En 1918 recibí una comunicación del doctor Carías Andino, indicándome que los restos del poeta Juan Ramón Molina serían repatriados al país: “Urge repatriar restos de Molina. Ruégole se haga cargo. M.C.A.”.

Sin dudarlo hice mi viaje y llegué a San Salvador en pocos días.

Allí me recibió el joven escritor Salvador Turcios Ramírez, quien ejercía funciones oficiales del gobierno de Francisco Bertrand en aquel país. La primera cosa que le solicité fue que me llevara a conocer el lugar donde había muerto el poeta.

—Es un lupanar cerca de La Unión —me dijo.

—Sí, yo sé, pero quiero verlo.

Ni siquiera sabía si aún existía aquel lugar. Habían pasado casi diez años y lo más probable es que se hubiera ido con el tiempo. Pero allí estaba, quizá en las mismas deplorables condiciones con que Juan Ramón lo conociera.

Tomamos una mesa en la cantina Estados Unidos, que contrario a lo que creía, hacía referencia a la unión de dos distritos en las afuera de San Salvador. Era un día de mucho calor y el resplandor del sol rebotaba desde la calle.

—¿Sabe usted en qué mesa murió el poeta Molina? —pregunté a la mesera sin mucho protocolo.

—¿Quién?

—Juan Ramón Molina. Venía por acá muy seguido y murió en una de estas mesas —dije.

La mujer me miró por un momento buscando comprender el sentido de mis palabras. Luego pidió permiso para retirarse y buscar a alguien que sí sabría darnos respuesta.

—Se terminó el plazo en el cementerio y sino pagamos lo van a sacar y colocarán sus restos en una fosa común —me dijo el joven Salvador Turcios.

—Eso tengo entendido.

—Es una pena que un hombre de su estatura terminara en un lugar como este y en esas condiciones —me dijo.

—¿Y en qué condiciones cree usted que debió haber terminado su vida?

—No sé, siendo reconocido por su labor literaria, dignamente.

Yo vi las manos finas del joven escritor y comprendí que, aunque venía de la misma ciudad del poeta, no compartían sino el pasaporte.

—Pues supongo que cada quien se muere como puede —dije.

Al rato entró una mujer de unos 35 años. Traía las manos húmedas y el cabello envuelto en una manta azul. Se acercó a nosotros y se presentó.

—¿Ustedes preguntan por el poeta?

—Sí, señora, nosotros.

—¿Y eran amigos de él?

—Yo sí lo era, de toda la vida —dije

—Pues es una pena que hasta ahora aparezcan. Seguro le habría venido bien un poco de amistad cuando estaba vivo —nos reprochó—. ¿Qué quieren saber?

—Quiero saber cómo murió.

La mujer pasó la vista por el pequeño salón, revisando una por una las destartaladas mesas y sillas, como buscando algo familiar en ellas.

—Fue allá —dijo, señalando con la boca a la mesa de la esquina.

—¿Estaba usted con él? —preguntó Salvador Turcios.

La mujer se limitó a asentir con la cabeza sin apartar la vista de la mesa.

—Fue el día de los muertos. Él había estado todo el día hablando de poesía y de filosofía con otros amigos. Parecía feliz. En ese tiempo yo era la mesera de este bar. Él me decía «princesa»: «Venga, princesa, tráigame una copa, venga princesa, deme algo de comer», me decía. La dueña siempre me regañaba por meterme con él. Creo que a ella también le gustaba, pero él me prefería a mí.

—¿Con quién estaba?

—Otros borrachos de por acá y gente de San Salvador. Como era día de muertos, había mucha gente. Estuvo bebiendo todo el día. Al final de la tarde la gente comenzó a marcharse y él se quedó allí.

—¿Usted le dio la morfina? —preguntó Salvador.

La mujer guardó silencio por unos segundos y negó con la cabeza.

—No —dijo—. Eso lo traían de San Salvador. El poeta decía que tenía varios días de no dormir y cuando lo lograba, tenía pesadillas. Duermevela le decía a eso, por eso lo consumía, porque decía que le ayudaba a dormir.

—¿Quién se lo dio? —insistió en la pregunta el joven Salvador.

—No lo sé. Yo vi que se quedó dormido y no quise molestarle. Al terminar de limpiar las mesas antes de cerrar quise despertarlo, pero ya no vivía. Murió así —dijo—, colocando su cabeza sobre nuestra mesa, su brazo izquierdo bajo la frente y su brazo derecho colgando de un costado.

—Yo le quería mucho —comentó entre sollozos—. Era un hombre excepcional, bravo y suave a la vez.

Al salir de aquel bar, vi cómo la mujer tomaba de la mano a una pequeña niña de unos diez años de edad. La niña era delgada y linda, su cabello negro atado en cola y sus ojos verdes. No dije nada, no necesitaba decirlo. La vi y me pareció ver al poeta en su infancia.

Al día siguiente Salvador me llevó al cementerio general, donde se preparaba la exhumación de los restos Juan Ramón. Había unas cinco personas en total, contando a los dos enterradores que sacaban el ataúd del foso.

Llegamos hasta la tumba marcada con el número 1639, que guardó los restos de Juan Ramón por nueve años, cuatro meses y un día. Al abrir la bóveda vimos que el ataúd se había movido de lugar, como intentando escaparse.

—Debió haber sido por el terremoto —dijo un oficial de policía que hacía las veces de juez ejecutor—. Pasa muy seguido que las cajas brincan cuando se mueve la tierra. ¿Lo abrimos?

Yo asentí con la cabeza.

Lograron abrir el ataúd con cierta dificultad. Fue necesario usar una barra de metal para romper el empaque que se había formado con los años. Al crujir las bisagras y abrir la puerta, pude ver el cuerpo intacto del poeta que parecía dormir. Enorme fue mi sorpresa al verlo así, su piel incólume con al paso del tiempo, incorrupto. Fue hasta que entró en contacto con el aire cuando sus restos se desintegraron, 2dejando sólo el esqueleto con bigote, envuelto con un traje gastado y gris.

El oficial tomó el bigote con sumo cuidado y lo colocó primero en la pequeña urna donde el poeta regresaría a casa.

En el viaje, el poeta recibió los honores que nunca tuvo en vida. El primer sitio de arribo fue Amapala, donde el poeta Mario Rivas le dio la bienvenida en nombre de la sociedad portuaria.

Flores y discursos tapizaban el empedrado de la carretera del Sur, la misma que un día fue obligado a construir. Ancianas y niños ofrecían sus honores al hombre que cantaba a los grillos y a las mariposas. Así llegamos a Tegucigalpa, donde se le rindió homenajes durante cinco días con sus noches en el nuevo Teatro Nacional.

Después de las pompas fúnebres y las exequias, trasladamos al poeta al Cementerio General de Comayagüela. En el camino los curiosos se apilaban para ver pasar a un hombre que nunca moriría.

Yo pude ver, en el fondo, allá lejos de la fosa rodeada de altos funcionarios y diplomáticos extranjeros, a los amigos de Molina. No me costó reconocerlos; su corte real, una docena de mendigos y pordioseros que se arrodillaban, llorando, al ver partir al único príncipe que este país pariría.

Brimfield MA, 2 noviembre de 2014.