Recuerdo todavía el impacto de aquel dato: Cortázar había traducido a Poe. No como un ejercicio menor, sino como un puente monumental entre dos mundos. Imaginé, con una especie de vértigo, a Julio Cortázar encerrado en su departamento parisino, devolviendo al castellano los pasillos húmedos, los sótanos, las catacumbas de Edgar Allan Poe. Era como si dos imaginaciones separadas por un océano y un siglo hubiesen acordado un mismo lenguaje: la respiración oscura de Poe, pasada por la fiebre verbal de Cortázar. Esa conexión me obsesionó durante años.

Hoy, casi por accidente, tropiezo con un objeto que me devuelve a esa obsesión. Alguien ofrece un libro antiguo en internet. No dice “Edgar Allan Poe”, sino “Edgardo Poe”. Me detengo. Me cuesta reconocerlo. Releo dos veces la portada, dudando si se trata de un homónimo o de una impostura. El diseño de la edición me lo confirma: papel amarillento, tipografía roja, viñetas ilustradas, la huella de una época en que los libros querían ser también un espectáculo visual. Y en la primera página aparece un nombre que jamás había escuchado: E. L. de Verneuil, traductor.

Me invade una curiosidad inmediata. Conozco de memoria cómo funcionaban esas editoriales a finales del XIX: prensas apuradas, tiradas masivas, correctores que mutilaban párrafos para acelerar la composición, editores que ponían seudónimos franceses para darle prestigio a traducciones hechas con prisa. Pero este nombre, Verneuil, me resulta nuevo, y a la vez cercano: seguramente ya leí algún texto suyo sin saberlo. Lo desconozco, pero me ha acompañado siempre.

Lo imagino. Un hombre encerrado en un cuarto modesto de Barcelona o de Madrid, rodeado de papeles, diccionarios, cigarros apagados en un vaso de agua. El encargo del día: Dickens, Tolstói, Hoffmann, Poe. El francés como lengua intermedia. No hay tiempo para escrúpulos filológicos, sólo para producir páginas que llegarán a un público ansioso de novedades extranjeras. Su nombre real quizá no aparece en ningún archivo; lo cubre el seudónimo afrancesado que la editorial estampó como sello de prestigio. Pero está ahí, entre las líneas, dejando una huella invisible.

Esa invisibilidad me fascina. Pienso en la diferencia con Cortázar. Julio podía traducir a Poe con calma, con erudición, con la conciencia de que estaba construyendo un canon. Podía darse el lujo de convertir cada palabra en un hallazgo literario. Verneuil no: Verneuil era un obrero. Su misión no era el canon, sino la circulación. Era un obrero de la palabra en una época en que las traducciones eran mercancía, no monumento. Y sin embargo, sin ese obrero, Poe nunca habría llegado a Barcelona, ni a las casas de clase media que compraban los volúmenes de Maucci.

Lo imagino también en la calle. Camina por las Ramblas, pero lo que ve no es la multitud: es el eco de los mundos que traduce. Donde otros ven transeúntes, él ve a los personajes de Dickens; donde otros ven un mercado, él escucha el murmullo de los campesinos rusos de Tolstói; donde otros ven una iglesia, él detecta las sombras góticas de Poe. Es un hombre que ya no mira el mundo directamente, sino filtrado por los autores a los que presta su lengua. Un intermediario perpetuo, incapaz de hablar con voz propia porque su vida es poner en boca ajena el idioma en el que piensa.

En ese gesto anónimo hay una grandeza secreta. Hoy, que la traducción empieza a quedar en manos de algoritmos, pienso que Verneuil representa lo contrario: la traducción como experiencia humana absoluta, como inmersión total en el mundo de otro. Su trabajo no es perfecto, ni lo pretende. No busca exactitud filológica, sino legibilidad, emoción, ritmo. Y así, sin saberlo, su prosa se desliza en la memoria colectiva.

Me gusta pensar que soñaba con ser escritor. Que alguna noche, agotado de traducir capítulos interminables de Dickens, se puso a escribir un cuento propio, quizá con un inicio solemne, quizá con un remate gótico. Pero al día siguiente había que entregar más páginas, y el manuscrito quedó inconcluso. Aun así, en esas páginas nunca publicadas debió de haber una frase suya, auténtica, una línea que nadie leería, pero que tal vez era lo más cercano a su voz personal.

Cortázar, en cambio, sí pudo escribir. Su traducción de Poe convivía con su propia literatura, se retroalimentaba. El traductor y el escritor se fundían en una misma figura. Verneuil nunca pudo. Verneuil se quedó del lado oscuro de la página, en la frontera de los que sólo prestan la voz.

Pero hoy, al ver este volumen con su firma, siento que ese hombre me habla. Que me dice: “también yo fui puente”. No importa si su nombre era inventado o si alguien más —Hervás, quizá— escribió en su lugar. Lo cierto es que ese nombre, impreso en rojo, me detiene, me obliga a recordarlo. En un siglo donde los traductores son desplazados por máquinas, reivindico al traductor invisible que nos abrió el mundo cuando Europa apenas comenzaba a globalizarse.

Pienso en mí mismo frente al libro. El azar que me llevó a él, la sorpresa de leer Edgardo Poe y no reconocerlo al principio. Esa vacilación me convierte en lector de Verneuil, aunque lo ignore. Soy parte de su genealogía secreta. Lo leo en el siglo XXI y lo imagino en el XIX, ambos unidos por un mismo gesto: mirar el mundo a través de las palabras de otro.