La sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA sobre Honduras esta mañana fue, en apariencia, un ejercicio técnico. En el fondo, fue un acto político de contención. No porque resolviera la crisis electoral hondureña que estamos viviendo, sino porque delimitó con claridad qué narrativas serán aceptables en el sistema interamericano y cuáles quedan fuera. Y en ese deslinde, vemos varios actores que quedaron expuestos como grandes perdedores de este proceso.
El informe de la Misión de Observación Electoral marcó el punto de partida. Eladio Loizaga habló de atrasos, de fallas técnicas, de conflictos internos en la autoridad electoral. Pero no habló de fraude. Esa ausencia no fue casual ni diplomática: fue deliberada. La OEA no encontró elementos que permitieran poner en duda la validez del proceso electoral hondureño del pasado 30 de noviembre, y al decirlo cerró una puerta que el gobierno hondureño esperaba mantener abierta. El llamado a iniciar “de inmediato” el escrutinio especial fue, al mismo tiempo, una exigencia y un límite: corrijan lo que esté mal, pero dentro del marco legal existente.
La intervención del vicecanciller Gerardo Torres fue el primer intento serio de romper ese marco. Su discurso no buscó dialogar con el informe de la MOE, sino desautorizarlo. Denunció injerencia extranjera, manipulación tecnológica, coacción criminal masiva; citó cifras, habló de hackeos y terminó invocando la Carta Democrática Interamericana como si Honduras fuera víctima de una operación continental. No pidió ajustes al proceso: sugirió que el proceso carece de legitimidad. Pero en la OEA, ese tipo de alegato exige pruebas técnicas del mismo nivel que la acusación y Torres no presentó pruebas. Sin ellas, el discurso del fraude que intentó presentar Torres en la OEA quedó suspendido en el aire.
Las respuestas que vimos luego fueron reveladoras. Estados Unidos cerró filas con el informe de la MOE, rechazó la tesis de injerencia sin evidencia técnica y fijó plazos claros para el cierre del escrutinio. Ecuador llamó a evitar la incertidumbre y a concluir el proceso dentro de los cauces institucionales. Brasil y Uruguay insistieron en el respeto a la voluntad popular expresada en las urnas. Argentina fue crítico con la deriva política interna de Honduras; cuestionó la falta de responsabilidad de los actores que buscan desconocer el proceso, subrayó la necesidad de preservar la institucionalidad electoral y marcó distancia frente a cualquier intento de deslegitimar anticipadamente los resultados. Ningún Estado miembro de la Organizacion de Estados Americanos acompañó la narrativa de fraude. Ninguno pidió anulación de las elecciones. Ese cierre de filas, aunque con distintos tonos, equivale a una derrota política para quienes apostaron a romper el tablero.
Ese fracaso externo explica el viraje inmediato hacia adentro que vimos el fin de semana pasado. De Washington a Siguatepeque. De la OEA a la asamblea de Libre. Allí, Mel Zelaya abandonó cualquier matiz y habló de “fraude monumental”. No como hipótesis, sino como veredicto. La asamblea no discutió pruebas; ratificó una creencia. Libre no solo desconoció los resultados preliminares, sino que resolvió no otorgar legitimidad política ni moral al gobierno que surja del proceso y llamó a la movilización. El conflicto dejó de ser electoral para convertirse en existencial.
Pero el paso más significativo que surgió de esa asamblea es la decisión de vetar la firma de Marlon Ochoa en la declaratoria oficial del CNE. Con ese gesto, Libre convirtió a su consejero electoral en rehén político. Ochoa ha dejado de ser árbitro del proceso electoral para convertirse en un obediente militante, obligado a actuar conforme la asamblea lo manda. La presión que hay sobre él no es simbólica; es orgánica. Y hoy el discurso del partido se traduce en acciones concretas: protestas frente a las instalaciones del INFOP donde se realiza el conteo especial, intentos de intimidación, la calle como sustituto del procedimiento.
Y mientras Libre se radicaliza, otro actor se queda sin suelo bajo los pies. Salvador Nasralla eligió acompañar (con palabras casi idénticas) la narrativa del oficialismo. Denuncia fraude, pide recuento de todas las actas, voto por voto (algo que la ley no contempla) desconoce el resultado que no le favorece. El problema para Nasralla no es solo que nadie en la OEA le reconoció esa tesis del fraude en su contra. Es que, al acercarse discursivamente a Libre perdió la única ventaja que tenía durante todo este proceso electoral: la posibilidad de presentarse como oposición democrática distinta a Mel Zelaya.
El Partido Liberal entendió rápido el costo que implicaba ese camino. Para ellos, acompañar a Nasralla en una estrategia de desconocimiento total significa arrastrar al partido a una confrontación sin respaldo internacional, sin salida jurídica y sin beneficio claro. Por eso vemos que han comenzado los desmarques. No por cobardía, sino por cálculo político. El PLH comprende que puede sobrevivir a una derrota política de esta magnitud pero no a una (otra) aventura rupturista con el orden constitucional. Nasralla, en cambio, no puede sobrevivir sin partido.
Así, Nasralla queda en la peor de las posiciones posibles. No gana la elección. No logra que le reconozcan un fraude. Y empieza a perder el partido que lo adoptó como candidato. Libre puede convertir su derrota en épica interna. El Partido Liberal puede reorganizarse y mirar hacia adelante. Nasralla queda solo, atrapado entre un discurso que no domina y una institucionalidad (nacional e internacional) que ya no lo espera.
Ese es el saldo real del momento político hondureño. La OEA no resolvió la crisis con su asamblea, pero cerró el tablero. A partir de ahora, quien insista en desconocer el proceso no lo hará con respaldo internacional, sino contra él. Y en ese escenario, las narrativas más estridentes pueden movilizar a los convencidos, pero difícilmente cambiarán los resultados.
Honduras no está ante un fraude que el mundo se niega a reconocer. Está ante una derrota que ciertos actores se niegan a aceptar y que intentan prolongar mediante el desconocimiento, la presión y la movilización. La asamblea de la OEA no abrió un debate: lo clausuró. A partir de ese momento, el proceso electoral quedó encauzado hacia su cierre institucional y el país hacia el 27 de enero, con un nuevo gobierno que será reconocido afuera, aunque impugnado por quienes quedaron al margen del resultado. Ese día marcará algo más que una toma de posesión: marcará el límite entre la narrativa y la realidad. Para Mel Zelaya, para Libre y para Salvador Nasralla, los caminos no solo se estrecharon; comenzaron a agotarse.
