ENTREVISTA A VICTOR MEZA, EXMINISTRO DE GOBERNACIÓN Y JUSTICIA EN EL GOBIERNO DE MANUEL ZELAYA ROSALES. CENTRO DE DOCUMENTACIÓN DE HONDURAS (CEDOH), TEGUCIGALPA, MAYO 2019. PARA EL LIBRO “HÉROES Y VILLANOS DEL GOLPE DE ESTADO”.


«Como toda crisis, el golpe de Estado obedece a factores de carácter estructural y coyuntural. Siendo más amplios, se podría decir que obedece también a una conjunción contradictoria de factores internos y externos, de factores objetivos que son las condiciones materiales de vida de la sociedad y factores subjetivos, en donde, sin duda intervienen las pasiones personales, las opiniones individuales, las simpatías y antipatías, y todas aquellas virtudes y defectos inherentes de la condición humana. La suma de todos estos elementos, en una especie de síntesis laberíntica producen una crisis como la del año 2009.

Siendo más específicos y concretos sobre la naturaleza de la crisis, en el fondo, fue el miedo de las élites a lo que no podían controlar. Esa razón, disparó la conspiración golpista.

De golpe de Estado se comenzó a hablar a los cuatro meses de instalado el gobierno de Manuel Zelaya. Ya en esa época un empresario de origen extranjero le advirtió al presidente sobre posibles conspiraciones de sectores empresariales con determinados militares dentro de las estructuras de las Fuerzas Armadas. Hubo además un momento más adelante en donde el propio comandante del Estado Mayor Conjunto, entre bromas, le habló al Presidente de la posibilidad de un autogolpe de Estado, para bloquear y neutralizar a las fuerzas de oposición nucleadas en las cámaras empresariales, en los medios de comunicación, en los templos religiosos y en los cuarteles militares.

De tal manera que llegó un momento, en que el miedo de las élites a una situación que ya no controlaban totalmente, como habían estado acostumbrados en el pasado, precipitó los acontecimientos del 28 de junio de 2009.

Recuerdo que en esa Semana Santa el Presidente llegó a mi casa en Valle de Ángeles y conversando sobre la situación del país hizo referencia a que la situación estaba confusa. Yo medio en broma, le dije: “sí presidente, está tan confusa, que la derecha cree que estamos haciendo la revolución y la izquierda también; cómo estará de confusa que derecha e izquierda creen que estamos haciendo lo que no estamos haciendo ni podemos hacer”.

El gobierno de Zelaya era un gobierno marcado por una cierta sensibilidad social que emanaba de su conducta personal. Esa preocupación por la solidaridad con los sectores más pobres y desfavorecidos de la sociedad hondureña y una constante rebeldía, casi impertinencia del gobernante frente a las élites empresariales, concentradas en la propiedad de los medios de comunicación y por supuesto, ante un factor muy importante, Estados Unidos, acostumbrados a ejercer un dominio absoluto sobre las decisiones política y la voluntad de los actores involucrados en el manejo y la gestión de países como Honduras; se encontraron de una manera inusual con un actor volátil, incontrolable, impredecible y eso no les gustaba. Y además un actor que se negaba a ciertos lineamientos políticos que Washington consideraba no solamente necesarios sino absolutamente normales, porque esa ha sido la tradición. Hablo concretamente de la política del presidente Zelaya de revisar la fórmula de los combustibles, de la política salarial del régimen, de la política monetaria, la presión para que las instituciones bancarias redujeran las tasas de interés.

Cuando usted comienza a ver este conjunto de medidas, que no tenían coherencia de proyecto político pero sí tenían la novedad de lo insólito, dentro de la tradición política hondureña, cuando ve la conjunción de todos estos elementos en un determinado momento preciso coyuntural, se produce el estallido que se tradujo en los acontecimientos que desembocan en el 28 de junio.

Fue distinto a la crisis del 85, porque en aquella ocasión las Fuerzas Armadas desempeñaron el rol de mediador, de acompañamiento en la búsqueda de una solución negociada. En la crisis del 2009 las FF.AA. no fueron mediadoras, sino actoras al servicio de los empresarios, actuaron como una institución mercenaria.

En segundo lugar, la crisis del 85 se produce en el marco de un bipartidismo fuerte, todavía consolidado. En cambio la crisis del 2009 se produce en el marco de un proceso ya agónico del bipartidismo político tradicional.

Un tercer elemento, la crisis del 85 tiene actores definidos y resumidos: Partido Liberal, Partido Nacional, Fuerzas Armadas. La crisis del 2009 tiene muchos actores más. De 1985 al 2009 pasó el huracán Mitch que alteró las relaciones sociales y políticas en el escenario hondureño, por lo tanto eran otros actores, otros intereses y otro tipo de presión.

Hubo momentos en donde se había alcanzado un punto de acuerdo en la crisis y siempre aparecían personajes, representantes de algunos sectores quienes a última hora, echaban a perder los acuerdos logrados. Podría mencionarle algunos ejemplos de eso, en donde un sábado se había logrado un acuerdo y el domingo se destruía, para desconcierto de algunos actores que habían funcionado como mediadores, incluyendo la propia Embajada Americana.

La Embajada no organizó el golpe de Estado, eso es un mito. Si lo hubiera organizado lo habría hecho mejor, eso fue una chapucería lo que hicieron. ¿Qué ganaba la Embajada Americana con un golpe de Estado contra un gobierno que terminaba en seis meses?, absolutamente nada. Eso fue el resultado del pánico incontrolable, miedo insuperable, como dicen en Derecho Penal, de las élites empresariales, políticas, religiosas y militares de Honduras. Los norteamericanos no organizaron el golpe de Estado, pero lo aprovecharon, que es distinto. Mucha gente confunde el aprovechamiento con la organización conspirativa del golpe. Eso no fue así y tengo centenares de pruebas para demostrar esto que digo.

El 1 de septiembre de 2009 visité al entonces candidato Porfirio Lobo por instrucciones del presidente Manuel Zelaya. El objetivo de la visita era proponerle a Lobo que denunciara el golpe de Estado y que demandara la restitución del presidente. A cambio de eso se le prometía no impugnar las elecciones de noviembre de ese año y ayudarlo a recomponer el tejido de las relaciones internacionales que había quedado rotas luego del golpe de Estado.

El candidato Lobo me escuchó atentamente, recuerdo que fue en su casa a las 8 de la mañana, me dijo: “esa recomendación que me hace es la misma que me hizo mi asesor internacional hace algunos días”. Bien —le dije—, entonces me responderá lo mismo que le dijo a él. “Sí —me dijo—, no es mala idea pero no puedo, porque si lo hago las iglesias me condenan”.

Recuerdo que le dije: pero Pepe, por favor, todas las encuestan indican cómo ha caído al suelo el prestigio de las iglesias después del golpe de Estado.

“No —respondió—, estás equivocado. El poder de la iglesia es muy grande, lo pude comprobar en la elección pasada cuando mi propuesta de pena de muerte condujo a una total oposición del mundo religioso, y se tradujo en una clara derrota”.

Allí comprendí, que de alguna manera el expresidente Porfirio Lobo vive bajo la sombra de un síndrome religioso, de creer que su derrota electoral de 2005 se debe a la influencia contraria que recibió por parte de las iglesias para su candidatura. No se pudo llegar a ningún acuerdo.

Se produjeron otras propuestas, algunas casi estrafalarias, incluso por parte del propio Micheletti, algunas por parte de la resistencia hacia los militares. Era una especie de aquelarre de propuestas y contrapropuesta que demostraba que no había una línea clara de negociación. Todos sabían qué querían, pero no sabían cómo lograrlo.

Para Micheletti el objetivo era permanecer en el poder tanto tiempo como le fuera posible. No podía anular las elecciones pero podía cuestionarlas de tal manera que se volvieran tan dudosas que permitieran la convocatoria de una constituyente mientras seguía en la presidencia. Era un enfermo del cargo. Sí se contempló la constituyente por parte del gobierno de Micheletti como una salida posible, porque la crisis parecía no tener solución por cuanto el usurpador quería seguir allí, y hacía todo lo posible por bloquear cualquier tipo de negociación.

Los norteamericanos no querían que siguiera Micheletti, era un aliado no solo incómodo, impresentable desde todo punto de vista. Estuvo a punto de ser acusado por el Fiscal General de Costa Rica cuando llegó allá armado. Costa Rica estuvo a punto de iniciar un procedimiento fiscal contra él, imitando un poco las acciones del Juez español Baltazar Garzón en el caso de Pinochet; fue la intervención de Óscar Arias, que no quería que se le estropeara su espectáculo, que impidió que eso sucediera.

Lo cierto es que había una confluencia de actores y la única fuerza que sobresalía con objetivos específicos era la Embajada Americana, que decía que el objetivo era que se celebren las elecciones en noviembre (de 2009) “a como de lugar”. Eso explica por qué, fracasadas las negociaciones en Costa Rica recobraron fuerza en Tegucigalpa. Micheletti firmó el acuerdo Guaymuras, solo bajo la presión de la Embajada.

Yo siento, que las personas que apoyábamos la idea de una Cuarta Urna, no coincidíamos todas en los mismos objetivos, en los tiempos, en las necesidades y en las posibilidades objetivas del proyecto. Para algunos, posiblemente los menos racionales, la Cuarta Urna era la posibilidad de una prolongación en el ejercicio del poder, de un continuismo disfrazado de respaldo popular. Eso podía ser un sueño, pero no podía ser una realidad. Si usted ve todos los factores internos institucionales eran adversos al gobierno, el congreso estaba en contra de Zelaya, La Corte, el Ministerio Público, la Procuraduría, los militares. ¿Con qué aliados institucionales se podía echar a andar un proyecto continuista? Pero había quienes lo contemplaban quizás obedeciendo más a los deseos, que a la razón.

Luego habían otras personas que decían que la Cuarta Urna era una manera de poner a prueba la correlación de fuerza con los adversarios en el seno, no del parlamento, sino en el seno de la sociedad. “Con un respaldo masivo de la Cuarta Urna estaremos en una mejor capacidad de negociar con el legislativo una salida a la crisis”, pensaban. Eso podía ser posible pero era una manera de buscarse un problema para resolver otro.

Había quienes, quizá con mayor sensatez pero con menos adeptos, asumíamos que la Cuarta Urna era una manera de enviar un mensaje al parlamento de que había que cambiar la estructura jurídica del estado hondureño, que la estructura sobre la que se había construido en 1982, se había vuelto obsoleta, porque el escenario social, sobre todo después del huracán Mitch había cambiado.

El país era otro, su correlación hasta demográfica había cambiado, el fenómeno de la migración, el creciente desafío de la seguridad, el crimen organizado, el surgimiento de las pandillas. El país requería ya no cambios, sino una nueva arquitectura jurídica.

Y allí se dividía esa tercera facción, entre los que decían, hay que cambiar la constitución y los que decían hay que hacer una nueva constitución, pero hacer una nueva constitución significaba hacer una Asamblea Nacional Constituyente.

Por eso el proyecto de la Cuarta Urna era votar a favor o en contra de una constituyente para hacer una nueva constitución. ¿Pero, quién debía aprobar eso? El Congreso Nacional, solamente. O sea que el proyecto de la Cuarta Urna no era una amenaza a la institucionalidad, era como un aldabonazo a las puertas del legislativo para decir: “señores legisladores, lean, hagan la lectura correcta de lo que la sociedad quiere y procedan, ustedes son los llamados a hacer las leyes”.

No tenía ningún elemento de peligro. Claro, había una cierta estridencia verbal, de algunos personajes y personajillos, de una izquierda estalinista ya superada, que hubieran preferido que no fuera junio sino octubre, para hacer la revolución bolchevique… hay que poner los pies sobre la tierra, usted puede cultivar las utopías pero no puede vivir solo de ellas, porque pueden terminar en Etiopías.

En esas circunstancias, el pánico de la oligarquía, la desesperación de los grupos empresariales, la constante campaña de los medios de comunicación, la presión de los norteamericanos y la desesperación de los militares por no verse involucrados en aquel torbellino, luego la insistencia del presidente Zelaya de que los militares debían incorporarse en la distribución de las urnas fue forzando en la dinámica de los acontecimientos y culminó en la destitución de la cúpula militar. La destitución significó enfrentarte a los militares sin estar preparado para ello. El error no fue destituirlos, el error fue no tener el relevo inmediato; esto significaba dejarlos prisioneros a todos en la misma casa presidencial la noche que se les destituyó por rebelión e insubordinación frente al comandante en jefe que es el Presidente de la República.

Se les permitió salir y reagruparse de una manera apresurada. Es más, se les mandó a pedir en la madrugada que reconsideraran su renuncia, lo que fue otro error porque significó debilidad.

Cuando ellos (los militares) recibieron al mensajero con la petición de que reconsideren su renuncia, se sintieron fortalecidos y lanzaron esa aventura chapucera que no les servía para nada ni para engañar a nadie, con cartas falsificadas, con vuelos indecisos porque no sabían a donde llevarle. Todo eso fue una chapucería, como conspiradores nuestros militares son estrategas de la derrota.

En esas circunstancias se produce el golpe, y la primera reacción de la gente, que por primera vez se empezaba a sentirse incluida en las discusiones, era de participar, de cuestionar a los ministros, particularmente a los de obras públicas, de educación y de finanzas. Ese deseo de la gente de decidir a dónde poner la llave de agua, si se pone aquí o más allá, decidir ellos, no Tegucigalpa, eso generaba una especie de agitación social espontánea, sobre todo en el campo y luego en la ciudad.

Yo recuerdo que un día, subiendo al segundo piso de Casa Presidencial, después de una manifestación multitudinaria a la que Mel Zelaya estaba arengando a la población, me encontré a un señor sentado en las gradas acariciando la pared, tocándola, me llamó la atención y le pregunté qué pasaba, pensé que estaba impedido de subir las gradas.

“Sabe usted —me dijo—, que yo pinté esta pared y nunca había tenido la oportunidad de tocarla”.

Eso, que parece muy simple, refleja un cambio profundo en la actitud de la gente hacia el poder. Ya el poder no es eso abstracto y lejano sino perceptible, inmediato, palpable. Y eso, aunque parezca mentira, es un cambio en el imaginario colectivo que le generó miedo a los sectores privilegiados, acostumbrados a la pasividad de la gente.

Cuando las élites empezaron a comprobar que la gente estaba empezando a sentirse como sujetos históricos y no simplemente objetos de proselitismo electoral, se asustaron. Eso, ni los mismos partidarios lo captaron, no se dieron cuenta que la idea del Poder Ciudadano enrolaba algo más grande política, social y culturalmente, que la simple militancia del partido liberal.

El fantasma del golpe volaba sobre el gobierno del Poder Ciudadano desde los primeros meses de su instalación. Desde el primer semestre del gobierno de Zelaya ya él había recibido advertencias de conspiraciones entre sectores empresariales y militares hondureños. Más adelante recibió otras advertencias. Por lo tanto, al momento de la crisis, recibir advertencias de golpe de Estado era lo más normal del mundo.

Creo que fue el sábado o el viernes, cuando Zelaya estaba en el consejo de Ministros saludando a los invitados que habían venido como observadores, alguien se le acercó y le entregó un papel que decía: “Usted será secuestrado en horas de la madrugada y llevado al exterior”, pero Mel se limitó a decir: “Ve, me están amenazando de secuestro”, porque todo eso era usual.

De tal manera que sería muy atrevido de mi parte y muy subjetivo especular, si Mel creyó o no creyó en la amenaza de golpe. Cuando usted vive bajo la amenaza de un golpe de Estado, que le digan que habrá uno, es una noticia más. Y como dicen en Honduras la mejor manera de guardar un secreto es contarlo.

Cuando el 28 de junio yo estaba preparado para ello porque tenía información suficiente para creer que algo estaba pasando en las barracas militares. Yo había tomado consciencia que las situación se iba a descomponer cada vez más desde la asamblea de cancilleres que tuvo la OEA en San Pedro Sula el 3 de junio, en donde se percibió un nivel de crispación supuestamente ideológico de las discrepancias y avenencias. Recuerdo que terminó la asamblea y regresé a Tegucigalpa acompañado con el entonces Ministro de Defensa. Me dirigí a mi oficina y comencé a sacar documentos personales que yo consideraba no debían quedar en manos de posibles intrusos en esa oficina. De tal manera que el día del golpe, como mi oficina está a cien metros de la casa del presidente Zelaya, es evidente que los vecinos me avisaron de inmediato, eso me permitió trasladarme a las oficinas del ministerio, donde ni siquiera los vigilantes se habían enterado que había un golpe de Estado, abro la caja fuerte, saco mi pasaporte, mi tarjeta personal de crédito y dejo abierta la caja fuerte para que no la rompieran los golpistas en virtud que la caja fuerte solo se abría con la huella digital; me trasladé a una casa de seguridad previamente seleccionada, yo no soy novicio en esto, traigo una larga experiencia de clandestinidad, para mí no es nada nuevo tener sitios de seguridad y allí me dediqué a esperar y pensar cuánto iba a retroceder Honduras con todo esto.

Recuerdo que al cuarto día, al ver que el golpe no tomaba la dirección tan radical (a la chilena) como se pensó en un inicio y que tenía otras características, salí de la ciudad. Conduciendo en el auto, llevaba en el asiento delantero del pasajero un libro sobre Hugo Chávez, El poder y el delirio de Enrique Krauze, es un libro crítico de la revolución bolivariana, en la portada tiene la fotografía de Chávez. En un recodo del camino me topé con un retén policial-militar y yo automáticamente volteé el libro para esconder la foto de la portada. Se acercó un policía que me reconoció, seguramente un policía poco informado y me dijo: “Ministro cómo es posible que vaya usted solo, si quiere lo escoltamos para dónde vaya”, yo comprendí que ese era el nivel de despiste también. Le dije que no hacía falta y continué, un kilometro más adelante me puse a pensar que era la primera vez en más de 30 años que escondía, otra vez, lo que estaba leyendo, como en los años ochenta y comprendí con tristeza y furia contenida, cuánto habíamos retrocedido en menos de una semana en términos históricos de proceso social, de avance cultural, de tolerancia, de permisividad política y quienes eran los culpables, qué precio iba a pagar Honduras por estos terrible errores y retrocesos bruscos en la historia.

Hay una situación entre legal y práctica que me obliga a formar parte de las mesas de negociación después del golpe. Según la ley, si el presidente no está, ni el vicepresidente, quien preside el consejo de ministros es el ministro de Gobernación. Y como el mundo entero, con excepción de dos o tres países no reconocían a los golpistas —reconocían al gobierno golpeado—, el interlocutor con estas personas era de alguna manera, yo. Eso me daba un protagonismo quizás no deseado pero inevitable. Opté entonces para reunir al gabinete derrocado.

Tuvimos un par de reuniones muy discretas en las afueras de Tegucigalpa y luego tomé la decisión de que las reuniones se hicieran aquí (en las oficinas del CEDOH) e invité a la prensa extranjera como un desafío al régimen y como una muestra de que estábamos vivos institucionalmente, que existíamos y por lo tanto éramos interlocutores válidos en cualquier solución negociada.

Así fue como cuando se decidió iniciar las negociaciones en Tegucigalpa con el acompañamiento de la OEA, el presidente Zelaya, ya refugiado en la Embajada de Brasil, optó por nombrarme encargado de las negociaciones, junto al abogado Rodil Rivera y la abogada Mayra Mejía, que había sido ministra del trabajo.

Era una negociación difícil, extenuante y muchas veces desesperante. Del lado de los golpistas estaban, el inevitable, Arturo Corrales, estaba Vilma Morales y para sorpresa mía, un abogado liberal llamado Armando Aguilar, que había sido un colaborador muy estrecho del presidente Carlos Reina en su gobierno y miembro del directorio del Banco Central en el gobierno del Poder Ciudadano.

Comenzaron las negociaciones el 7 de octubre, tratando siempre de mantenerlas con la cortesía y elegancia necesaria, aunque a veces eso no era posible.

Se avanzó el primer día en dos puntos, definir una agenda y definir un protocolo de manejo de la reunión, de tal manera que hoy presidía uno nuestro, al día siguiente uno de ellos y así, tratar de respetarnos.

En esa primera reunión, recuerdo que fue un viernes, comenzó a las 4 de la tarde y al terminar uno de los golpistas dijo: “bueno, nos vemos hasta el martes”, porque el lunes era feriado. Allí me di cuenta que el objetivo (de ellos) era ganar tiempo. Yo le dije que no, que las negociaciones se terminaban el 15 de octubre y si para entonces no había un acuerdo se rompía el diálogo. Allí comenzó ya la pelea, luego en el cambio de agenda, habíamos logrado una agenda muy favorable para nosotros, la habían aceptado ellos, pero luego Corrales recibió una llamada y volvía a la mesa a querer cambiar la agenda. Evidentemente a ellos los estaban dirigiendo desde afuera.

El segundo día se acordó algo que no voy a olvidar nunca. Yo le había preguntado a Zelaya ¿qué posición mantenemos ante la amnistía?, bueno, me dijo Zelaya, así con esa franqueza, con esa lógica elemental que tienen los hechos. “La amnistía la necesitan los delincuentes y nosotros no somos delincuentes sino las víctimas, por lo tanto, la amnistía para nosotros ni siquiera debe figurar en la agenda”. Era correcto.

Por tanto, cuando se presenta el tema de la amnistía en la mesa, ellos preguntan que qué pensamos, “nosotros no la necesitamos, quienes la ocupan son ustedes”, les dije. “Nosotros no la necesitamos”, dijo Corrales. “Ah bueno —dije—, entonces saquémola del temario” y la sacamos del temario.

Eso provocó la furia de los militares, y esa noche fue una de las peores noches frente a la embajada de Brasil, cuando por órdenes Romeo, este caballero que se precia de muy digno, contingentes militares marcharon toda la noche cantando y pronunciando palabras soeces contra el presidente Zelaya. Esa fue su respuesta ante la decisión de eliminar la amnistía, y aún así, se eliminó. Después, contaba el Embajador Americano, que ese era uno de sus objetivos principales, cada vez que buscaban el auxilio de la embajada, que era humillantemente frecuente, introducían el tema de la amnistía; al final lograron su objetivo, salieron absueltos por una corte espuria.

Las negociaciones avanzaban despacio. Eran doce puntos, y ya habíamos avanzado en tres, el cuarto era crear que el próximo gobierno fuera de conciliación nacional.

El objetivo era dejarle amarradas las manos al próximo gobierno, que por supuesto sabíamos iba a ser del Partido Nacional. Pepe Lobo entendió conciliación como repartición y repartió el gobierno entre los partidos pequeños que le hicieron comparsa. Eso no es conciliación ni es integración, que es lo que dicta el texto constitucional.

Fuimos avanzando en el acuerdo dejando por último el punto clave que era la restitución presidencial. Cuando llegamos a ese punto, la negociación se trabó. Llegamos al 15 de octubre y nos retiramos porque ese era el acuerdo. Entonces entró en juego la presión norteamericana.

Los norteamericanos presionaron a Micheletti. Primero comenzaron a quitar visas. Hubo una reunión de urgencia en Casa Presidencial porque corrió el rumor de que habíamos llegado a un acuerdo y que al día siguiente se iba a informar sobre el texto del acuerdo. No era totalmente cierto, no habíamos llegado a un acuerdo total pero se había avanzado bastante en ese punto. Grupos de empresarios llegaron a casa presidencial a reclamar a Micheletti qué era lo que estaba haciendo. Los norteamericanos filmaron las placas de todos los carros que estaban estacionados frente y adentro de casa presidencial y aumentaron su lista de cancelación de visas.

Venían los delegados norteamericanos, Thomas Shannon y otros, a presionar. Ellos lo que querían era que se llegara a un acuerdo que permitiera las elecciones, porque sabían que con elecciones Micheletti tenía que salir.

Para los americanos lo más incómodo era la presencia de Micheletti, porque era impresentable y había sido además condenado públicamente por ellos.

Cuando llegó el 28 de octubre vino Shannon y todo el equipo del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado encabezado por Dan Restrepo, que era el asesor de Seguridad de Obama en ese momento, venía también Valenzuela, que iba a ser el sustituto de Thomas Shannon al frente del Hemisferio Occidental. Se reunieron con Micheletti y ejercieron una presión tan grande, que al día siguiente, sábado 30 de octubre, ellos, los negociadores de Micheletti, comenzaron a llamarnos desesperados para que nos reuniéramos.

Aquello me llamó la atención, luego supimos que hubo amenazas muy fuertes, confiscaciones de bienes, cierre de cuentas bancarias, incluso quitarle la certificación a Puerto Cortes, presiones que Micheletti no pudo resistir y se firmó el acuerdo dejándolo en manos de el Congreso Nacional.

Para ese momento ya habíamos cambiado los objetivos de las negociaciones.

Cuando iniciamos el objetivo era restituir a Zelaya, al terminar ya no era ese el objetivo sino revertir el golpe. Cuando faltaba una semana para las elecciones Zelaya me dijo, qué sentido tenía que lo restituyeran, “¿para ir a entregar la banda presidencial al nuevo presidente?”, y tenía razón.

“Tiene más sentido simbólico y político cumplir mi período dentro de una embajada extranjera”, dijo y fue correcto, fue una decisión correcta. Que no se le podía decir abiertamente al público porque la gente estaba en la calle peleando, pero el objetivo era revertir el golpe.

Revertir el golpe tiene un reto y es Micheletti, sacarlo de casa presidencial. Recuerdo que entre los negociadores habían apuestas de si salía o no salía antes del 24 de diciembre, antes del 31. En una reunión que tuvo el embajador Llorens con el presidente Zelaya, previo a salir de viaje el Embajador para unas vacaciones de fin de año, le dijo a Zelaya, “antes de tal fecha usted estará afuera de esta embajada, se lo aseguro”.

Nosotros que estábamos allí, nos preguntamos si creíamos en la palabra de Llorens. Al final se concertó hasta una apuesta de si creíamos o no en la palabra del embajador Llorens. Zelaya dijo que sí, pero no en la fecha que había dicho.

“¿Qué apostas?”, preguntó Zelaya. “Un novillo”, dijo alguien, hubo otro que dijo “yo me sumo a la apuesta” y Zelaya dijo “con éste sí apuesto porque este si tiene con qué pagarme el novillo, con vos no porque no tenés con qué pagarme”, dijo. Me reservo los nombres de los involucrados.

Micheletti salió una semana antes (del 27 de enero de 2010), fingiendo o sufriendo una enfermedad, pero salió. Estuvo allí hasta el último momento por orgullo personal, más que orgullo por una vanidad pueblerina. Sale, Pepe llega y allí, surge algo que vale la pena contar.

El acuerdo fracasó a los dos días. Se firmó el 31 de octubre, había allí un punto que decía que para el 5 de noviembre debía haber un nuevo gobierno provisional, que estaría integrado por gente de los golpistas y por gente del gobierno derrocado, solo para preparar cosas formales para entregar al siguiente gobierno. Ese era el objetivo.

Viene Pineda Ponce y junto a Micheletti envían una carta a Mel en donde le dicen que proponga los diez nombres para ellos escoger quiénes van a formar parte del gobierno. Ese no era el acuerdo.

Entonces, recuerdo que Mel indignado, como a las once de la noche me llamó y me preguntó consejo y allí concluimos que eso era la ruptura del acuerdo.

Se había creado un comité de verificación en donde estaba Jorge Arturo Reina, que se trajo de Nueva York, Laura Solís, que era la ministra de Trabajo de los Estados Unidos y de los golpistas estaba Arturo Corrales.

Nosotros habíamos propuesto a Ricardo Lagos, expresidente Chileno, que había manifestado molestia porque el texto del acuerdo se lo habían dado en el aeropuerto.

La reunión se hizo en la suit presidencial del Marriot, nosotros (Rodil, Mayra y yo), habíamos tomado una suit paralela para asesorar a Jorge Arturo que no estaba muy al tanto de algunos detalles. Pero al momento de iniciar la reunión Arturo Corrales no aparece, se le empieza a buscar y buscar y no aparece, nunca apareció. Lagos se sintió ofendido porque todo eso era una manera de boicotear el acuerdo.

Por eso a quienes me dicen que el acuerdo no sirve les digo que no lo conocen. El acuerdo servía para el objetivos que nos habíamos fijado, revertir el golpe de Estado y desmantelar a los golpistas. Por eso ellos lo boicotean de la forma como lo hicieron.

Luego vienen las elecciones, que Pepe suele decir que son las más votadas de la historia, y yo le agrego que también las menos concurridas porque el índice de abstencionismo en las elecciones de 2009 fue superior al 63%. De tal manera que el nivel de representatividad de aquel gobierno, que debió ser un gobierno de transición y no lo fue, fue un gobierno muy frágil. El déficit de representación del gobierno de Pepe Lobo solo es comparable con el déficit de legitimidad del gobierno actual de Juan Orlando Hernandez.

Recuerdo que el embajador había dicho “si la banda presidencial de Pepe Lobo se la pone Micheletti, eso equivale a que le den un beso envenenado al nuevo gobierno”. En ese momento, alguien le dice al Embajador Americano: “¿ya tienen ustedes la banda presidencial que le van a poner a Pepe Lobo?”.

“¿Y es que hay una banda presidencial?”, preguntó el embajador. Un colega nuestro, con ganas de bromear, sin duda, le dijo que había una banda presidencial, “es especial, histórica y esa la tiene Mel Zelaya”, dijo. “¿Cómo van a hacer ustedes para convencer a Mel que les preste la banda para condecorar a Pepe?”.

Aquello fue un conflicto institucional hasta que al fin se le dijo que la banda se podía volver a hacer e inmediatamente mandaron el carro de la Embajada para que fuera a traer a la señora y fabricara una banda igual a la que tenía Mel.

¿Qué produjo todo esto? Produjo algo formidable, produjo la Resistencia.

Para mí el fenómeno político y social más importante de la era post golpe es la resistencia. Ese movimiento masivo, plural, antidogmático, con ese altísimo nivel de espontaneidad, de creatividad que se dio en la nación. Por primera vez vi a los intelectuales sumados a un movimiento de protesta. Nunca habían estado, con excepción de Pompeyo del Valle, nunca hubo un intelectual preso en todo el siglo XX en este país, por sus ideas, por su sacrificio ideológico, solo él.

Ese movimiento que iba creciendo, que tiene una virtud, que es su pluralismo, tiene un defecto, que es su liderazgo. Es un movimiento con características de movimientos del siglo XXI, pero con un liderazgo de la guerra fría del siglo XX.

Ese liderazgo, de buena fe, se convierte gradualmente en una camisa de fuerza que va conteniendo la expansión social del otro movimiento, del plural, del amplio, del imaginativo y lo va asfixiando, lejos de darle vida. Es un proceso gradual, que no se percibe, pero cuyas consecuencias las veremos a mediano y largo plazo».