La carretera que conduce hacia las montañas de Santa Bárbara no anuncia el café de inmediato. Primero cambia el aire, luego la luz. Después, casi sin transición, el paisaje se ordena en hileras verdes que siguen la pendiente como si alguien hubiera peinado la montaña con paciencia. Allí, donde el ruido del país llega amortiguado, Bretzi Alvarenga habla de su finca con una serenidad que no es optimismo, sino disciplina.

Durante la conversación de hoy en +conscientes, Bretzi Alvarenga explicó que el café obliga a pensar en horizontes largos. Las decisiones que se toman hoy (la poda, la fertilización, la renovación de una parcela) no se reflejan en la siguiente cosecha, sino años después. El cultivo enseña a vivir con el tiempo, no contra él.

Alvarenga dirige la Finca Madre Linda, heredada de su familia, y participa en cada etapa del proceso, desde el manejo del campo hasta la selección del grano. Su presencia tiene un peso que va más allá de lo anecdótico. Es joven, habla con precisión técnica, se mueve con naturalidad entre conceptos de mercado y prácticas agronómicas. Representa algo que el campo hondureño necesita con urgencia: continuidad generacional.

Pero su testimonio no es una historia de prosperidad fácil.

Bretzi Alvarenga

Bretzi Alvarenga

En el programa, Alvarenga explicó que el buen momento del precio internacional no elimina las presiones sobre la finca. Los costos de fertilizantes y mano de obra siguen altos, el clima ha dejado de comportarse con la regularidad de antes y el manejo del cultivo exige cada vez más conocimiento y cuidado. La bonanza del mercado que hoy vemos convive con una operación que sigue expuesta a incertidumbre. Ese contraste define el momento actual del café hondureño.

Entre enero y julio de 2025, el país exportó café por 2,004 millones de dólares, casi el doble que en el mismo período del año anterior, según el Banco Central. El precio promedio alcanzó los 363 dólares por saco de 46 kilos, con un incremento cercano al 81%. El volumen también creció. En los indicadores macroeconómicos, el café volvió a aparecer como uno de los pilares externos del país.

Las cifras sugieren un ciclo favorable, pero las cifras hablan del mercado, la finca cuenta otra historia.

Más del noventa por ciento de los productores hondureños de café trabajan en pequeñas parcelas. Muchas plantaciones superan los quince o veinte años. La renovación requiere crédito. El crédito sigue siendo escaso. La roya reaparece por zonas. La variabilidad climática altera los ciclos de floración y maduración. En un cultivo permanente, el deterioro no ocurre de golpe: se acumula.

Lo que hoy parece estabilidad puede ser, simplemente, el resultado de decisiones tomadas hace una década.

Gary Urrutia, director del programa Cup of Excellence, desplazó la conversación hacia un punto que ya no tiene que ver con volumen, sino con posicionamiento. El mercado internacional —explicó— está dejando de comprar café como una materia prima homogénea y comienza a evaluarlo como un producto con identidad. “Hoy el comprador quiere saber quién lo produjo, dónde se cultivó y cómo se procesó”, señaló, al describir un consumidor que exige trazabilidad, consistencia y una historia verificable detrás de cada lote.

Ese cambio, añadió, redefine el tipo de relación comercial. Los productores que logran diferenciar su café y mantener estándares estables dejan de depender únicamente de la cotización internacional y comienzan a construir vínculos directos con compradores. “La calidad abre puertas que el precio por sí solo no puede sostener”, explicó, al referirse a un mercado donde la reputación puede ser más determinante que el volumen.

Gary Urrutia

Gary Urrutia

Para ilustrar esa transformación, Urrutia recordó una realidad que durante años marcó al café hondureño en los mercados internacionales. “Antes, el origen Honduras tenía una penalidad de hasta un 20% sobre el precio”, señaló. El descuento no respondía necesariamente a la calidad de cada lote, sino a una percepción general del país como proveedor de café estándar y de bajo valor.

Esa condición, agregó, ha cambiado de manera significativa. El trabajo en control de calidad, la mayor presencia en competencias internacionales y el posicionamiento de microlotes han modificado la forma en que el mercado internacional evalúa el origen hondureño. Hoy, explicó, nuestro café ya no se vende con ese castigo automático. En muchos casos, el origen se reconoce y se paga mejor.

Pero ese cambio que describe Urrutia no ocurrió de un año a otro. Es el resultado de más de una década de inversión en procesos, capacitación y diferenciación. También muestra algo más profundo: en el mercado del café, la reputación de un país puede tardar años en construirse y apenas una cosecha mala en deteriorarse.

La transformación ya tiene un marco regulatorio concreto. En Europa —uno de los principales destinos del café hondureño— entrará en vigor la normativa que exigirá demostrar que el producto no proviene de áreas deforestadas. Cada embarque deberá estar georreferenciado y documentado. Para países con una estructura dominada por pequeños productores, el desafío no es menor: la trazabilidad exigirá inversión en tecnología, organización territorial y coordinación a lo largo de toda la cadena. Mientras el mercado internacional eleva sus estándares, las limitaciones internas siguen siendo las mismas.

Héctor Ferreira

Héctor Ferreira

Desde la perspectiva gremial, Héctor Ferreira llevó la discusión al terreno donde esas exigencias se vuelven posibles o inviables. Señaló que el productor hondureño enfrenta un entorno que dificulta la inversión de largo plazo. “Sin acceso a crédito oportuno y condiciones estables, el productor no puede renovar ni tecnificar”, advirtió.

Ferreira insistió en que el reto no es solo producir más, sino producir mejor y con mayor estabilidad. En ese sentido, destacó dos líneas de trabajo del sector: el impulso al consumo interno y el esfuerzo por elevar la calidad de la exportación. “Entre más café se consuma en el país y más valor se agregue en origen, menos dependeremos de los ciclos del mercado internacional”, señaló.

La conversación dejó como conclusión que el mercado global avanza hacia mayores exigencias y hacia un reconocimiento creciente del valor asociado a la calidad. El desafío para Honduras, en ese sentido, ya no se limita solamente a la capacidad de producir café, sino a la solidez de su estructura productiva frente a un entorno donde la reputación del origen, la trazabilidad y la consistencia serán factores tan determinantes como el precio. En ese punto, el café ofrece una lección poco visible en el debate económico nacional.

A lo largo de décadas, el sector ha construido instituciones técnicas, redes de investigación y mecanismos de apoyo que han sobrevivido a los cambios políticos. El IHCAFE mantiene programas de extensión y desarrollo. Las cooperativas han facilitado acceso a mercados y certificaciones. Las competencias de calidad han conectado fincas pequeñas con compradores internacionales. No es un sistema perfecto. Pero es uno de los pocos que ha logrado continuidad.

Programa +conscientes, de ICN News

Programa +conscientes, de ICN News

En la finca de Bretzi Alvarenga en Santa Bárbara, esa continuidad tiene un sentido concreto. Ella explicó que su familia ha apostado por mejorar procesos y buscar mercados diferenciados porque el precio internacional no puede considerarse una garantía. Los años buenos, dijo, son el momento para invertir, renovar y prepararse para los ciclos bajos que inevitablemente llegan.

El café sostiene empleo temporal, mantiene economías locales y reduce la presión migratoria en muchas comunidades. Cada alza del precio genera movimiento en pueblos donde pocas actividades tienen ese efecto. Pero el impacto social del café depende menos del precio de este año que de la capacidad del sector para sostener su productividad en el tiempo.

La historia del café hondureño está marcada por ciclos. Períodos de bonanza que alivian tensiones inmediatas y caídas que revelan las debilidades acumuladas. Plantaciones envejecidas. Bajo acceso a crédito. Escasa inversión en renovación.

Hoy el mercado internacional favorece a Honduras, en parte por problemas climáticos en otros países productores. El precio alto responde a una escasez global, no necesariamente a una transformación estructural del sistema productivo nacional. Pero esa realidad cambiará muy pronto. Urrutia afirmó que este año se espera que Brasil tenga una cosecha récord de café, que bajará el precio internacional.

Desde las montañas de Santa Bárbara hasta las subastas en línea de Nueva York, Hamburgo o Tokio, el café hondureño conecta decisiones familiares con fuerzas globales. El clima en Brasil, las regulaciones ambientales europeas, las preferencias de un consumidor que quiere saber de dónde viene su taza. El presente es favorable. La estructura que lo sostiene sigue siendo vulnerable.

En el café, el tiempo no perdona la improvisación. Las decisiones que se posponen hoy aparecen, años después, en forma de menor rendimiento, mayores costos o pérdida de competitividad.

Los productores lo saben. Trabajan pensando en ciclos largos. Toca ver si el gobierno está pensando en el próximo ciclo, o si volverá a reaccionar cuando el precio ya haya cambiado y la montaña, silenciosamente, haya empezado a producir menos.

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