Una persona reporta un bache desde su teléfono. El mensaje entra a una plataforma, queda registrado, se clasifica y llega a la unidad correspondiente. Hasta allí, la inteligencia artificial puede ahorrar tiempo, ordenar información y evitar que una solicitud se pierda entre llamadas y papeles. Después alguien tiene que ir a reparar la calle. En ese recorrido, desde la pantalla hasta el trabajo terminado, se juega buena parte de la promesa tecnológica que hoy discutimos.
Pensaba en esa distancia mientras conversábamos en +Conscientes con Carlos Cálix, cofundador de Gobai Ventures, y Dietrich Carrasco, consultor en inteligencia estratégica e investigación de fuentes abiertas. Habíamos comenzado hablando de la disputa internacional por la inteligencia artificial, de la competencia entre potencias y de los temores que acompañan su desarrollo. Terminamos en un terreno mucho más cercano: la capacidad de una alcaldía para atender las solicitudes que ahora puede recibir y organizar con mayor rapidez.
Cálix explicó el funcionamiento de una iniciativa de atención ciudadana mediante WhatsApp, aplicada, según relató, en el Distrito Central y Marcovia. La herramienta permite recoger reportes y canalizarlos hacia las unidades municipales. Cuando le pregunté por la capacidad para responder, apareció el trabajo que debe acompañar al sistema: organizar al personal, establecer prioridades y contar con recursos para intervenir. La velocidad para registrar un problema puede ser muy distinta de la velocidad para resolverlo.
Esa diferencia merece atención porque allí podemos reconocer tanto el valor de la tecnología como las condiciones para aprovecharla. Una institución que conoce mejor las necesidades de la población tiene la posibilidad de distribuir mejor sus esfuerzos. Puede identificar dónde se repite una falla, qué solicitud lleva demasiado tiempo pendiente o qué dependencia acumula retrasos. Esa información, bien utilizada, puede cambiar decisiones. También puede permitir que los ciudadanos exijan explicaciones con mayor fundamento.
Pero hace falta completar el recorrido. Un mensaje recibido y una respuesta automática son pasos dentro de un servicio cuyo resultado todavía debe producirse. El vecino evalúa lo que ocurre en su calle. Si el sistema funciona, debería poder conocer el estado de su solicitud, comprender las razones de una demora y comprobar que alguien asumió la responsabilidad de atenderla. La innovación adquiere sentido público cuando esa relación mejora.
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Me interesa discutir la inteligencia artificial desde ese lugar. La utilizo en mi trabajo y conozco la capacidad que tiene para ampliar proyectos, procesar materiales y explorar posibilidades que antes exigían mucho más tiempo. Ese uso también enseña a revisar. Hay respuestas que parecen completas y contienen errores; instrucciones que necesitan precisarse o resultados que requieren volver sobre la fuente. La facilidad con que una herramienta produce algo puede hacernos olvidar el esfuerzo necesario para juzgar si está bien.
Carrasco describió una práctica que considero especialmente valiosa: utilizar la IA para contrastar lo que piensa y regresar después a los documentos para comprobarlo. El riesgo de buscar únicamente aquello que confirma nuestras ideas ya existía. Ahora podemos obtener, en segundos, una explicación extensa y convincente que nos dé la razón. Eso obliga a cultivar una disposición que ninguna suscripción garantiza: aceptar que la evidencia puede contradecirnos.
La calidad de ese trabajo depende mucho de nuestra formación. Para reconocer una inconsistencia necesitamos comprender algo del asunto que estamos tratando. Para valorar una fuente debemos conocer su procedencia y sus límites. Para pedir una explicación útil hace falta formular con claridad lo que queremos entender. La IA puede acompañar ese aprendizaje y hacerlo más accesible, siempre que encontremos maneras de utilizarla que fortalezcan nuestra capacidad de pensar.
Por eso la discusión educativa resulta tan urgente. Una escuela que incorpora estas herramientas necesita docentes con tiempo y apoyo para aprender, estudiantes capaces de leer críticamente y actividades que permitan comprobar lo que comprendieron. Entregar equipos forma parte de ese esfuerzo. Su utilidad dependerá de lo que ocurra en el aula y de la continuidad que tenga el proceso.
Durante el programa, Carrasco recordó la oportunidad de estudiar computación en un colegio público de Nicaragua cuando el acceso a esas máquinas todavía era limitado. Relató cómo aquel aprendizaje acompañó después la vida profesional de compañeros que siguieron caminos distintos. Su experiencia permite reconocer el alcance que puede tener una oportunidad educativa ofrecida a tiempo. Una herramienta entra al aula en un momento determinado; las capacidades adquiridas pueden seguir dando frutos muchos años después.
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En Honduras necesitamos pensar con ese horizonte y, al mismo tiempo, atender las diferencias de partida. Hay estudiantes con conexión, acompañamiento y posibilidades de experimentar. Otros necesitan compartir un aparato, comprar datos o buscar un lugar donde conectarse. También son distintas las condiciones de sus docentes. Si dejamos la formación únicamente a la capacidad de cada familia, el aprovechamiento de la tecnología seguirá dependiendo demasiado de las ventajas que ya tenían.
Comenzar en los centros donde existen mejores condiciones puede ayudar a aprender de la experiencia. Ese primer paso necesita una ruta para incorporar a quienes están más lejos. De lo contrario, corremos el riesgo de celebrar experiencias exitosas que no logren modificar la desigualdad educativa. El talento que queremos desarrollar también está en las comunidades donde resulta más difícil encontrar una computadora disponible.
Algo semejante ocurre con el trabajo. Para un pequeño negocio, la utilidad de la IA tendrá que encontrarse en tareas concretas: organizar pedidos, preparar materiales, revisar información o mejorar la atención a sus clientes. Habrá que considerar cuánto cuesta, cuánto tiempo exige aprender y qué errores puede introducir. Una mejora que funciona en una empresa puede requerir ajustes importantes en otra. Escuchar esas experiencias, incluidos sus tropiezos, sería más útil que prometer una transformación uniforme.
Cálix sostuvo durante la conversación una posición optimista sobre estas posibilidades y expresó su preocupación por regulaciones que frenen la innovación. Ese riesgo debe discutirse con seriedad. Una exigencia mal diseñada puede encarecer un proyecto sin proteger a nadie. Precisamente por eso conviene hablar de obligaciones concretas: demostrar lo que una herramienta ofrece, explicar cómo utiliza la información y establecer responsabilidades cuando falla.
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Pedir esas condiciones ayuda a construir confianza. Una institución que contrata un sistema debería conocer su costo completo, la dependencia que adquiere respecto del proveedor y la forma en que podrá recuperar sus datos o cambiar de servicio. También necesita saber qué decisiones puede revisar y quién atenderá los reclamos. Esas preguntas forman parte de una compra responsable, sobre todo cuando se utilizan recursos públicos.
Mientras las potencias disputan el liderazgo tecnológico, cada contrato y cada aplicación nos colocan frente a decisiones propias. Podemos tener poco peso en la definición de los grandes modelos, pero sí debemos desarrollar capacidad para evaluar lo que incorporamos. Depender de herramientas externas vuelve más importante contar con personas que entiendan sus alcances y puedan exigir condiciones adecuadas para utilizarlas.
Hay una dimensión política en todo esto. Una administración debe decidir qué necesidades atender primero, cómo distribuir su presupuesto y qué explicación ofrecer a quienes siguen esperando. Puede apoyarse en información mejor organizada, pero conserva la responsabilidad sobre sus prioridades. Atribuirle una decisión al sistema no debería convertirse en una manera de evitar esa responsabilidad.
La inteligencia artificial abre oportunidades que vale la pena explorar con entusiasmo. También vuelve más visibles tareas que hemos postergado: formar mejor, organizar el trabajo, evaluar resultados y dar seguimiento a los compromisos. Tenemos que emprender esas tareas mientras aprendemos a utilizar las nuevas herramientas. La espera tampoco nos prepara.
Vuelvo al vecino que reportó el bache. Su mensaje ya está registrado y la institución dispone de información que antes podía perderse. Allí comienza una posibilidad de mejora. Para cumplirla, alguien deberá convertir ese registro en una decisión y esa decisión en trabajo realizado. Cuando la cuadrilla llegue y la calle quede reparada, la respuesta habrá salido por fin de la pantalla.
