En 1922, el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo –célebre cronista del modernismo hispanoamericano– publicó una novela insólita dentro de su vasta obra: El evangelio del amor. Ambientada en la Constantinopla medieval, la novela traza el camino espiritual del joven Teófilo Constantino, un noble bizantino desgarrado entre la sed de lo divino y las tentaciones de la carne. Desde sus primeras páginas, Gómez Carrillo nos sumerge en una Bizancio crepuscular, brillante en su pompa pero corroída por la decadencia. Se trata de una Bizancio simbólica, más literaria que histórica, en la que el esplendor imperial convive con una profunda decadencia espiritual. En este escenario se despliega la tensión central de la obra: el misticismo enfrentado al deseo carnal, una dualidad que el autor explora con exuberancia estilística modernista y penetración psicológica.
Bizancio decadentista: misticismo y deseo carnal en El evangelio del amor
La elección de Bizancio como escenario no es casual. En la novela, Constantinopla funciona como un espejo de la decadencia cultural y moral que obsesionaba a los modernistas fin-de-siècle. Gómez Carrillo, sumergido en las corrientes decadentistas europeas, dibuja una ciudad imperial de religiosidad ostentosa y hedonismo crepuscular, donde los rezos conviven con intrigas palaciegas y orgías veladas. Tras sobrevivir a una sangrienta batalla, Teófilo –conde de Tracia, devoto ortodoxo– llega a Constantinopla y se abandona durante dos años a “la vida de pecado” en la corte bizantina, rodeado de placeres mundanos. Harto de esa existencia frívola, desencantado al ver cómo los nobles de la capital “ignoran la destrucción que reina afuera de las murallas” mientras se entregan al lujo y a disputas teológicas estériles, el joven decide huir hacia la fe pura. La narración describe entonces su retiro ascético al remoto Monte Athos –monasterio vedado a las mujeres para eludir tentaciones– donde espera expiar sus excesos y encontrar a Dios.
Este viaje del “cabaret a la Tebaida” –de la orgía a la ermita– está cargado de resonancias decadentes. En su época, críticos como el peruano José Carlos Mariátegui juzgaron que el derrotero que Gómez Carrillo describe en sus libros era más libresco que imaginativo, una suerte de penitencia artificial: Gómez Carrillo partía “de un cabaret a la Tebaida” y regresaba de su viaje literario con “artificiales ‘flores de penitencia’”. Sin embargo, más allá de esa mirada irónica, la novela propone una tesis espiritual audaz: a través del amor humano (carnal) se puede alcanzar a Dios. Teófilo descubre esta verdad al regresar del desierto y contraer matrimonio con Eudosia, una princesa bizantina poco agraciada físicamente pero de profunda devoción. Al principio, él toma a Eudosia casi como un castigo merecido –una penitencia por sus antiguos pecados de lujuria– y ella lo ama con abnegación, sufriendo por la frialdad de él. La convivencia irá transformando a Teófilo: comprende gradualmente que el amor de pareja puede santificarse, que en la entrega sincera a otro ser humano hay una chispa de lo divino. “El amor es un lazo que nos ata a otro ser con un fervor igual al que nos une a Jesús”, afirma el narrador al revelar la epifanía del protagonista. Teófilo concilia así el éxtasis místico con el éxtasis erótico: lejos de ser fuerzas opuestas, la novela sugiere que eros y agapé pueden fundirse en una sola llama espiritual.
Con esta revelación, Teófilo emprende una misión casi quijotesca: predicar su “evangelio del amor” por el Imperio bizantino, desafiando los dogmas oficiales de la Iglesia. La herejía romántica del protagonista –proclamar que el amor carnal lleva a Dios– lo enfrenta con la ortodoxia rígida de Bizancio. En un desenlace de resonancias bíblicas, Teófilo muere mártir de su idea, ejecutado por las mismas fuerzas religiosas a las que interpela. Gómez Carrillo lo envuelve en un aura de santidad poética: al morir, un resplandor nimba la cabeza de Teófilo y quienes lo despreciaban se postran ante sus pies descalzos, reconociendo tardíamente su santidad. La paradoja final es potente: en la Bizancio decadente que servía de símbolo de corrupción espiritual, florece un santo del amor profano, un hombre que une cuerpo y espíritu en su doctrina. De este modo, El evangelio del amor fusiona la estética decadentista –con sus monjes macerados, vírgenes tentadoras y palacios exóticos– con un mensaje místico singular que anticipa visiones contemporáneas más tolerantes: la idea de que lo sagrado puede latir también en los vínculos humanos y en la aceptación gozosa del cuerpo.
Formalmente, la novela despliega el estilo rico y cosmopolita de Gómez Carrillo. Su lenguaje es modernista por naturaleza, de amplio vocabulario y tonalidad lírica, poblado de referencias clásicas y descripciones sensuales. El narrador omnisciente adopta un tono casi de crónica histórica por momentos –con abundantes alusiones a emperadores, cruzadas y concilios–, pero entreteje esas referencias eruditas con pasajes de intensa intimidad psicológica y de ensoñación poética. Hay mini-leyendas insertas en la trama, reflexiones teológicas y citas de los Padres de la Iglesia, lo que da a la obra un barniz culto y exótico. Esta fusión de poesía y prosa narrativa llevó a que El evangelio del amor fuera descrita como “una fusión entre poesía y novela” que cautiva por la profundidad y realismo en los personajes. Aunque los personajes secundarios son más bien arquetipos planos (la esposa devota, el juglar leal, el abad severo), Teófilo está trazado con matices: evoluciona del joven mundano al asceta torturado y finalmente al iluminado por el amor, en un arco espiritual convincente. Esta evolución interior –un via crucis erótico-místico– es el verdadero centro de la novela, más allá de las peripecias históricas que sirven de telón de fondo.
Dentro de la literatura hispanoamericana, El evangelio del amor ocupa un lugar peculiar. Gómez Carrillo, más conocido en su tiempo por sus crónicas viajeras y retratos cosmopolitas, se aventuró pocas veces en la escritura novelística. De hecho, de sus cerca de 87 libros publicados, apenas cuatro son novelas, y nuestro Evangelio fue la última y, según confesión del propio autor, su mejor obra. Es como si toda su experiencia de vida bohemia y erudita confluyera en esta síntesis literaria: Bizancio le permitió al autor volcar tanto su fascinación por la cultura decadente de fin de siglo como sus inquietudes filosófico-religiosas más íntimas. En cierta forma, Gómez Carrillo escribe sobre un monje medieval pero habla de sí mismo –de sus “íntimas melancolías, entusiasmos, amores, ilusiones y pesares”, transparentados a través de la ficción. Así, la novela puede leerse en clave simbólica: Teófilo buscando a Dios en el desierto no deja de evocarnos al propio Gómez Carrillo, exiliado voluntario de su Guatemala natal, errante por los desiertos literarios de Europa en busca de una fe estética que le diese sentido.
Un cronista cosmopolita y el modernismo centroamericano
Para entender la singularidad de El evangelio del amor, conviene enmarcar a Enrique Gómez Carrillo en su contexto. Nacido en 1873 en la Ciudad de Guatemala, fue contemporáneo y amigo del poeta nicaragüense Rubén Darío, padre del modernismo. De hecho, el joven Gómez Carrillo despuntó precozmente como crítico: a los 16 años escandalizó a la “bostezante Guatemala decimonónica” al tildar de aburrido al célebre novelista romántico José Milla. Esa irreverencia anunció su naturaleza iconoclasta. Pronto conectó con Darío, quien en 1890 residía en Guatemala: ambos compartían la ambición de renovar la literatura hispana con aires cosmopolitas. Darío le facilitó al talentoso muchacho un puesto en la prensa y una beca del gobierno; así, en 1891, con apenas 18 años, Gómez Carrillo zarpó rumbo a Europa, de donde prácticamente no volvería jamás. Si Guatemala –provincial y conservadora– se le quedaba pequeña, París sería su patria espiritual.
Instalado en la Ciudad Luz en los años de la Belle Époque, Gómez Carrillo absorbió todas las influencias de moda: el simbolismo de Verlaine, la bohemia de Montmartre, el decadentismo de fin de siglo. Frecuentó tertulias del Barrio Latino, trató con escritores como Paul Verlaine (a quien llamaba el “Fauno”), con Wilde, Jean Moréas, y por supuesto con Rubén Darío cuando éste llegó a París. Muy pronto se convirtió en el mediador cultural por excelencia: sus crónicas enviadas a periódicos de América describían con exquisito talento la vida parisina, las novedades artísticas, los personajes célebres del momento. Los lectores hispanoamericanos, ávidos de imaginar el “Otro” mundo europeo, devoraban esas crónicas. Por eso Ramón Gómez de la Serna lo llamaría el “Príncipe de los cronistas” de habla hispana. Gómez Carrillo representaba la cúspide del cosmopolitismo modernista: un latinoamericano que escribe desde París para todo el continente, ejerciendo de puente entre culturas.
Su “sensibilidad parisina” era tal que Rubén Darío bromeaba con que Gómez Carrillo pensaba en francés y luego se traducía al castellano. En efecto, durante su primera etapa literaria, llegó a repudiar el estilo tradicional español y abrazó completamente los refinamientos del estilo francés. Más adelante, madurado su oficio, reconciliaría su admiración por la elegancia francesa con un renovado aprecio por la riqueza del idioma castellano. Pero siempre permaneció fiel al espíritu modernista: búsqueda de la belleza sensorial, referencias a culturas exóticas, gusto por lo aristocrático y lo raro, y también una sutil rebeldía contra el utilitarismo burgués. Modernismo, decadentismo y bohemia fueron, por así decir, el credo estético de Gómez Carrillo. Su obra crítica y crónica difundió ese credo por Hispanoamérica, contribuyendo a emancipar la literatura latinoamericana de los moldes españoles decimonónicos. Eran los tiempos en que la literatura hispanoamericana comenzaba a separarse de la peninsular; lo directo se imponía sobre lo grandilocuente. Gómez Carrillo fue protagonista de esa emancipación, junto a Darío y otros modernistas.
Sin embargo, resulta llamativo que, a diferencia de Darío –cuyas obras mayores fueron poéticas–, Gómez Carrillo volcó gran parte de su talento en la prosa periodística y memorialística, publicando decenas de libros de viajes, retratos y ensayos. Sus pocas novelas, escritas entre 1898 y 1922, parecen experimentos puntuales. Las primeras (reunidas en Tres novelas inmorales, 1898-1900) capturan la frivolidad bohemia del París finisecular, con personajes decadentes que bien podrían salir de un cuadro de Toulouse-Lautrec. El evangelio del amor, escrita dos décadas más tarde, marca un giro: es su novela más ambiciosa en términos filosóficos y formales, donde canaliza su bagaje cultural acumulado. La concibió durante los años de la Primera Guerra Mundial (1918-22) y la retocó hasta publicarla en 1925. Para entonces, Gómez Carrillo tenía cerca de 50 años, había vivido intensamente –con viajes por toda Europa, Egipto, Japón; tres matrimonios con mujeres destacadas; duelos a espada y pistola con críticos– y seguramente reflexionaba sobre el sentido de su propio peregrinaje vital. No es aventurado leer en Teófilo algo del autor: ambos comparten la búsqueda de redención tras una juventud disipada. De hecho, el escritor dejó dicho que esta novela era su creación predilecta, su obra más personal.
Políticamente, Gómez Carrillo también se mantuvo al margen de su tierra natal. Mientras Guatemala atravesaba gobiernos liberales y dictaduras (él mismo sirvió brevemente como cónsul del régimen de Manuel Estrada Cabrera en París, aunque sin mucha convicción), nuestro autor vivió alejado del mundillo centroamericano. Su Guatemala aparece apenas en sus memorias y con cierta sorna. “Si nací en Guatemala fue por puro accidente”, llegó a decir, declarándose ciudadano del mundo. Esta distancia le permitió forjar una perspectiva internacional, pero también lo alejó de las temáticas locales. Mientras Gómez Carrillo fabulaba sobre monasterios bizantinos o cortes imperiales, en Centroamérica surgían otras voces literarias con preocupaciones distintas. Por ejemplo, en la misma época en que El evangelio del amor veía la luz, otro guatemalteco exiliado, Rafael Arévalo Martínez, exploraba en sus cuentos la psicología criolla y lo fantástico local (“El hombre que parecía un caballo”, 1915). Y unas décadas después, Miguel Ángel Asturias –de una generación siguiente– reencauzaría la literatura guatemalteca hacia sus raíces indígenas y sus problemas sociales, con obras como Leyendas de Guatemala (1930) y El Señor Presidente (1946). La comparación es ilustrativa: Asturias emplea el realismo mágico y la denuncia política para retratar Guatemala, algo muy lejano a la Bizancio de Gómez Carrillo, pero deudor indirecto de la liberación estética que el modernismo inició.
Dentro del modernismo centroamericano, Gómez Carrillo ocupa un sitio paradójico: fue vanguardista en estilo, pero escapista en temática. Donde otros autores centroamericanos eventualmente mirarían hacia su propio paisaje y su gente, él miró hacia Europa y el pasado legendario. Esta evasión deliberada de lo local fue criticada por algunos como falta de compromiso, pero a la vez permitió a Gómez Carrillo elevar las letras centroamericanas a horizontes universales. El evangelio del amor puede leerse como un intento de dar a la novelística hispanoamericana una obra “de ideas” al estilo francés, combinando la erudición histórica con la exploración mística. Su valor dentro del modernismo radica en esa audacia temática y formal. Aunque no tuvo la difusión de otras obras contemporáneas, la novela enriquece el repertorio modernista con un ejemplo de novela simbólica y filosófica, rara avis en una corriente dominada más por la poesía. Es, además, testimonio de la amplitud de miras de un escritor centroamericano capaz de “imaginar el Amor en Constantinopla”, sin por ello dejar de dialogar con las inquietudes universales de su tiempo: la crisis de la fe, la necesidad de trascendencia, el choque entre sensualidad y espíritu.
De la decadencia al desencanto: resonancias en la literatura centroamericana
Las preguntas que plantea El evangelio del amor –sobre la posibilidad de lo sagrado en lo humano, sobre la corrupción del poder religioso, sobre la búsqueda de redención individual– resuenan de modos insospechados en la literatura centroamericana posterior. Un siglo después, Centroamérica ha sido sacudida por convulsiones históricas que cambiaron radicalmente los temas y modos narrativos de sus escritores. Las guerras civiles, las dictaduras, el exilio masivo y la violencia crónica marcaron la segunda mitad del siglo XX en la región, dejando cicatrices profundas en su arte. Es natural que los autores contemporáneos aborden conflictos muy distintos a los que preocupaban a Gómez Carrillo. Sin embargo, algunas constantes temáticas –aunque transformadas– pueden trazarse como un puente entre aquel modernismo decadentista y las letras centroamericanas actuales.
En primer lugar, la dicotomía entre espiritualidad y carne que animaba la novela de Gómez Carrillo encuentra ecos invertidos en la narrativa centroamericana reciente. Si en El evangelio del amor el protagonista buscaba reconciliar a Dios con los sentidos, muchos autores actuales exploran más bien la pérdida o distorsión de lo sagrado en sociedades violentas y secularizadas. Por ejemplo, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa –una de las voces más refinadas de la región– suele retratar en sus novelas un mundo desprovisto de certezas trascendentes, donde la violencia es rutinaria y casi ningún lugar es sagrado. En obras como El material humano (2009), Rey Rosa hurga en los archivos de la represión estatal, exponiendo crímenes atroces sin juicio ni expiación; la única “redención” posible está en la verdad histórica y la memoria, no en la intervención divina. No obstante, Rey Rosa, cosmopolita como Gómez Carrillo (ha vivido en Marruecos, tradujo a Paul Bowles), comparte con aquel una prosa contenida y cosmopolita para abordar temas locales. Su mirada, aunque descreída en lo místico, recupera algo del exotismo oscuro –ahora enfocado en lo indígena, lo marginal, lo sobrenatural inquietante– para reflejar la realidad guatemalteca. En cierto modo, donde Gómez Carrillo ponía ángeles y demonios cristianos, Rey Rosa pone fantasmas del pasado y violencia inexplicable: ambos exploran los límites de lo racional en sus contextos.
El erotismo, por su parte, ha tomado rumbos muy distintos. En la época modernista, el erotismo literario solía ser sugerente, envuelto en velos estéticos o alegorías mitológicas (piénsese en los poemas sensuales de Rubén Darío, o en la propia concepción de Eudosia como “penitencia” amorosa en la novela de Gómez Carrillo). Hoy día, escritoras centroamericanas como la salvadoreña Claudia Hernández o la boliviana Giovanna Rivero (esta última, estrechamente vinculada a la escena centroamericana por temática y afinidad) abordan la sexualidad de manera más descarnada y desde nuevas perspectivas. Hernández, en sus cuentos y novelas, expone la intimidad femenina atravesada por la violencia de la guerra y la pobreza: el cuerpo se convierte en archivo de traumas y, a la vez, en territorio de resistencia. Su prosa seca y directa contrasta con la voluptuosidad modernista: es el lenguaje de una realidad dura donde el placer y el dolor físico a menudo se confunden. En cuanto a Giovanna Rivero, sus relatos exploran un erotismo transgresor y oscuro, mezclando lo fantástico y lo corporal (canibalismo, metamorfosis, sacrilegio) para cuestionar las fronteras entre lo santo y lo profano. En estas autoras, el erotismo ya no busca sublimarse en misticismo como en El evangelio del amor, sino que se presenta como fuerza autónoma, a veces destructiva, a veces liberadora, pero siempre ligada a problemas de identidad, género y poder muy terrenos.
La condición del exilio es otro hilo que conecta a Gómez Carrillo con muchos autores centroamericanos, aunque bajo luces diferentes. Gómez Carrillo fue un exiliado voluntario, movido por inquietud artística; su distancia de Guatemala le brindó la libertad de reinventarse en Europa. En contraste, escritores centroamericanos de fines del siglo XX como el salvadoreño Horacio Castellanos Moya vivieron el exilio como una imposición de la violencia política. Castellanos Moya –quien debió salir de El Salvador tras recibir amenazas por sus escritos satíricos– ha hecho de la expatriación y el desencanto postraumático temas centrales de su obra. En novelas como La diáspora (1989) o Moronga (2018), retrata a personajes salvadoreños errantes en Norteamérica, cargando la “marca indeleble” de la violencia y la pérdida de la patria. Su visión es profundamente cínica: no hay idealismo cosmopolita, sino alienación y memoria dolorosa. Donde Gómez Carrillo veía en París una fiesta, Castellanos Moya ve en el exilio un purgatorio sin redención clara. Y, sin embargo, ambos comparten una lucidez crítica sobre sus sociedades: Castellanos Moya ha denunciado las hipocresías, traumas y absurdos de la posguerra salvadoreña con la misma agudeza con que Gómez Carrillo satirizaba a la “España retórica y fanfarrona” de comienzos del siglo XX. En términos estilísticos, Moya rompe con la ornamentación –su prosa es coloquial, mordaz, anti-retórica–, reflejando otra época. Es el espejo invertido del refinamiento modernista: un lenguaje corrosivo para narrar la cruda desilusión frente a cualquier promesa de redención (sea ésta religiosa o ideológica).
Otro tema que ha cambiado radicalmente es la representación del poder y la historia. En El evangelio del amor, el poder imperial y eclesiástico de Bizancio sirve de trasfondo distante; Gómez Carrillo lo pinta como parte del decorado decadente, sin profundizar en las masas ni en la política concreta (más allá de mencionar cruzadas y conspiraciones históricas a modo de color local). La literatura centroamericana actual, en cambio, suele confrontar el poder de manera frontal: la dictadura, la guerra, la violencia estructural son protagonistas. Un claro ejemplo es Manlio Argueta en Un día en la vida (1980), novela salvadoreña que narra un día bajo la represión militar desde la perspectiva de una campesina –un giro total respecto a la perspectiva aristocrática y masculina de Teófilo–. Asimismo, en Guatemala, Los demonios salvajes (2002) de Arturo Arias revienta el mito de la patria pacífica mostrando la crueldad de la guerra civil. Estos autores ya no pueden permitirse el lujo de ignorar “lo que ocurre tras las murallas”: al contrario, derriban las murallas literarias para dar voz al sufrimiento colectivo. La redención, en estas narrativas, no viene de visiones místicas sino de la justicia terrenal o al menos de la denuncia. Y a menudo ni siquiera hay redención, solo un registro del horror para evitar el olvido.
Pese a estas distancias, algo del legado de Gómez Carrillo pervive en la sensibilidad literaria centroamericana. Su espíritu cosmopolita e iconoclasta abrió camino a la experimentación y a la inserción de Centroamérica en corrientes universales. Autores contemporáneos como Rey Rosa o Castellanos Moya, aunque muy críticos de sus sociedades, también dialogan con tradiciones literarias extranjeras (sea la anglosajona, la japonesa o la centroeuropea). Hay en ellos una continuidad en la búsqueda de formas narrativas nuevas para expresar su realidad. Por ejemplo, Castellanos Moya adopta recursos del thriller o del monólogo bernhardiano; Rey Rosa coquetea con el género policial y el relato kafkiano; Claudia Hernández emplea estructuras fragmentarias casi poéticas. Esta audacia formal bien puede rastrearse hasta la ruptura modernista que promovieron Darío y Gómez Carrillo en su tiempo –cuando “el punto se impuso sobre la coma; lo directo sobre lo grandilocuente” en la prosa hispánica–. Cada época traduce esa audacia a su modo: Gómez Carrillo la canalizó en una prosa impresionista y decadente; los actuales, en experimentación posmoderna o minimalista. Pero la actitud de inconformidad artística es compartida.
En cuanto a la visión del cuerpo y lo sagrado, si Gómez Carrillo proponía reconciliarlos, la literatura centroamericana actual tiende más bien a problematizarlos. La experiencia de la violencia ha sacralizado ciertas memorias (las víctimas de masacres se tratan con reverencia casi religiosa en textos testimoniales), a la vez que ha banalizado la muerte física en la realidad diaria. Esta contradicción se vuelca en obras que combinan lo mítico y lo real: pensemos en Gioconda Belli, poeta y novelista nicaragüense, quien en La mujer habitada (1988) fusiona el espíritu de una indígena ancestral con la lucha revolucionaria presente, entrelazando así lo sagrado (el espíritu, la tierra) con la liberación política y el erotismo de la protagonista. Belli, como mujer de letras y exguerrillera, reimagina la sacralidad desde un punto de vista emancipador y femenino, algo que jamás habría surgido en la Bizancio masculina de Gómez Carrillo. Y sin embargo, incluso allí hay un eco: la idea de que lo sagrado necesita encarnarse en la acción y el amor humanos.
Al final del camino, la Centroamérica literaria de hoy ya no se parece en nada a aquella Constantinopla soñada por Gómez Carrillo. Los “evangelios” que predican sus narradores contemporáneos suelen ser relatos de violencia, memoria y desencanto más que de amor místico. Pero la inquietud por encontrar algún sentido trascendente –sea en la historia, en la identidad o en el propio acto de narrar– sigue vigente. Enrique Gómez Carrillo, con El evangelio del amor, dejó una estela de preguntas más que de respuestas. ¿Puede el arte transmutar la decadencia en belleza? ¿Puede el amor redimir al individuo de la corrupción circundante? ¿Qué le queda de sagrado al mundo cuando los dioses callan? Estas preguntas, formuladas en una novela ambientada hace siete siglos, siguen de otro modo palpitando en las páginas centroamericanas actuales, aunque los dioses hayan sido reemplazados por fantasmas de la guerra y el amor místico por el frágil humanismo de la supervivencia.
Así, El evangelio del amor perdura menos como modelo a imitar –pues difícilmente un escritor actual ambientaría una novela en Bizancio con el candor modernista de Gómez Carrillo– y más como hito histórico y literario que invita a reflexionar sobre la evolución de las letras centroamericanas. De la decadencia sensual de Bizancio a la crudeza postconflicto de San Salvador o Guatemala, hay un largo trecho, pero en ambos extremos asoma la misma búsqueda de comprender la condición humana. Enrique Gómez Carrillo, cronista errante, buscó esa comprensión en los extremos del espíritu y la materia, y legó una obra singular que combina santidad y voluptuosidad. Los autores centroamericanos que le suceden enfrentan otros demonios –la violencia, el exilio, la injusticia–, pero en su afán de darles forma escrita mantienen vivo, quizás sin saberlo, algo del espíritu inquieto e irreverente de aquel modernista que soñó con santos enamorados en la corte de Bizancio.
Fuentes: Gómez Carrillo, El evangelio del amor (Artemis Edinter, 2006); Ó. Estrada, “Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco imaginando el Amor en Constantinopla” (El Blog del Editor, Casasola, 2015) casasolaeditores.wordpress.comcasasolaeditores.wordpress.com; Mario Alberto, “Resumen de El evangelio del amor” (CulturaGuate, 2011) culturaguate.blogspot.comculturaguate.blogspot.com; J.C. Mariátegui, Obras completas marxists.org; N. Haas, “Ficciones que duelen – posconflicto en Centroamérica” (Casasola, 2015) casasolaeditores.wordpress.comjournals.openedition.org; R. Darío, Obras (ed. Mondadori); Horacio Castellanos Moya, Moronga (2018).
