La capital de Honduras ha vivido durante años en una superposición de problemas: tráfico asfixiante, agua irregular, basura acumulada, expansión sin control. Pero lo que apareció hoy en la conversación con el alcalde Juan Diego Zelaya en +conscientes, más allá de los planes y de las promesas de campaña, es algo más básico: el problema central de la ciudad es financiero.
La administración comienza con una deuda superior a los 11,000 millones de lempiras y una planilla que ronda los 82 millones mensuales. En la entrevista, Zelaya explicó que la ciudad había sido recibida en 2022 con compromisos cercanos a los 6,000 millones; cuatro años después, esa cifra prácticamente se duplicó. Solo la deuda flotante con contratistas ronda los 2,500 millones.
Ese es el punto de partida real. Antes de hablar de túneles, teleféricos o malecones sobre el río, la alcaldía necesita recuperar capacidad de operación. Y eso, en términos simples, significa liquidez.
Desde ahí se entiende el tipo de gestión que veremos en los próximos años.

Evitar que el motor se detenga
Cuando se habla de una alcaldía, la conversación suele girar alrededor de obras. Pero la prioridad inmediata de esta administración es otra: reconstruir flujo de caja.
El plan, según explicó el alcalde, se mueve en tres horizontes. En lo inmediato, préstamos puente con la banca local para mantener la operación. En el siguiente nivel, una reestructuración de deuda que permita aliviar el flujo mensual. Más adelante, la intención es trasladar esas obligaciones a financiamiento multilateral con mejores condiciones.
La lógica es doméstica: cambiar deuda cara y de corto plazo por deuda más larga y manejable.
Pero el alcalde tampoco puede esperar a que llegue el dinero. Debe mostrar trabajo de forma inmediata, aunque eso sea con promesas. Esto explica una decisión que, vista desde afuera, parecía contradictoria: la reactivación de proyectos paralizados sin contar todavía con los recursos asegurados. La apuesta es mover la obra, reconstruir confianza con contratistas y bancos, y ganar tiempo político.
Porque la ciudad no está en disposición de esperar. Como dijo el propio Zelaya durante la conversación, no hay luna de miel.
Las urgencias del día a día
Si se escucha con atención el tono de la entrevista, el orden de prioridades es claro. El alcalde no está intentando iniciar su gestión con los proyectos más ambiciosos, sino con aquello que irrita todos los días: el tráfico interminable, el agua intermitente, la basura, las calles deterioradas.
En movilidad, el horizonte estructural es un sistema de transporte masivo. El BRT tiene un plazo estimado de 27 meses y el teleférico sigue en fase de actualización de estudios. Mientras tanto, las medidas serán operativas: gestión de semáforos, presencia en puntos críticos, ajustes de flujo y soluciones puntuales. No cambiarán la estructura urbana en el corto plazo, pero buscan aliviar la experiencia cotidiana.
El tema del agua refleja la misma lógica. La ciudad enfrenta pérdidas altas en la red, sectores sin servicio regular y zonas donde el abastecimiento por barriles multiplica el costo para las familias. La prioridad inmediata es reactivar la represa San José antes de marzo y comenzar a captar agua en el próximo invierno. Los resultados, advierte el alcalde, serán graduales, pero ahí habrá un indicador que la gente podrá sentir directamente: la frecuencia del servicio.
En limpieza, el enfoque combina operación con cultura ciudadana. Más recolección y presencia, pero también un discurso insistente sobre el comportamiento en el espacio público. Esa narrativa puede ayudar a construir corresponsabilidad, aunque también podría volverse frágil si la mejora operativa no se sostiene.
Una gestión con lógica empresarial
El tono del alcalde durante el programa fue revelador. Habló de flujo, de confianza, de negociación con bancos, de activar proyectos como quien intenta sacar adelante una empresa con problemas de liquidez. El método es pragmático: moverse rápido, mostrar actividad, generar señales.
En una ciudad impaciente, la percepción de movimiento tiene valor político. Pero el enfoque también abre un frente de riesgo. Si el refinanciamiento no llega en los tiempos previstos, la administración podría acumular compromisos antes de estabilizar sus finanzas. Durante los primeros dos años, el desempeño dependerá tanto de la ingeniería financiera como de la gestión urbana.

El proyecto que define su ambición
Hubo un momento en la conversación en el que la lógica cambió. La discusión dejó de girar alrededor de flujo o de servicios y se movió hacia una visión de ciudad.
Zelaya fue directo: su proyecto de legado es la recuperación del río Choluteca y del entorno urbano que lo rodea. Saneamiento, un malecón, la revitalización de Comayagüela y la reconversión del centro histórico forman parte de esa idea. También fue honesto con el calendario: los primeros resultados visibles podrían aparecer en el tercer o cuarto año.
Eso marca su horizonte político. No quiere limitarse a administrar servicios; busca dejar una transformación urbana.
El desafío está en el tiempo. Los ciudadanos evalúan en semanas. Los proyectos de ciudad se construyen en años.

La ciudad que recibió
La radiografía que levantamos hoy es clara. Una municipalidad con alto endeudamiento, servicios bajo presión, infraestructura rezagada y crecimiento desordenado. Pero, sobre todo, una ciudadanía cansada.
La evaluación no vendrá en términos de planes ni de visiones. Se medirá en sensaciones cotidianas: cuánto tiempo tomó el tráfico hoy, si el agua llegó esta semana, si la basura volvió a la esquina que se había limpiado hace poco.
Ahí está el punto crítico de esta administración. Los proyectos grandes (transporte masivo, nuevas fuentes de agua, recuperación del río) pertenecen al mediano plazo. La estabilidad política dependerá de señales más inmediatas: que la deuda deje de crecer, que la recaudación mejore sin aumentar impuestos, que el servicio de agua sea más predecible, que el transporte avance más allá de los estudios, que aparezcan obras visibles en el corredor del río y en el centro.
Tenemos claro que las ciudades no cambian de un día para otro. Pero la percepción de cambio puede comenzar temprano.
Porque la ciudad que recibió Zelaya no solo arrastra problemas estructurales. Es una ciudad agotada.
Y cuando una ciudad está agotada, lo primero que pide no es futuro. Pide alivio.
