Entre los muchos libros que han llegado a mi casa por caminos que ya no recuerdo con precisión, hay una pequeña colección de revistas heredada de una antigua ministra. La mujer, que había sobrevivido a tres gobiernos, dos golpes institucionales y una cantidad indeterminada de reformas administrativas, decidió jubilarse en 2019. Durante el vaciamiento de su despacho repartió parte de su biblioteca entre amigos, funcionarios y visitantes ocasionales. A mí me correspondieron varias cajas de publicaciones olvidadas, boletines académicos, memorias institucionales y revistas literarias que permanecieron durante años en un cuarto donde suelo acumular aquello que no tengo tiempo de leer.
En junio de este año, buscando unos documentos sobre Copán para un proyecto distinto, abrí una de esas cajas. No recuerdo qué esperaba encontrar. Seguramente alguna edición antigua de la Revista del Archivo y Biblioteca Nacional o algún informe arqueológico. En cambio apareció una publicación de formato extraño, impresa en papel amarillento, sin código editorial visible y sin referencia alguna a imprenta o lugar de publicación. La portada llevaba un único título: Cuadernos del Trópico. Debajo, en caracteres menores, figuraba una fecha: octubre de 1952.
Nunca había oído hablar de esa revista. Tampoco he logrado encontrar referencia alguna a ella.
Durante varias semanas consulté catálogos universitarios, repositorios digitales y bibliografías especializadas. No encontré una sola mención. La revista parece no haber existido nunca.
El volumen contenía apenas cuarenta páginas. La mitad estaban dedicadas a poemas de autores olvidados. Hacia el centro aparecía un ensayo sin firma titulado Los glifos de Stephens. El texto ocupaba diecisiete páginas y estaba precedido por un epígrafe atribuido a un cronista persa del siglo XIII: “Los hombres creen que buscan ciudades; las ciudades son las que buscan hombres”.
No he podido verificar la autenticidad de la cita. Tampoco estoy seguro de que importe.
Lo que sigue es un resumen del ensayo. Digo resumen por modestia. La verdad es que después de varias lecturas ya no sé con certeza dónde terminan las palabras del autor y dónde comienzan mis recuerdos de ellas.
El ensayo comenzaba con una afirmación desconcertante: “La historia de John Lloyd Stephens ha sido contada demasiadas veces y, por esa razón, nunca ha sido contada.”
Seguía una breve reconstrucción biográfica. Stephens aparecía allí como abogado, viajero, diplomático y escritor. El autor despachaba esos datos en apenas unas líneas, como si considerara que pertenecían a la parte menos interesante de su vida. Lo importante ocurría después.
Según el ensayo, el verdadero Stephens nació en Copán.
No el hombre que llegó desde Nueva York en 1839. El otro. El que regresó. El que pasó el resto de sus años intentando comprender algo que había visto entre las ruinas.
El autor sostenía que la historia oficial había cometido un error de perspectiva. Todos repetían que Stephens descubrió Copán. Nadie parecía advertir que Copán había descubierto a Stephens.
En este punto el ensayo se volvía extraño.
El autor afirmaba que las primeras impresiones del explorador eran conocidas. Admiración. Asombro. Curiosidad. Todo eso figuraba en los libros publicados. Lo que no figuraba era otra emoción, más difícil de nombrar y quizá más profunda.
Vergüenza.
Stephens, según el ensayo, sintió vergüenza. No la sintió cuando llegó a Copán, la vergüenza apareció después, cuando comprendió que las piedras hablaban. Y que él no podía entenderlas.
Durante siglos los hombres habían soñado con encontrar bibliotecas perdidas. Los monasterios medievales imaginaban los libros desaparecidos de Alejandría. Los renacentistas perseguían manuscritos griegos olvidados. Los exploradores del siglo XIX cruzaban océanos en busca de ciudades antiguas. Stephens encontró algo mucho más inquietante.
Encontró una biblioteca intacta compuesta por estelas, escalinatas, altares, templos. Miles de páginas de piedra. Miles de líneas escritas. Miles de nombres, fechas, acontecimientos. La historia completa de una civilización estaba desplegada ante sus ojos. Y él era analfabeto.
El ensayo insistía en esta idea con una obstinación casi patológica.
Stephens no encontró ruinas. Encontró libros. Donde nosotros vemos ahora esculturas, él encontró palabras. Donde vemos monumentos, él identificó una conversación. La tragedia consistía en que no podía participar en ella.
El autor citaba entonces una carta que jamás he conseguido localizar en otra parte. Según esa carta, escrita años después de abandonar Centroamérica, Stephens confesaba a un amigo que ninguna de las ciudades visitadas en Egipto o Tierra Santa lo había perseguido tanto como Copán. Las pirámides podían admirarse, decía, los templos podían describirse, pero Copán parecía esconder una intención.
Esa palabra era la que utilizaba: Intención.
Como si las piedras estuvieran tratando de decir algo. Como si detrás de los glifos existiera una voluntad. Como si alguien hubiera esperado durante siglos la llegada de un lector. Y ese lector hubiera resultado incapaz de leer.
El ensayo relataba entonces una historia que juzgué absurda en mi primera lectura y que hoy no me parece imposible.
Durante sus últimos años, Stephens habría desarrollado una obsesión privada por un glifo particular. No por toda la escritura maya que le parecía basta. Por un único signo. Según el autor aquel signo aparecía repetidamente en distintos monumentos. Separado por décadas, por gobernantes, por acontecimientos. Como una palabra recurrente en una novela, una nota repetida en una partitura, un rostro visto muchas veces en un sueño.
El explorador lo copió una y otra vez en cuadernos, en márgenes de cartas, en hojas sueltas. El autor del ensayo afirmaba haber visto algunos de esos papeles. No ofrecía pruebas, claro está. Tampoco parecía interesado en hacerlo. Lo que le interesaba era la sospecha de Stephens.
El explorador comenzó a creer que aquel signo no nombraba una persona ni una ciudad o fecha. Nombraba una idea.
Una idea para la que el inglés carecía de equivalente.
Una idea tan ajena al pensamiento occidental que cualquier traducción la deformaría.
En las páginas finales el ensayo sobre Stephens adquiría un tono casi confesional. Según describía, Stephens envejece mientras Estados Unidos crece. Los ferrocarriles avanzan de costa a costa: el país que lo vio nacer se convierte lentamente en imperio: Texas, California, Panamá. El futuro parece pertenecerles.
Sin embargo, cada vez que Stephens observa los periódicos celebrar el progreso americano recuerda las piedras de Copán. Él recuerda las estelas, los glifos de aquella ciudad cuyos constructores también debieron creer que durarían para siempre.
La última frase del ensayo era la más inquietante. No ofrecía respuesta. Peor aún, cancelaba toda posibilidad de obtenerla.
Decía: “Stephens murió convencido de que los mayas habían escrito algo fundamental sobre el tiempo. Murió convencido también de que jamás sabríamos qué era.”
He buscado durante meses información sobre la revista Cuadernos del Trópico y estoy comenzando a creer que no existe realmente. He buscado referencias al ensayo y tampoco. He buscado los supuestos cuadernos de Stephens y nada. A veces sospecho que la publicación es una falsificación. O un ejercicio literario. O una broma erudita de algún profesor olvidado.
A veces sospecho algo peor. Que el ensayo es auténtico. Y que, del mismo modo que Stephens pasó sus últimos años persiguiendo un glifo indescifrable, yo he comenzado a perseguir un ensayo cuya procedencia nadie puede explicar.
No me tranquiliza advertir que la situación es esencialmente la misma.
Al fin y al cabo, toda investigación histórica consiste en intentar leer mensajes escritos por muertos.
Y algunas veces el verdadero misterio no es lo que dicen esos mensajes. Es la razón por la cual siguen encontrándonos.
