Hubo un tiempo en donde los caudillos alertaban abiertamente que en Honduras había que prepararse para ganar las elecciones en las urnas y para defender la victoria en la guerra. Hasta hace muy poco, era frecuente que los procesos electorales hondureños terminaran en conflictos armados. Con mucha regularidad, los gobiernos (o sus candidatos oficialistas) se rehusaban a reconocer el resultado que no les era favorable y buscaban mantenerse en el poder mediante el uso de la fuerza. El bando contrario alzaba sus baterías para defender su victoria y el pueblo quedaba en medio. El ejemplo más emblemático de esto lo vemos en la sangrienta guerra civil de 1924: el general Rafael López Gutiérrez, presidente desde 1919, intentó permanecer en el poder y nombrarse dictador, lo que provocó el alzamiento de las fuerzas liberales que le adversaban.
Un dictador no se hace por la suma de los años en el cargo sino por la concentración de poderes. En la Roma antigua (antecedente del concepto) un líder podía ser nombrado dictador por seis meses, período en el cual concentraba en sí un poder inusual, necesario para hacer frente a una crisis específica. Siempre existía la tentación de extender ese tiempo y a veces ocurría, a pesar de las instituciones creadas para impedirlo. En el caso de una república como la nuestra, el dictador que concentra el poder ejecutivo, busca concentrar además el legislativo y judicial, más el ejército y los órganos electorales y de persecución penal, los medios de comunicación y sociedad civil, entre otras instituciones necesarias para controlar a la población.
Por la forma cómo estaba organizado el proceso electoral de 1924, el candidato ganador debía obtener la mitad mas uno de los votos, para hacerse con la victoria que debía ser luego reconocida por el Congreso Nacional. Si eso no ocurría, decía la Constitución, era el Congreso quien decidía a quién darle la victoria. Era la fórmula para el desastre. En esa elección de 1924 fueron tres los contrincantes: Tiburcio Carías Andino, por la corriente conservadora del Partido Liberal, el expresidente liberal Policarpo Bonilla y Juan Ángel Arias Boquín por el ala oficialista. Ninguno logró la mitad más uno de los votos que exigía la ley y frente al vacío, López Gutiérrez buscó llenarlo declarándose él dictador, provocando la guerra civil.
López Gutiérrez sabía bien lo que estaba haciendo. Ya un conflicto similar había ocurrido apenas veinte años antes, otra guerra civil por causas idénticas con un final parecido. Esa vez, en 1903, Terencio Sierra intentó hacerse dictador cuando ninguno de los tres contrincantes logró la mitad más uno de los votos: Manuel Bonilla por el ala conservadora del Partido Liberal, el expresidente liberal Marco Aurelio Soto y, otra vez, Juan Ángel Arias Boquin por el oficialismo.
Era el eterno retorno a la guerra. En ambas contiendas, la de 1903 y la de 1924, los presidentes en funciones maniobraron el ego de un expresidente (Marco Aurelio Soto y Policarpo Bonilla) y un liberal de cuna morazánica (Juan Ángel Arias Boquín) para dividir el voto e impedir el asenso de un conservador (Manuel Bonilla en 1903 y Tiburcio Carías en 1924). En ambos casos fue la guerra el resultado. Afortunadamente para nosotros ese requisito ya no existe en la Constitución.
La guerra civil de 1924 dio pie a la reforma de la Constitución eliminando el requisito de la mitad más uno que había generado tanto problemas, dejando que la simple mayoría diera al ganador, quitando al Congreso del medio. También dio pie a la dictadura de Tiburcio Carías Andino, que fue una forma de reconocer el final del sistema.
En física existe el principio del “problema del tercer cuerpo”. Básicamente indica que cuando se introduce un cuerpo nuevo a una órbita habituada a dos cuerpos, ese tercero genera un caos impredecible. Los dos cuerpos habituados a sus órbitas, respetan la órbita del otro. Cuando ese tercer cuerpo se introduce altera todo, sus fuerzas gravitacionales sufren la influencia del otro en su ruta, cambiándola, haciendo la ecuación impredecible. Las órbitas de los tres cuerpos cambiarán constantemente al atraerse y repelerse por los otros cuerpos, también en movimiento constante. Solo la destrucción total de uno de los tres o la reducción de uno a una condición de satélite de otro, hace que retorne algún orden al sistema. El chino Xi Chin Liu escribió una novela de ciencia ficción que toma esa teoría física: “El problema del tercer cuerpo”. En la novela el caos se “resolvió” con la destrucción total del universo. Esa también es una salida.
