Una tarde cualquiera, mientras actualizaba compulsivamente mi bandeja de entrada como quien rasca una costra que nunca termina de cerrar, me descubrí atrapado en una actividad que, en teoría, simboliza el pináculo de la agencia humana: decidir si responder o no a un correo sobre una oferta laboral “emocionante”. La oferta en cuestión no era ofensiva, pero tampoco inspiradora. Era… correcta. Una especie de evolución lógica y sin gracia de todas las decisiones (buenas y malas) que había tomado recientemente. No me bloqueaba el contenido del mensaje, sino esa presencia agobiante, sorda, de saber que, en teoría, yo era libre de elegir. Porque eso somos ahora: seres libres, responsables, con autonomía y todo. La clase de libertad elegante, sin barrotes, sin amenazas, sin excusas. Y, por alguna razón, totalmente agotadora.
Esta no es una experiencia nueva, pero sí es muy actual. En otras épocas, uno no tenía que pasar por esta tortura. La mayoría de las personas sabían perfectamente dónde encajaban. La historia se los dejaba claro con un mazo: tú al campo, tú al monasterio, tú a morirte joven. No era ideal, claro, pero al menos ahorraba dilemas. La libertad, en aquel entonces, no era un derecho ni una responsabilidad. Era un rumor, una rareza reservada para santos, aristócratas o profetas aburridos. Ahora, en cambio, todos estamos convencidos de que somos libres. Free trial sin vencimiento. El problema, como dice Byung-Chul Han en uno de sus textos con aroma a derrota zen, es que esa libertad ya no se nos ofrece como un sueño emancipador, sino como una política de empresa: sé libre o queda fuera del sistema.
Harari, con esa mezcla irresistible de TED Talk y distopía institucionalizada, nos recuerda que la libertad es solo otra ficción social. Como el dinero, el Estado-nación o la promesa de que ir al gimnasio arregla tu vida. Pero a diferencia de esas otras ficciones, la libertad viene con un accesorio particularmente cruel: la culpa. Si soy libre, entonces todo lo que no logro es mi culpa. Si fracaso, es porque elegí mal. Si no soy feliz, es porque no supe cuál de las ocho mil versiones de mí mismo debía priorizar. Esta idea, lejos de liberarnos, nos atrapa en una jaula de ansiedad premium, con diseño minimalista y notificaciones constantes: ¿ya decidiste qué hacer con tu vida, sí o no?
Desde mi posición de clase media más o menos educada, con acceso a internet, opiniones y una biblioteca de PDFs que nunca termino de leer, veo el privilegio. Claro que lo veo. Pero también veo el vacío: ese hueco elegante que se abre cuando tienes que decidir entre Apple Music o Spotify como si de eso dependiera tu realización espiritual. Las opciones están ahí, sí, pero dentro de un menú ya precocinado por algoritmos, storytelling corporativo y autoayuda con logo. Lo que creemos que es libertad no es más que una interfaz de usuario diseñada para que nos sintamos protagonistas. La libertad como experiencia de cliente. UX emocional con sabor a autonomía.
A veces pienso que el gran logro de la modernidad no fue liberar al sujeto, sino cambiarle el régimen de opresión. Del infierno al burnout. El sujeto medieval temía al diablo; nosotros tememos no alcanzar nuestro potencial. El primero se sabía pecador; nosotros solo nos sentimos fracasados por no ser la mejor versión posible de nosotros mismos con cinco apps de productividad y una sesión de coaching. Nos dijeron que éramos libres, pero con la condición de que usemos esa libertad para obedecer el mandato de la autorrealización. Es la forma más dulce de esclavitud jamás inventada: creer que nos estamos explotando porque así lo elegimos.
Entonces me lo pregunté, mientras mi cursor parpadeaba como un testigo impaciente: si la libertad es una ficción, ¿es eso algo malo? No necesariamente. Las ficciones nos salvan del absurdo y nos ayudan a no gritar en el supermercado. Pero conviene preguntarse qué tipo de libertad estamos comprando. ¿Una que nos libera o una que nos administra? ¿Una que nos reta o una que nos tranquiliza con mantras y acceso a yoga online?
Y así, cerrando sin responder ese correo, me di cuenta de que tal vez la libertad está sobrevalorada. O tal vez simplemente está mal vendida. Confundimos el derecho a elegir con la capacidad real de decidir. Y lo que hoy llamamos libertad está tan inflada de promesas, que lo raro no es que nos abrume, sino que no hayamos colapsado colectivamente de puro agotamiento. Pero al menos, mientras dudamos, seguimos interpretando el papel. Como decía Camus, el hombre absurdo es aquel que, consciente del sinsentido, elige seguir. Tal vez eso somos: actores secundarios de una tragicomedia de bajo presupuesto, sin libreto, pero con buena iluminación. Y eso, en esta época de simulacros bien diseñados, ya es bastante. Sentir algo que, aunque sea por error, parezca real.
