Nunca he sabido bien cómo mirar lo bello sin sentir una punzada de vértigo. No hablo de admirarlo desde lejos, como se contempla un cuadro detrás del vidrio, sino de ese momento crudo en que lo bello se presenta en carne viva: una mujer que camina por la calle sin pedir disculpas por existir, una palabra dicha con una mezcla exacta de timbre y verdad, una mirada que no esquiva, un cuerpo que no tiembla. Algo ahí —en lo que no busca agradar pero brilla— convoca un deseo primitivo, un deseo que no siempre sabe nombrarse sin vergüenza. Y entonces, a veces, se vuelve insoportable.

Porque no basta con verlo. Queremos poseerlo. Hacerlo nuestro. Guardarlo. Tenerlo al alcance de la mano, del control, del nombre. Que no se escape. Que no diga que no.

En el fondo, creo que muchos hombres —yo entre ellos— hemos crecido con la sospecha de que lo bello no nos pertenece. Que no está hecho para nosotros, sino para provocarnos. Que su mera existencia es una forma de amenaza. Como si el mundo nos hubiese dicho: lo bello te roza, te llama, pero no te toca. Y eso hiere. Porque no hemos sido educados para mirar sin apropiarnos, para desear sin devorar.

Desde niños nos enseñan que lo que vale se consigue. Que se gana. Que se toma. Que se hace propio. Y si lo bello está allí —en el cuerpo de una mujer, en su sonrisa que no nos está dirigida, en su risa compartida con otro— entonces aparece la pulsión. No la del amor, sino la del dominio. No la del deseo libre, sino la del miedo disfrazado de conquista.

He sentido eso. Ese impulso idiota y brutal de querer poseer no para disfrutar, sino para aplacar la angustia. Como si la belleza de una mujer —su fuerza, su calma, su derecho a no mirarme— me dijera algo insoportable: que no soy el centro del mundo. Que no tengo poder sobre ella. Que puedo ser invisible.

Y entonces, el deseo se convierte en furia. No siempre visible, no siempre declarada, pero sí activa. Una furia que puede vestirse de sarcasmo, de desprecio, de celos, de control, de violencia. Es el mismo patrón que vemos repetirse desde los mitos hasta los noticieros. Narciso se ahoga en su propio reflejo. Pigmalión sólo ama lo que él mismo esculpe. El amante celoso quema cartas, rompe fotos, grita que ella era suya.

Pero lo bello no pertenece. Lo bello se manifiesta. Está allí. No se posee porque no es un objeto. Y eso nos desarma.

Tal vez por eso, cuando lo bello no se deja poseer, se vuelve insoportable. Porque nos obliga a confrontar nuestra propia carencia. Nuestra orfandad. Nos expone como lo que somos: criaturas que desean sin saber qué hacer con el deseo. Que aman sin saber si tienen el derecho. Que miran sin haber aprendido a mirar sin invadir.

Y sin embargo —lo confieso— estoy aprendiendo. Lentamente. A mirar sin apropiarme. A quedarme en silencio frente a lo que me conmueve. A sentir la belleza no como un trofeo, sino como una herida luminosa. A dejar que el cuerpo de una mujer sea lo que es: un territorio libre, no una promesa incumplida. No una cosa que se me debe. No un espejo para mi ego.

He perdido muchas veces. He deseado mal. He querido tomar donde debía soltar. Pero en medio de esas derrotas —de esas vergüenzas íntimas— algo se rompe y algo se abre. Tal vez la masculinidad no sea un lugar al que se llega, sino un laberinto que se recorre. Donde el gesto más valiente no es conquistar, sino renunciar a conquistar. Dejar de creer que lo bello está allí para servirme. Y empezar a sentir que está allí para enseñarme. Es algo que ha llegado con los años, lo confieso. Hubiera querido poder entenderlo antes, me habría dado mucha paz.

Porque lo bello, cuando no lo tocas, te toca. Cuando no lo agarras, te transforma. Cuando no lo posees, te libera.

Y ese vértigo, al final, es también una forma de amor. Un amor que no exige, que no arrastra, que no encierra. Un amor que apenas mira. Que agradece. Y que, por fin, se atreve a no destruir.