En su libro Nexus: A Brief History of Information Networks, Yuval Noah Harari analiza cómo las redes de información han transformado a las sociedades humanas a lo largo de la historia. Desde las antiguas religiones hasta los imperios modernos, las estructuras que conectan a las personas y facilitan el intercambio de ideas han sido claves para la organización social. Sin embargo, Harari señala que nunca antes habíamos enfrentado un fenómeno tan radical como el que hoy representan las redes sociales digitales. Con su capacidad para conectar a millones de personas en tiempo real, estas plataformas no solo transmiten información: la filtran, priorizan y moldean, creando realidades paralelas donde lo verdadero y lo falso se difuminan peligrosamente.

A partir de 2016, Facebook introdujo un cambio profundo en su algoritmo. La plataforma dejó de mostrar el contenido en un orden cronológico o aleatorio, y comenzó a priorizar las publicaciones que generaban engagement: las que provocaban más interacciones: likes, comentarios, compartidos y reacciones emocionales. El objetivo era claro: mientras más tiempo pasaran los usuarios en la red, más anuncios verían, y más rentable sería el negocio. Este cambio, que parecía una simple optimización tecnológica, tuvo consecuencias devastadoras. El algoritmo, frío y ciego, encontró que lo que mejor retenía nuestra atención no eran las noticias balanceadas, ni las conversaciones civilizadas, ni las publicaciones verificadas. Eran las que nos enfurecían, las que nos sorprendían, las que nos enfrentaban entre nosotros.

Harari expone el caso de Myanmar, un país donde Facebook se convirtió en la principal fuente de información. En ese contexto frágil, donde los medios tradicionales tenían un alcance limitado y el analfabetismo digital era común, Facebook fue utilizado para difundir noticias falsas y discursos de odio contra la minoría musulmana rohinyá. El ejército birmano, aprovechando el funcionamiento del algoritmo, impulsó una campaña sistemática que describía a los rohinyás como una amenaza, acusándolos de violaciones, asesinatos y conspiraciones. El contenido apelaba a las emociones más primitivas: el miedo y la ira. Cada publicación generaba comentarios furiosos, reacciones de indignación, miles de compartidos. Y el algoritmo amplificaba ese contenido. La repetición constante terminó convirtiendo el discurso de odio en un hecho irrefutable para millones de personas. Las consecuencias fueron fatales: en 2017, el genocidio contra los rohinyás evidenció que la realidad digital había allanado el camino para la violencia física.

Ese fenómeno, con matices distintos, ocurrió en Honduras durante el gobierno de Juan Orlando Hernández. En los años en que Facebook privilegiaba el engagement como métrica fundamental, comenzaron a circular publicaciones que lo vinculaban directamente con el narcotráfico. En un país marcado por la desconfianza hacia las instituciones y la percepción de impunidad, esas acusaciones encontraron un terreno fértil. No importaba si la información tenía pruebas verificables o no: lo importante era el impacto emocional. Las publicaciones se compartían con furia, alimentadas por el hartazgo social y la indignación acumulada. El algoritmo las detectaba como contenido “relevante” y las impulsó, asegurándose de que miles, luego millones, las vieran repetidamente.

Para las personas, ver una acusación tantas veces en sus feeds equivalía a una confirmación de su veracidad. La repetición constante activa lo que los psicólogos llaman el efecto de verdad ilusoria: cuando escuchamos algo muchas veces, nuestro cerebro lo asume como cierto, incluso si carece de evidencia. Al tiempo, las llamadas “burbujas informativas” hacían que los usuarios solo vieran contenido alineado con sus prejuicios. La narrativa sobre Hernández como un presidente vinculado al narcotráfico se instaló en el imaginario colectivo mucho antes de que los tribunales intervinieran. Años después, en el juicio en Nueva York, las pruebas no lograron consolidar el caso, pero para la opinión pública la sentencia ya había sido dictada.

En los medios de comunicación también sentimos el peso del cambio algorítmico. Las redacciones que producían reportajes verificados y análisis cuidadosos notaron cómo su contenido perdía alcance y relevancia en las redes. En contraste, cualquier publicación sensacionalista, polarizadora o incendiaria alcanzaba niveles virales. La batalla por la atención ya no la ganaba la verdad, sino el contenido que más ruido hiciera. Lo viví de primera mano: en esos años yo trabajaba en un medio donde, a pesar del esfuerzo editorial que hacíamos, las noticias serias y verificadas se quedaban rezagadas. Los números lo confirmaban: Facebook no premiaba el rigor periodístico, sino el conflicto. El algoritmo estaba moldeando nuestra realidad a su medida.

Harari advierte que este fenómeno no es exclusivo de Myanmar o Honduras. Lo vimos en las elecciones de EE.UU. en 2016, cuando las noticias falsas tuvieron más alcance que los reportajes verificados. Lo vemos ahora en todo el mundo, las redes sociales son capaces de dividir a sociedades enteras en realidades paralelas, cada una segura de tener la verdad. En el fondo, es un problema estructural. Facebook y otras plataformas no fueron diseñadas para informarnos; fueron diseñadas para maximizar el tiempo de atención de los usuarios. Y el contenido que mejor captura nuestra atención no es el más útil, sino el más emocionalmente explosivo.

El caso de Hernández es, en muchos sentidos, un reflejo de cómo los algoritmos pueden moldear percepciones colectivas sin que nadie sea plenamente consciente de ello. No se necesita un “cerebro maligno” detrás de la cortina; basta con un sistema automatizado que priorice el engagement sobre la verdad. Lo que comenzó como una optimización comercial terminó convirtiéndose en una herramienta invisible de de-construcción de realidades, con consecuencias que apenas empezamos a comprender.

Harari nos lanza una advertencia urgente: mientras los algoritmos sigan siendo los arquitectos de nuestra información, debemos preguntarnos quién controla nuestra percepción del mundo. ¿La verdad importa cuando el engagement es lo único que importa? Si no respondemos a tiempo, tal vez descubramos que la realidad no la moldean los hechos, sino aquellas emociones que mejor se viralizan.