecía escrita para un momento ya clausurado, volvió a tener filo. Porque esta semana —en este año electoral, en este país en crisis— la democracia vuelve a parecer un decorado endeble.

El conflicto interno en el CNE, la imposición sin respeto de la ley, el uso del “pueblo” como escudo para legitimar decisiones oscuras… todo eso repite la misma lógica que en su día denunciamos: la del poder que se disfraza de causa, el caudillismo que se esconde detrás del mandato popular.

Nada de esto es nuevo. Solo que ahora sucede desde un gobierno que se dice de izquierda, en nombre de una resistencia que ya no resiste.

Y entonces, la pregunta que hice en 2010 ya no es solo una advertencia del pasado. Es un espejo incómodo para el presente. Porque si no se reconoce la pluralidad, si no se escucha la disidencia, si no se garantiza el derecho a cuestionar… lo que queda no es democracia: es su parodia.

Y como en toda parodia, lo que más duele no es el gesto, sino la risa de fondo. Esa que dice que todo esto ya lo vimos. Que todo esto ya se escribió. Que lo sabíamos.

Y aun así, lo dejamos pasar.