El 3 de enero, poco antes del amanecer, Caracas dejó de ser una capital y pasó a ser una escena. Los detalles no tardaron en filtrarse: Un grupo de fuerzas especiales estadounidenses entró en la residencia de Nicolás Maduro, atravesó puertas blindadas con sopletes, y lo encontró (según versiones oficiales) intentando refugiarse en un búnker que no alcanzó a cerrar. Horas después, ya estaba en un avión rumbo a Nueva York, junto a su esposa Cilia Flores, acusados de narcoterrorismo.
En cuestión de días, el hombre que había resistido sanciones, protestas, intentos de reconocimiento paralelo y aislamiento internacional, comparecía ante un juez federal en Manhattan. Se declaró no culpable. Su defensa alegó que ni siquiera podía contratar abogados con libertad porque los fondos del Estado venezolano estaban congelados.
Mientras tanto, en Caracas, el poder no cayó. Se reacomodó. La vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió el control bajo una figura jurídica improvisada (“ausencia forzosa”) que no existe en la Constitución venezolana, pero que permitió evitar elecciones inmediatas. En tres meses, liberó parcialmente presos políticos, reordenó el gabinete, abrió canales con Washington y comenzó a vender una imagen distinta: menos ideológica, más administradora de Venezuela. Nada de eso desmanteló el aparato del chavismo. Organismos internacionales siguen señalando que el sistema represivo permanece intacto, incluso después de la captura de Maduro.
Eso es lo que ocurrió realmente en Venezuela: no una caída, sino una intervención sobre la cúpula, seguida de una administración controlada de la transición. Y ese detalle, la continuidad del sistema bajo un nuevo rostro, es el que debe inquietar a Managua.
En el programa Más Consciente del pasado 1 de abril, la conversación se movía entre incredulidad y reconocimiento de un tablero continental que parece moverse en tiempo real. Nadie habla ya de hipótesis ni de teorías. Se habla de precedentes y piezas que caen.

Héctor Urgelles
“Estados Unidos pasó de influir en la política regional a conducirla”, dijo Héctor Urgelles al aire. “Ya no es una estrategia, estamos en la etapa de ejecución”.
Al mismo tiempo que Caracas comenzaba a reacomodarse bajo una nueva administración, la crisis cubana entraba en una fase mucho más visible y tangible. La isla no solo enfrentaba restricciones económicas o tensiones diplomáticas; estaba experimentando un deterioro material que se hacía evidente en la vida cotidiana. Los apagones dejaron de ser intermitentes para convertirse en parte de la rutina diaria, alcanzando incluso desconexiones totales del sistema eléctrico que han afectado a millones de personas en todo el país . En varias regiones, los cortes de energía se extienden por más de quince horas al día, mientras que en otras pueden durar días completos .
La falta de combustible comenzó a desarticular funciones básicas del Estado cubano. Sin diésel ni fueloil, los camiones de basura dejaron de circular, los sistemas de agua fallaron, y la producción agrícola se vio comprometida porque no había cómo cosechar ni transportar alimentos. Los hospitales operaban con limitaciones, el transporte público prácticamente desapareció en algunas zonas, y muchas escuelas han tendido que cerrar temporalmente ante la imposibilidad de sostener servicios básicos. Lo que durante años había sido una crisis contenida se transformó en una crisis visible, imposible de ocultar incluso para el propio régimen cubano.
En medio de ese deterioro, el gobierno de la isla anunció la liberación de más de dos mil presos, un gesto que fue presentado oficialmente como una decisión humanitaria, pero que coincidía con la apertura de canales de negociación con Washington. La secuencia resulta difícil de ignorar: mientras la presión externa se intensifica, aparecen señales internas de flexibilización que buscan aliviar esa presión sin alterar la estructura del poder.
Ese patrón, de presión sostenida acompañada de gestos controlados de apertura empieza a repetirse en distintos escenarios. Y dentro de ese esquema, Nicaragua adquiere una relevancia que no depende de su tamaño ni de su capacidad económica, sino de su ubicación dentro de la arquitectura regional que Estados Unidos intenta reordenar.
En marzo, un informe de inteligencia estadounidense colocó a Nicaragua en una categoría distinta dentro del mapa regional. No se trataba de una evaluación económica ni de una lectura convencional sobre estabilidad política, sino de una señal más profunda: Managua comenzaba a ser vista como un punto de interés estratégico por la presencia y actividad de China, Rusia e Irán en su territorio. Desde Washington, la preocupación no gira en torno a lo que Nicaragua produce o comercia, sino a lo que representa dentro de una arquitectura de influencia que atraviesa el hemisferio.
Esa mirada modifica la naturaleza del problema. Nicaragua deja de ser evaluada por su peso específico y pasa a ser interpretada dentro de una lógica más amplia, donde su valor radica en su posición. Y es precisamente ahí donde comienzan a notarse movimientos que no aparecen en los informes, pero que resultan más reveladores.

Ramón Custodio Espinoza
El régimen nicaragüense ha empezado a ajustarse, no a través de declaraciones públicas ni de cambios visibles en su discurso, sino mediante gestos discretos que sugieren una recalibración. Ramón Custodio lo expresó durante el programa con una precisión que no dejaba espacio a dudas: “Ya dio señales de aproximación con la actual administración (norteamericana)… eso es un síntoma de que tienen que ir cambiando y acoplándose a los nuevos tiempos”. No hablaba de retórica, sino de relaciones. Canales que permanecían congelados comienzan a reactivarse, contactos que antes no se reconocían ahora se toleran, y en ese desplazamiento casi imperceptible se revela una estrategia de adaptación.
El régimen orteguista parece entender algo que rara vez se admite en público: no es posible sostener indefinidamente una alineación política con actores que confrontan a Estados Unidos mientras se depende económicamente de ese mismo país. Esa tensión es estructural. Nicaragua mantiene una fuerte dependencia de sus exportaciones hacia el mercado estadounidense y de las remesas que representan una proporción significativa de su economía, al tiempo que conserva vínculos políticos y de seguridad con países que Washington identifica como adversarios. Ese equilibrio fue viable mientras la presión se mantuvo en un plano indirecto. En el escenario actual, esa ambigüedad se vuelve más difícil de sostener.
Hacia adentro, la situación es menos visible, pero no necesariamente más estable. Dietrich Carrasco, analista exiliado de Nicaragua, lo explicó con claridad en el programa: “Si algo ha caracterizado a este régimen es por contener el conflicto… el silencio responde a la represión”. Ese silencio, sin embargo, comienza a mostrar fisuras. Las purgas internas, las detenciones dentro del propio aparato y las muertes que no terminan de esclarecerse han instalado un clima de desconfianza que atraviesa todo el sistema nicaragüense. Ya no se trata únicamente de controlar a la oposición, sino de vigilar al propio entorno.

Dietrich Carrazco
Carrasco lo resumió en términos concretos: “El costo de seguir acompañando al régimen ya superó cualquier incentivo… pero no acompañarlo puede significar cárcel, destierro o muerte”. Esa es la forma actual de estabilidad en Nicaragua: una estabilidad sostenida por el temor, donde la incertidumbre funciona como mecanismo de control.
En este contexto, la comparación con Venezuela deja de ser un ejercicio teórico. El punto de quiebre en el caso de Nicolás Maduro no fue un colapso interno evidente, sino un error de cálculo. Héctor Urgelles lo señaló sin ambigüedad: “Maduro se confió. Nunca creyó que podía venir una extracción como la que hizo Estados Unidos”. El riesgo para Managua no radica necesariamente en una intervención inmediata, sino en no anticipar el momento en que las reglas del entorno cambian de manera irreversible.
El problema para Nicaragua no es únicamente resistir esa presión, sino definir cómo ceder sin desarticularse. Urgelles enumeró los elementos que permitirían abrir una negociación: liberación de presos políticos, desmontaje del aparato represivo, apertura a la observación internacional y recuperación del espacio político para la oposición. Son condiciones mínimas para cualquier proceso de transición, pero también implican desmontar los mecanismos que sostienen al régimen.
Ahí es donde la figura de Rosario Murillo adquiere un peso determinante. Custodio lo planteó con claridad: “Yo sí creo que Daniel Ortega estaría dispuesto a una transición pacífica… pero no sé si ella quiera”. La diferencia no es menor. Marca la distancia entre una salida administrada y un proceso que podría derivar en mayor inestabilidad.
El escenario que se perfila no apunta a una caída inmediata, sino a una presión sostenida que combina asfixia económica, aislamiento progresivo y espacios limitados de negociación. Es un patrón que ya se observa en Cuba y que comenzó a desarrollarse en Venezuela, aunque cada caso avanza a su propio ritmo y bajo condiciones particulares.
Nicaragua llega a este momento con debilidades acumuladas: una oposición fragmentada, sin una hoja de ruta clara para una eventual transición, y una economía profundamente dependiente de factores externos. Estas condiciones no solo reducen sus opciones, sino que complican cualquier intento de cambio ordenado.
Carrasco introduce aquí una advertencia central: el problema no es únicamente quién abandona el poder, sino qué estructura permanece. El régimen, señala, es un sistema organizado desde el control estatal y sostenido por un aparato de seguridad con fuerte componente militar. Esa estructura no desaparece con un relevo en la presidencia. Puede adaptarse, reconfigurarse y mantenerse operativa bajo nuevas formas.
En última instancia, lo que está en juego no es si Nicaragua se convertirá en la siguiente pieza del tablero, sino en qué condiciones se moverá dentro de él. La trayectoria puede variar: una transición bajo presión externa, como en Venezuela; un deterioro progresivo, como en Cuba; o una salida negociada que anticipe el cambio.
Por ahora, lo evidente es que el tablero ha cambiado. Y Nicaragua ya no está en los márgenes de esa dinámica, sino en el centro de sus tensiones.
