No sé si fue la luz oblicua que entraba por la ventana o el polvo suspendido sobre los estantes lo que me hizo pensar que aquel cuarto de mi padre era un mausoleo. Había silencio, un olor a papel viejo y café tibio, y en la repisa más alta, un retrato que no reconocí de inmediato. Me miraba desde el marco de madera oscura un hombre de frente amplia y mirada severa, con una barba espesa y blanca como espuma detenida en el tiempo. Su rostro, ligeramente difuminado por la textura del papel, tenía ese gesto adusto que uno ve en las estatuas de bronce, y vestía una levita negra que parecía más antigua que la república. “Ese es don Ponciano”, dijo mi padre sin girar la cabeza, como quien señala una grieta en la pared. Yo tenía catorce años. Era la primera vez que lo visitaba. Se había ido de San Pedro Sula años atrás, llevando a cuestas una esposa joven y un hijo pequeño que también se llamaba como yo, buscando —quizás sin saberlo— las raíces que lo llamaban de regreso a Santa Cruz de Yojoa, el pueblo de sus ancestros. Allí, entre ceibas centenarias y casas de adobe, había muerto el viejo Ponciano. Allí creció su estirpe. Y aún hoy, cuando camino por esas calles hondas de polvo rojo y sombra densa, me cruzo con hombres que me devuelven la mirada como si reconocieran en mí un gesto olvidado. Hay algo en sus pasos lentos, en la curva de sus espaldas, en la tristeza heredada de los ojos, que me hace pensar que la sangre deja rastros más persistentes que los apellidos.

Había dignidad en la pobreza de mi padre. No había resentimiento, solo cierta obstinación en mantener el orden de las cosas. Su mesa siempre limpia, sus libros apilados, la radio encendida a bajo volumen con noticias que ya no parecían importarle. Y ese retrato, ese rostro en sepia que él cuidaba como si aún hubiera algo que heredar. Me habló de él con orgullo, como si lo conociera. “Don Ponciano era un hombre de palabra, y de silencio también. En su tiempo no robaban como ahora. Cuando era presidente, a veces no le pagaban, y su esposa le escribía cartas diciéndole que dejara la política, que eso era una pérdida de tiempo.”

Me quedé mirando el retrato como si esperara una confirmación: la frente ancha, los ojos firmes, el gesto tenso de quien carga algo más que un país. Mi padre lo decía sin grandilocuencia. Como quien enuncia una verdad privada que no necesita ser probada. Y fue ahí, en esa tarde espesa, donde supe que también descendíamos del cura Modesto Chacón, aquel otro ancestro de verbo grave y sotana ceñida que, según contaba mi padre, hablaba con las manos a la espalda como si caminara entre tumbas.

No entendí entonces la escena que me describía mi padre. Un presidente sin sueldo. Una mujer molesta. Un país con más sombra que forma. Pero algo de eso se me quedó grabado, como si me hubieran dado una llave que no sabía usar. Con el tiempo fui aprendiendo que aquel retrato, y ese orgullo callado de mi padre, eran los restos de algo más grande, algo que alguna vez se llamó el clan Leiva-Barahona-Bográn-Paz. Un linaje que dominó la política hondureña durante más de medio siglo, y que luego, simplemente, desapareció.

No se fueron con un golpe de Estado ni con un asesinato. No murieron en el exilio ni fueron fusilados en una plaza. Se apagaron como se apagan las casas grandes: por abandono, por humedad, por una lenta pérdida de propósito. A diferencia de los Zelaya, que se reconfiguraron en torno al apellido y a la épica del retorno, u otros clanes de la política actual, que industrializaron el poder como quien maneja una franquicia, los Leiva murieron como mueren los árboles viejos: de pie, sin hacer ruido.

Lo curioso es que en su momento fueron el núcleo. El centro de gravedad del poder. De Ponciano Leiva, que asumió la presidencia dos veces en medio del caos liberal-conservador del siglo XIX, pasando por su yerno Francisco Bertrand, y sus parientes Luis y Francisco Bográn hasta llegar a Miguel Paz Barahona, los presidentes de la consolidación estatal, todos compartían algo más que sangre: compartían una manera de entender el país como herencia, como deber, como peso y forma de sacrificio. Y quizás por eso, también compartían el destino de perderlo.

2

El clan no era una dinastía como las europeas, ni un partido como los que vendrían después. Era otra cosa. Un árbol de ramas dispersas que se sostenía por un instinto compartido: el de gobernar. Y gobernar, en aquellos tiempos, no era una carrera ni una profesión. Era una carga. Un oficio trágico en un país donde cada presidente terminaba mal. Derrocado, exiliado, enfermo, arruinado. Nadie salía ileso.

Ponciano Leiva había nacido en Ceguaca, Santa Bárbara, en 1821, el año mismo de la independencia. No sabía entonces que el país que estaba naciendo con él no tendría nunca cimientos firmes. Era militar de vocación, presidente por necesidad. Asumió el poder por primera vez en 1874, tras una cadena de golpes y traiciones. Luego volvió en 1891, viejo ya, como si la patria no encontrara a nadie más. Pero el país lo devoraba todo: prestigio, fortuna, salud. Lo devoró a él también. Sus cartas revelan un hombre que no entendía por qué le habían suspendido el salario, por qué su esposa —lejano eco de la política— se negaba a seguir enviándole dinero. “La política es una pérdida de tiempo”, escribió ella. Y tenía razón.

Luis Bográn, presidente entre 1883 y 1891, no era de su sangre directa, pero sí de su órbita. Estaba emparentado con los Leiva y con los Barahona por vía materna. Era hijo de Saturnina Barahona Leiva, prima hermana de Ponciano. Representaba la inteligencia liberal: modernizó el país, trajo el telégrafo, la imprenta, fundó escuelas. Pero también fundó algo más: la idea de que el poder podía ordenarse, institucionalizarse. Creía, ingenuamente, que Honduras podía ser gobernada sin caudillos. Murió joven, y su hermano, Francisco Bográn, heredó el cargo por un breve lapso, como quien guarda la silla caliente para otro.

Francisco Bertrand Barahona era distinto. Médico, de origen olanchano, pero absorbido por la aristocracia del occidente. Se casó con una hija de Ponciano y con eso entró en el clan. Gobernó entre 1913 y 1919, en tiempos en que la presidencia ya no era un lugar de prestigio sino un campo minado. Cuando la Revolución del 19 lo obligó a renunciar, su cuñado —Francisco Bográn— asumió nuevamente la presidencia. Era, en esencia, un traspaso entre parientes. Nadie más quería ese lugar.

El último en gobernar fue Miguel Paz Barahona. Médico también, conservador templado, marido de una hija de Ponciano, primo de los Bográn. Gobernó entre 1925 y 1929. No dejó grandes reformas, pero dejó la sensación de que el clan todavía estaba ahí. Después de él, la niebla. La llegada de Tiburcio Carías —militar, implacable, ajeno al linaje— puso fin a todo.

A veces me pregunto si el clan sabía que estaba muriendo. Si en alguna cena, en alguna carta, en algún gesto silencioso entre ellos, intuyeron que su tiempo se acababa. No hubo linchamientos ni persecuciones. Solo la indiferencia. Los nombres dejaron de pesar. Los hijos se alejaron de la política. Las tierras se vendieron. Las casas se cerraron. Quedaron algunos retratos, y una cierta manera de hablar, de caminar, de mirar el país como si aún pudiera salvarse.

Hoy, cuando escucho hablar de los Zelaya como un clan, o de los Hernández y los Lobo, me cuesta no comparar. Ellos aprendieron algo que los Leiva no supieron o no quisieron aprender: que el poder debe heredarse con cálculo, no con virtud. Que no basta con tener un apellido. Hay que convertirlo en maquinaria. En empresa. En promesa electoral. Los Leiva creyeron que el país era una misión. Los nuevos clanes saben que es un negocio.

Pero hay algo que los viejos tenían y que los nuevos no conocen: una cierta dignidad del fracaso. Ponciano, solo, sin sueldo, sin apoyo, seguía creyendo que la política valía la pena. Que había que servir. Que la historia se escribía con actos, no con slogans. Y tal vez por eso desaparecieron. Porque eran de otra época. Porque no se adaptaron. Porque no querían sobrevivir a cualquier precio.

3

A veces, en las noches largas, me despierta una imagen que no tiene forma clara. Es un cuarto en penumbra, una radio encendida, un retrato colgado con hilo de pescar en la pared. Y mi padre, sentado, repasando papeles que nadie le pidió. No sé si es un sueño o un recuerdo. Pero ahí está. Siempre con su misma frase: “Ese era don Ponciano. Nuestro abuelo, aunque hayan pasado tantos años.”

Yo no dije nada entonces. Tenía catorce años y apenas entendía el peso de esas palabras. Pero ahora, después de haber leído y buscado, de haber juntado pedazos de historia como si reconstruyera una ruina antigua, entiendo que mi padre no hablaba solo de genealogía. Hablaba de una forma de estar en el mundo. Una forma de cargar el apellido sin alardes, como quien lleva un cuchillo envuelto en tela, por si hace falta cortar maleza o abrir un camino.

Hoy, Honduras es otra. La política es otra. Los clanes también. Ya no se sientan en sobremesas largas a discutir el rumbo del país. No intercambian cartas ni hacen promesas de honor. Se contratan entre sí como empresas. Contratos, campañas, blindajes. Todo se factura. Todo se olvida. Pero en medio de esa velocidad, a veces uno encuentra un apellido enterrado como un hueso antiguo, y se pregunta por qué dejó de sonar. ¿Qué hizo que muriera un clan? ¿Qué lo volvió innecesario?

Tal vez fue el tiempo. Tal vez fue la historia. Tal vez fue la política misma, esa mujer inflexible que un día le escribió a don Ponciano para decirle que ya no le mandaría dinero, que no valía la pena seguir. Y él, terco, con el uniforme raído y el sueldo atrasado, seguía creyendo. No en el poder, sino en la responsabilidad. Como si aún fuera posible sostener un país con solo dignidad.

Ese linaje, el mío, no dejó fortuna. No dejó haciendas ni bancos ni partidos. Solo dejó una historia a medio contar, algunas fotografías y un murmullo de nombres: Leiva, Barahona, Bográn, Paz. Y en medio de ellos, como una semilla que aún no germina, quedó el deber de recordarlos. No para idealizarlos. No para repetirlos. Sino para entender lo que fueron: una estirpe que creyó que gobernar era un acto de honor. Y que desapareció cuando el país ya no quiso saber de eso.