Hay una frase atribuida a Mao Zedong que, aunque no aparece palabra por palabra en sus escritos, resume con precisión la lógica de su pensamiento dialéctico: “una cosa se convierte en su contrario cuando la tensas demasiado.”
Se refiere a ese punto casi invisible en el que la energía de un proceso político, empujada más allá de su límite, deja de expresar lo que prometía y comienza a parecerse a lo que decía combatir. Es una ley que no depende del socialismo ni del capitalismo; actúa sobre cualquier proyecto que coloque su supervivencia por encima de su sentido. Honduras no es China. Pero la tensión emocional y política que vivimos recuerda esa vieja advertencia: cuando se exige adhesión total, cuando el miedo se vuelve disciplina, cuando el fervor sustituye el juicio, los individuos se transforman y el proyecto se desfigura.
En los últimos años he visto esa transformación de cerca, no desde los libros ni desde el análisis distante, sino en la intimidad de mis relaciones más personales. Y por eso escribo esto: no como reproche, somos todos criaturas atrapadas en nuestra circunstancia, sino como un intento de alumbrar el momento que atravesamos, de ponerle nombre a un clima político que ha convertido a amigos de décadas en extraños silenciosos y a colegas respetados en replicadores de consignas que ellos mismos, en otro tiempo, hubieran cuestionado. Lo que vivimos no es solo polarización: es una mutación emocional causada por una tensión histórica que no supimos ver venir.
El primer síntoma no fue una agresión directa, sino una incomodidad creciente. Luego, un silencio que no era casual. Después, la réplica automática de narrativas oficiales, como si la conversación dejara de ser entre personas y se convirtiera en un diálogo con una institución. Y, finalmente, el giro decisivo: la expulsión tácita de los grupos que siempre compartimos. No porque haya cambiado mi conducta, ni mis valores, ni mi trato. Simplemente porque ya no encajaba en el relato único que exigía la refundación.
Me atacaron en redes personas que nunca me habían alzado la voz. Me dijeron “enemigo”, “mercenario”, “vendido”, quienes antes me abrazaban en los pasillos y me escribían con afecto. Lo llamativo no fue la fuerza de los ataques; fue su origen. Venían de quienes conocían mi vida, mi trabajo, mi historia. Venían de gente que, en condiciones normales, nunca hubiera pensado ni dicho semejantes cosas.
Y aquí es donde la tesis de Mao adquiere un tono brutalmente contemporáneo.
La refundación nació para ampliar los márgenes de libertad, pero terminó reduciéndolos para defenderse. Nació para romper con el sectarismo, pero terminó construyendo uno propio. Nació para liberar la crítica, pero acabó castigando a quien cuestiona. Se tensó tanto su identidad moral que se convirtió en su contrario.
No hay ejemplo más claro que el asalto a la junta directiva del Congreso en enero de 2022: una fuerza que prometía nuevas reglas inauguró su ciclo institucional con empujones, amenazas internas y una ruptura de pacto que marcó la política por años. Lo mismo con el estado de excepción prolongado hasta volverse hábito; con la presión al árbitro electoral bajo la retórica de la transparencia; con la respuesta agresiva a la prensa que investiga; con la búsqueda del enemigo dentro de su propia base social. La lista es larga, pero el patrón es el mismo: cuando un proyecto se convence de que es moralmente superior, cualquier discrepancia se toma como agresión.
El problema no es solo político: es psicológico. Es ahí donde mi experiencia personal se volvió espejo del país.
En los espacios que aún comparto, mucho menos que antes, porque la atmósfera es densa, veo un fenómeno que me impresiona. Los mismos que me atacan en público, que repiten consignas contra mí en redes, bajan la mirada cuando me los encuentro. No sostienen los ojos. No pueden. Algo dentro de ellos sabe que hay una contradicción: la persona a la que insultan no coincide con la persona que recuerdan. La narrativa exige agresión; la conciencia exige silencio.
Es el gesto humano de la culpa política. No es remordimiento. Es incomodidad. Es el reflejo de quien sabe, en su fuero íntimo, que actúa desde un fervor que no le pertenece del todo. Que se dejó absorber por una identidad colectiva que exige prueba constante de lealtad. Que, para seguir perteneciendo, tiene que atacar a quienes piensa distinto. Tienen que atacarme a mí, aunque en el pasado hubiera existido algo parecido al cariño.
En la Revolución Cultural, ese fenómeno fue documentado una y otra vez: los estudiantes que humillaban a sus profesores evitaban mirarlos después en el pasillo. Sabían que no era personal; sabían que estaban atrapados en una dinámica emocional que el régimen había diseñado para ellos.
Hoy, salvando las proporciones, pasa algo parecido en nuestro país. La pertenencia se volvió más fuerte que la humanidad. El colectivo, más fuerte que la amistad. La causa, más fuerte que la memoria.
¿Qué pasará después? Me lo he preguntado muchas veces, no desde el rencor, sino desde la curiosidad moral: ¿qué ocurre cuando el fervor se apaga? ¿Qué pasa cuando las narrativas caen por su propio peso? ¿Qué queda de los vínculos que fueron devorados por la ansiedad política?
Tengo claro que si el oficialismo vuelve a ganar, la tensión no desaparecerá. Se profundizará. Una victoria confirmará a muchos que hicieron lo correcto al expulsar, atacar, vigilar y callar. No me buscarán. No reconocerán nada. El clima emocional se endurecerá, más por miedo que por convicción. Y yo seguiré siendo, para ellos, el recordatorio incómodo de que la política no logró absorberme completamente.
Si el oficialismo pierde, la atmósfera se desinflará como un globo roto. Algunos volverán a hablarme como si nada hubiera pasado. Otros harán un esfuerzo por recuperar la cercanía perdida, aunque ya no haya manera de volver a aquella inocencia previa. Y un porcentaje pequeño, muy pequeño, ofrecerá una disculpa sincera, no para reparar un vínculo, sino para reconciliarse consigo mismos.
Pero la verdad es más simple y más cruda: nunca volveremos a ser los que fuimos.
Algo se quebró en este proceso. Y ese quiebre, aunque duela, también es una forma de revelación.
Porque la política no crea afectos falsos: los expone. No destruye amistades profundas: desenmascara las superficiales. No cambia a las personas: muestra quiénes ya estaban cambiados.
A veces me preguntan si me siento traicionado. No. Me siento testigo. Testigo de un fenómeno que no es personal, sino estructural. Testigo de lo que ocurre cuando un país coloca la identidad política por encima de la dignidad individual. Testigo de cómo un proyecto que prometía apertura se transformó en un dispositivo emocional que exige obediencia.
No escribo esto para reclamar, ni para pedir explicaciones, ni para señalar culpables. Lo escribo porque creo que estamos en un punto de inflexión donde necesitamos recuperar algo más básico que la política: la humanidad. La capacidad de mirarnos a los ojos sin bajar la vista. La posibilidad de disentir sin expulsar. La valentía de reconocer cuando la tensión nos ha deformado.
Todo esto pasará. La victoria o la derrota del oficialismo no cambiará la verdad íntima de este tiempo: somos un país atravesado por una tensión que nos volvió irreconocibles unos a otros.
Y cuando la historia avance, como siempre avanza, quedarán las ruinas morales de este momento. Y en ellas, cada uno tendrá que decidir qué hacer con la memoria de lo que dijo, lo que repitió, lo que defendió y lo que calló.
Yo sigo aquí, en el mismo lugar de siempre. No como adversario, nunca lo he sido sino como observador. No como enemigo, ni mucho menos sino como alguien que se negó a dejar de pensar por si mismo, a construir sus propias conclusiones. Y si algo aprendí en este proceso es que esta soledad, que nace de la conciencia, no es derrota, es brújula.
Algo se rompió en estos años, si. Y esa ruptura, aunque hoy duela, también es una forma de libertad.
