En una escena casi cómica, dos cadáveres reanimados discuten sobre ciencia mientras atraviesan las ruinas morales de un país corroído por el autoritarismo. Uno de ellos se llama Herbert West —el mismo que H.P. Lovecraft creó hace más de un siglo como parodia del doctor Frankenstein— y el otro, ahora su socio, es un expolicía hondureño llamado Pacho Galeano, aficionado a las armas, la ideología nazi y las mujeres que huelen a formol. En Reciclar, reusar, reanimar, Dennis Arita no solo revive a los muertos, sino que recicla el horror cósmico para darle un cuerpo centroamericano: uno corrupto, tropical, impune, grotesco.
La novela, publicada por Casasola Editores en 2024, es una rareza en el panorama literario hondureño. No porque experimente con géneros híbridos (ya se ha hecho), ni por la ambición de su estructura episódica (Arita se mueve con soltura en la fragmentación), sino porque se atreve a hablar de Honduras desde las vísceras. Desde el punto exacto donde se cruzan la historia reciente, la violencia estructural y una pulsión necrófila que atraviesa la política nacional. En otras palabras: no hay en esta novela muertos vivientes, sino un país zombi.
La historia comienza en un barco —el Lazarus, nombre cargado de significados bíblicos y clínicos— donde un grupo de personajes excéntricos transporta una carga secreta con rumbo a La Ceiba. Entre ellos están Herbert West, que ha perfeccionado una fórmula para reanimar cadáveres, y su protegido Galeano, que se mueve entre el servilismo y la megalomanía. En la bodega del barco viajan ratas albinas con tumores curados, cajas cerradas con contenido ambiguo, y el eco de un poder oscuro que se intuye pero no se nombra. Desde el inicio, Arita juega con las convenciones del pulp y el horror para construir una alegoría política: la mercancía que Honduras recibe del norte no son solo armas o doctrinas, sino monstruos.
A medida que la trama avanza, la novela se desborda hacia el absurdo lúcido. El presidente Macías —una figura que recuerda al peor rostro del caudillismo centroamericano, con toques de Juan Orlando Hernández y Rafael Leónidas Trujillo— encarga a West y Galeano la creación de un laboratorio secreto para reanimar cadáveres, eliminando así a los enemigos del Estado y reutilizándolos como zombis obedientes. La ciencia, lejos de redimir a los muertos, se convierte en el instrumento más eficiente del poder: ya no se mata para desaparecer, se mata para reciclar.
Y aquí entra una de las ideas centrales de la novela: la muerte no es el final, sino un cambio de función dentro del engranaje político. La sátira de Arita opera desde el lenguaje de la ciencia ficción, pero sus referencias son hondureñas hasta la médula. Hay un tren llamado La Bestia del Sur, trenes clandestinos, mafias paramilitares, niñas asesinadas por un carnicero impune, oficiales militares que repiten frases del Mein Kampf, y un laboratorio que lleva por nombre Ciudad West, enclavado en las montañas del oriente hondureño, como una ZEDE necrótica.
El tono, pese al horror, es muchas veces festivo. Arita domina el humor negro con una eficacia quirúrgica. Las escenas de desmembramientos, experimentos, ejecuciones y persecuciones están narradas con la frialdad burocrática de un memorando de Estado. Lo espeluznante no es el gore, sino la normalidad con la que se administra la violencia. En este sentido, Reciclar podría leerse también como una novela de la posguerra: la guerra ha terminado, pero la maquinaria de exterminio sigue operando, solo que con otro lenguaje, otro código, otra moral.
¿Desde dónde escribe Arita esta novela? Desde la desconfianza. Desde la certeza amarga de que la ficción es el único terreno seguro para decir lo indecible. Hay una corriente soterrada que atraviesa todo el libro: una furia contenida contra la banalidad del mal en versión catracha. La novela no denuncia a los criminales, los muestra; no acusa a los dictadores, los caricaturiza; no explica la corrupción, la deforma hasta hacerla visible en su obscenidad más íntima. Esta mirada, profundamente desencantada, pero no cínica, es lo que le da al texto su peso literario.
Arita no escribe para salvar a nadie. Escribe, más bien, para poner el cadáver sobre la mesa, abrirlo con bisturí, y mostrar que las vísceras de Honduras están aún palpitando, pero sin oxígeno. El país, en esta novela, es un laboratorio fallido: se experimenta con cuerpos, ideologías, drogas, transhumanismo, y ninguna fórmula funciona. Lo único que permanece es la muerte —y la posibilidad de seguir usándola como herramienta política.
En un contexto donde buena parte de la narrativa hondureña aún gira en torno al realismo testimonial, al costumbrismo violento o a la literatura de denuncia, Reciclar representa un giro necesario. No porque niegue la realidad, sino porque la desborda. La traduce al lenguaje del mito moderno, como hizo Carpentier en El reino de este mundo, o Rulfo en Pedro Páramo, pero con la dosis exacta de ironía para no caer en solemnidad.
Esta novela no busca una redención nacional, ni siquiera un lector empático. Busca un testigo. Alguien que reconozca, en el espejo distorsionado del horror, los rostros familiares del poder: un presidente sonriente con las manos llenas de sangre; un científico desquiciado que habla de progreso mientras inyecta cadáveres; un país entero que acepta vivir rodeado de muertos vivientes mientras se repite a sí mismo que todo está bien, que todo es normal, que no hay por qué preocuparse.
Reciclar aporta a la literatura hondureña y centroamericana una estética del exceso, del pastiche lúcido, del delirio con raíces. Es, al mismo tiempo, una novela de aventuras, una sátira política, una reescritura de Lovecraft, una distopía tropical, una elegía sin esperanza. Su mayor valor está en atreverse a imaginar Honduras desde la monstruosidad, no para alejarse de la verdad, sino para tocarla con más precisión.
Al final, Dennis Arita nos entrega una advertencia envuelta en sangre, formol y sarcasmo: los monstruos que nos gobiernan no vienen de otros mundos. Salen de nuestras propias morgues. Y, peor aún, tienen nombre, apellido… y un doctorado en reanimación.
