Existe cierta medición que circula a puerta cerrara donde se augura, para el próximo marzo, unas elecciones internas complejas. En esa medición aparece Rixi Moncada arriba de Cálix, pero no por mucho; Salvador Nasralla está muy por debajo de ser aún una alternativa y, la sorpresa, hay una sorprendente buena aceptación para Ana García, que al igual que Rixi, está con dos dígitos de diferencia sobre Tito Asfura. En el PL no hay sorpresas, todo es cuestión de que Eduardo Maldonado se decida y se hace con la candidatura de su partido. ¿Pero vale el esfuerzo esa candidatura? En el entorno polarizado donde se llevaran a cabo las elecciones de 2025, lo dudo. Tengo buenas razones para creer en esa medición, aunque no pueda tener a mano el documento, queda a criterio del lector si la contempla o no. Sirve, en todo caso, porque da luces de a dónde está el corazón del pueblo hondureño, para desde allí ir tomando decisiones concretas.
Voy a comenzar con Salvador Nasralla. Hace dos semanas era el centro de la atención nacional, todo mundo exigía a Luis Redondo que aceptara su renuncia, se le veía como una víctima de un sistema injusto. Pero ahora ese gas se quemó y su figura no resalta del resto de personajes que diariamente adornan nuestros noticieros. No sorprenden esos números porque aún no es candidato, formalmente hablando, pero tampoco tendrá fácil serlo. Pesa sobre él una serie de decisiones desafortunadas, inconsistencias y contradicciones que lo hacen ver, para ojos de muchos, como una persona inestable. Cierto es que no tiene escándalos de corrupción, pero no ha sabido rodearse de personas íntegras (Redondo, Alvarenga, Padilla) y es tan responsable de este gobierno como lo es Mel. No se le puede negar la popularidad que tiene, su capital más importante.
En Libre vemos como se ha puesto toda la maquinaria del Estado para apoyar la candidatura de Rixi Moncada. Su bandera de campaña es, que ella continuará con lo que (sea) está haciendo esta administración. Asumen que la población piensa igual que la dirigencia del partido y que esa promesa de “continuidad del proyecto refundacional” es algo que a alguien más que a los ministros enchambados interesa. Tiene sobre sí la historia en donde nunca, ningún candidato oficialista en Honduras, ha podido ganar las elecciones generales, menos luego de un gobierno tan conflictivo como este.
Jorge Cálix comenzó esta administración con pie izquierdo y desde el inicio debió cargar con el estigma del traidor, si bien los mismos errores de libre y su desafortunada elección con Luis Redondo le han ido limpiando el camino, recuperarse no le ha sido fácil. Pero es posible, la diferencia que lo separa de Moncada es bastante corta y puede ir recuperando terreno en los meses que restan. Tiene razón Mel de estar preocupado por su pupilo, ahora único en el partido capaz de pelearle liderazgo. La principal amenaza de Cálix sería su impaciencia.
La sorpresa viene del Partido Nacional. Nadie niega la popularidad de Tito Asfura. Un hombre que durante sus años de alcalde recibió la aprobación de la mayoría de los capitalinos. Enfrenta ahora serios señalamientos de haber traicionado a su partido, de haberlo entregado a Mel a cambio de limpiar sus expedientes de corrupción. Si es cierto o no, eso no importa, en política las narrativas son más poderosas que los datos. Lo que sí es cierto es que no se le ve, no aparece en fotos ni concentraciones y su excusa de ser “un hombre de acciones y no de palabras,” no le está sirviendo. Ese vacío ha sido aprovechado por Ana García, esposa de Juan Orlando Hernandez.
García ha enfrentado duros golpes en los últimos dos años, la extradición, el juicio y la condena de su esposo ha sido una prueba difícil. Pero el proceso en Nueva York, si bien sirvió para dar un veredicto de culpabilidad según las leyes norteamericanas, no han convencido a la base del PN. Es, de todos los candidatos, la que cuenta con la narrativa más sólida, de esposa leal, luchadora fuerte que se mantuvo junto a su marido hasta las últimas consecuencias, dispuesta a dar la cara por su familia, incluso a costa de su propia seguridad. Eso es, precisamente, lo que el Partido Nacional está pidiendo: a los hondureños nos enamoran las novelas. Podrá usted decir a este punto: “¡Pero el esposo es un narcotraficante condenado!” Yo no tengo cómo rebatirle eso: Res judicata est. Solo lo invito a que vaya a la calle y pregunte ¿a cuántos realmente importa eso?
