Cuenta el maestro don Rafael Heliodoro Valle en su libro El espejo del historial, que cuando llegó don Nuño de Guzmán, el feroz licenciado don Nuño, a tierras de Michoacán —tierras de pescado— exigió al señor indígena, el rey Caltzonci, que le entregara sus mujeres y sus tesoros.; Caltzonci apenas pudo darle ochocientos pesos de oro y mil de plata, y como don Nuño se enojara más que de costumbre, creyendo que era burla, le mandó atormentar dos veces, con fuego, a la par que a otros caciques, y después de arrastrarlo a la cola de un caballo, quemó al agonizante.
Muchos otros atropellos increíbles perpetró don Nuño, nos enumera Valle: saqueos, tormentos de muerte, robos menudos, violaciones, encadenamiento de esclavos, incendio de pueblos, despedazamiento de indios azuzando perros bravos. Pero su crueldad no respetaba ni a su misma gente: ahorcó a un español por ser judío, cortó un pie a uno de los mozos de espuela y seguía exigiendo oro, indios de carga y víveres; seguía matando caciques, herrando esclavos, azotando y aporreando. Seguía insaciable más allá de la codicia, pidiendo, exigiendo oro, más oro.
Cuando llegaron a tierras de jalisco, se desató una epidemia de viruela entre los indios, que hizo tantas víctimas o acaso más de las que hubo cuando «el grano divino» llegó de Cuba con el negro traído por Narváez. Y para colmo de desdichas los ríos se salían de las márgenes e inundaron un pueblo, arrastrando el campamento de los españoles, y entonces sucumbieron, ahogados, más de mil indios virolentos, y a consecuencia de peores calamidades, más de treinta mil.
Como no bajaban las aguas, no era posible proseguir la caminata. Hambrientos, llevando inutilizadas las armas por la continua humedad, despedazados los vestidos, rotos los pies, teniendo que treparse a los árboles para librarse de la inundación y soportando una plaga de sapos y otras innumerables sabandijas, comían los inmundos animales, y hubo entonces una gran epidemia de disentería, que ocasionó muchas muertes. Todo esto, sucedía en septiembre de 1530, dice don Rafael Heliodoro y, sin embargo, don Nuño continuaba exigiendo oro, más oro.
