Lo que dejó el programa +conscientes de hoy fue una radiografía de la salud pública hondureña que hay que leer con la atención que merece cualquier paciente que entra a un hospital y no sabe si saldrá con un diagnóstico, con una receta o con una factura que no puede pagar. El nuevo gobierno nacionalista hereda una red de servicios que se ha ido deshilachando, no por azar, sino por una suma de decisiones contradictorias, de estructuras fragmentadas y de capacidades insuficientes para responder a las demandas reales de la población. Esa realidad fue expuesta por los expertos invitados, la doctora y diputada (2022-2026) Ligia Ramos, dermatóloga del IHSS; y el doctor y diputado José Manuel Matheu, ex ministro de salud 2022-2024, con cifras, con ejemplos concretos, y con esa mezcla de conocimiento técnico y urgencia que exige un sector tan crucial como la salud.
El sistema de salud hondureño está compuesto por dos grandes pilares: la Secretaría de Salud (SESAL), que administra la red pública de hospitales y centros de atención primaria, y el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS), que cubre a una fracción de la población trabajadora formal; a ellos se suma un sector privado que funciona en paralelo, pero que sólo atiende a una minoría que puede pagar por sus servicios. En total, el sector público opera 29 hospitales y más de mil centros de atención ambulatoria distribuidos en 18 regiones departamentales, con servicios que van desde atención primaria hasta especialidades en centros de mayor complejidad. Sin embargo, estas cifras formalmente ordenadas chocan con múltiples realidades: una densidad de médicos que ronda menos de un profesional por cada mil habitantes, infraestructura que necesita mantenimiento urgente y hospitales que operan con niveles críticos de insumos médicos y reactivos, obligando incluso al personal a improvisar soluciones que bordean lo inaceptable.
Esa discusión no quedó en el terreno abstracto. En el programa se explicó con claridad por qué, para miles de personas, una cirugía programada puede convertirse en una espera interminable. El doctor José Manuel Matheu describió una escena que se repite todos los días en los hospitales públicos: un paciente llega preparado para una operación que fue agendada con meses de anticipación, pero en cuestión de minutos ese turno se cancela. No porque falte voluntad médica, sino porque el hospital entra, otra vez, en modo emergencia. Accidentes de tránsito, heridas por arma de fuego, politraumatismos. Casos que no admiten espera y que ocupan quirófanos, camas y personal de forma inmediata.
Ese mecanismo —explicaron— ha convertido a hospitales como el Hospital Escuela Universitario y varios centros regionales en hospitales de trauma permanente. La mora quirúrgica no crece por abandono deliberado, sino porque el sistema opera siempre al límite, resolviendo lo urgente y postergando lo importante. Las listas se alargan, las cirugías electivas se suspenden una y otra vez, y los pacientes, muchos de ellos provenientes de zonas rurales, pierden citas que difícilmente podrán reprogramar.
Fuera del estudio, esa lógica descrita al aire encuentra correlatos documentados en la cobertura periodística nacional. En hospitales regionales del litoral atlántico, como el San Isidro de Tocoa, medios nacionales han reportado en los últimos meses la suspensión recurrente de procedimientos por falta de insumos y reactivos, así como la derivación de pacientes a servicios privados cuando el sistema público no logra responder. No se trata de una anomalía aislada, sino de la expresión territorial de un mismo problema: hospitales diseñados para una demanda menor, hoy desbordados por una carga asistencial que supera su capacidad instalada.
Ese tipo de escenas, con los médicos improvisando y los pacientes sin recursos se reflejaron en el diálogo con Ramos y Matheu. Ambos señalaron que el nuevo gobierno recibe un sistema de salud que no está colapsado en un sentido estrictamente binario, pero sí profundamente estresado y, en muchos lugares, incapaz de responder a las necesidades básicas de atención. No sólo faltan medicinas y equipo médico; faltan estructuras administrativas sólidas para planificar, ejecutar y evaluar políticas de salud pública con visión de largo plazo. La falta de planificación se traduce en hospitales saturados, personal agotado y estrategias de prevención que nunca alcanzan continuidad.
Durante el programa, la conversación regresó una y otra vez a lo que ocurre en el nivel más elemental del sistema: el primer contacto entre el Estado y la salud cotidiana de la población. En los centros de atención primaria, donde deberían concentrarse la promoción de la salud, la prevención y el control temprano de enfermedades, las acciones aparecen fragmentadas, intermitentes y, muchas veces, reactivas.
La vacunación fue uno de los puntos donde esa fragilidad quedó más expuesta. A partir de la alerta epidemiológica por sarampión, activada tras la detección de casos sospechosos en la región y la exposición de hondureños en eventos fuera del país, los invitados coincidieron en que el riesgo no estaba tanto en la inmediatez de un brote confirmado, sino en la pérdida de ritmo institucional del programa de inmunizaciones. Honduras fue durante años un referente regional en cobertura vacunal; hoy, advirtieron, esos niveles han descendido y ya no se alcanza con la regularidad necesaria el umbral que garantiza protección colectiva.
El doctor José Manuel Matheu fue explícito al señalar que la vigilancia epidemiológica se ha sostenido más por protocolos de contención que por una estrategia preventiva sistemática. Las campañas masivas, la búsqueda activa de niños no vacunados, el trabajo sostenido en escuelas y comunidades rurales, han perdido continuidad. La doctora Ligia Ramos añadió que esa erosión no suele percibirse de inmediato: la prevención, cuando funciona, pasa desapercibida; cuando falla, lo hace de forma abrupta y costosa.
Ese debilitamiento del primer nivel no es exclusivo del sarampión. En el programa se recordó que enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue, alcanzaron niveles epidémicos recientemente, con decenas de miles de casos reportados en 2024. La respuesta estatal, nuevamente, llegó tarde y bajo presión, confirmando un patrón que se repite: el sistema reacciona cuando la emergencia ya está instalada, pero invierte poco en sostener las barreras que podrían haberla contenido.
Lo que se dibuja desde ese nivel básico es una advertencia más amplia. Sin una red primaria sólida, con campañas preventivas constantes y con vigilancia activa, los hospitales terminan absorbiendo problemas que pudieron evitarse. Y cuando eso ocurre, la saturación deja de ser una excepción y se convierte en norma.
El IHSS, por su parte, presenta desafíos adicionales de gobernanza. Hay denuncias de mala administración y falta de transparencia que complican aún más la percepción pública del sistema. Testimonios de pacientes y sus familias describen largas esperas, espacios no acondicionados y experiencias de trato que erosionan la confianza en los servicios.
Frente a ese diagnóstico, los médicos invitados a +conscientes esbozaron los retos urgentes que el próximo gobierno deberá enfrentar para que la realidad cambie. El primero es recuperar una política de salud pública con visión estratégica y continuidad institucional. Sin políticas que trasciendan períodos de administración, los esfuerzos quedarán una y otra vez fragmentados. Recuperar la prevención como eje central, no solo responder a crisis sanitarias puntuales, implica invertir en sistemas de información, en personal de salud comunitaria y en campañas sostenidas de promoción y educación sanitaria.
El segundo reto es la reestructuración de la gobernanza hospitalaria. Esto implica dotar de autonomía técnica a los cuerpos directivos de hospitales clave y protegerlos de cambios abruptos por motivos políticos, lo que apenas si permite consolidar equipos eficientes y planes de atención coherentes. La experiencia acumulada de programas de cooperación internacional, como los impulsados por la Organización Panamericana de la Salud para fortalecer hospitales resilientes, debe complementarse con decisiones nacionales y recursos presupuestarios efectivos.
El tercer reto es la gestión del recurso humano en salud. Con menos de un médico por cada mil habitantes y con personal concentrado en áreas urbanas, se requiere una política que incentive la formación de especialistas, la distribución equitativa del personal en zonas rurales y la mejora de condiciones laborales para evitar la fuga de talento al sector privado o al extranjero.
Finalmente, la eficiente utilización de recursos públicos es otro desafío de enorme peso. Datos de informes periodísticos muestran que, a pesar de contar con partidas presupuestarias, muchos fondos de inversión destinados a salud no se ejecutan completamente, y la adquisición de insumos queda en entredicho por procesos administrativos lentos o poco transparentes.
El sistema de salud que recibe el nuevo gobierno no es homogéneo ni estático; es un entramado de centros de atención primaria con recursos limitados, hospitales de referencia con saturación estructural, instancias de seguridad social con desafíos de gestión y un sector privado que opera de forma paralela pero excluyente. Cambiar esa realidad no dependerá únicamente de reformas administrativas, sino de un cambio de enfoque hacia la salud como derecho universal, con prioridades claras, con continuidad técnica y con participación ciudadana. Hasta ahora, lo que se ha visto es una acumulación de esfuerzos fragmentados. La encrucijada del próximo gobierno será unificar esos esfuerzos en una estrategia nacional de salud que tenga como eje la dignidad de quienes acuden a los servicios y no como centro la lógica burocrática que históricamente los ha dejado al borde del colapso.
