Una mujer entra a una pulpería en un barrio de Tegucigalpa y pide tres huevos. No un cartón, para eso el dinero no ajusta, tres. El pulpero los coloca con cuidado en una bolsa plástica y ella los guarda junto a una media libra de arroz y una cuarta de frijoles. Es lo que alcanza para la comida del día. No compra para la semana ni para mañana, compra para hoy. Esa escena, repetida miles de veces en distintos barrios del país, describe mejor que cualquier informe la forma en que la inseguridad alimentaria se instala en la vida cotidiana.

En Honduras la comida no ha desaparecido de los mercados. Está ahí, expuesta en las ferias del agricultor, en los supermercados, en las vitrinas de las pulperías. Lo que ha cambiado es la distancia entre el precio de esos alimentos y el ingreso de quienes necesitan comprarlos.

Los indicadores internacionales permiten medir esa distancia con cierta precisión. Entre el 18 y el 19 por ciento de la población hondureña enfrenta hoy condiciones de inseguridad alimentaria, lo que equivale a millones de personas. Dentro de ese grupo, cerca de 200 mil se encuentran en fase de emergencia alimentaria, una categoría que describe situaciones en las que la falta de alimentos puede deteriorar rápidamente la salud de una comunidad.

Las cifras fueron uno de los puntos de partida de una conversación reciente en el programa +conscientes, que transmite ICN, donde tres invitados abordaron el tema desde perspectivas distintas: la institucional, la económica y la médica. El resultado fue una radiografía inquietante del país.

Fátima Espinal, FAO

Fátima Espinal, FAO

La representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Honduras, Fátima Espinal, comenzó explicando que la seguridad alimentaria no depende únicamente de la existencia de alimentos. Para que una sociedad pueda decir que está alimentándose adecuadamente deben cumplirse cuatro condiciones: que los alimentos estén disponibles, que las personas puedan acceder a ellos, que tengan calidad nutricional y que el suministro sea estable en el tiempo.

“Para que exista seguridad alimentaria y nutricional —explicó Espinal durante la entrevista— el alimento debe ser accesible física y económicamente, debe estar disponible, debe ser biológicamente utilizable y debe mantenerse estable. Si una de esas condiciones falla, hablamos de inseguridad alimentaria”.

Honduras no enfrenta una hambruna generalizada ni un colapso del suministro de alimentos. Los mercados siguen funcionando. Los alimentos existen. Pero el acceso económico se ha vuelto cada vez más frágil.

Los sistemas internacionales de monitoreo —como la Clasificación Integrada de las Fases de Seguridad Alimentaria (IPC)— muestran que millones de hondureños enfrentan dificultades para garantizar su alimentación diaria. Otros indicadores, como la escala de experiencia de inseguridad alimentaria utilizada en encuestas de hogares, muestran resultados similares.

El problema se agrava en regiones particularmente vulnerables al clima. Sequías recurrentes en el sur, inundaciones en el Valle de Sula, deterioro de la producción agrícola en distintas zonas del país. Honduras se encuentra entre los países más expuestos a eventos climáticos extremos, lo que afecta directamente la estabilidad de los sistemas alimentarios.

Espinal subrayó, sin embargo, que el país ha desarrollado mecanismos para anticipar parte de estos impactos. Sistemas de alerta temprana, monitoreo agroclimático, coordinación entre instituciones y organismos humanitarios. Después de los años más duros de la pandemia y de los desastres climáticos recientes, el número de personas en condiciones críticas ha mostrado cierta reducción.

“Veníamos de cifras mucho más altas durante la pandemia”, dijo. “Hoy la tendencia ha sido reducirlas gracias a la coordinación entre el Estado, las organizaciones humanitarias y el sistema de Naciones Unidas”.

Pero los avances institucionales no han cambiado un dato central: la comida sigue encareciéndose más rápido que el ingreso de muchas familias.

Para entender ese fenómeno basta recorrer un mercado.

Adalid Irías

Adalid Irías

Adalid Irías lo hace cada semana. Desde hace más de dos décadas registra los precios de los productos que forman la base de la alimentación hondureña. Arroz, frijoles, huevos, queso, pollo, verduras. Su tabla semanal funciona como un termómetro social.

Según sus cálculos más recientes, alimentar a una familia de cinco personas cuesta hoy alrededor de 16 mil lempiras al mes. Esa cifra corresponde únicamente a alimentos. No incluye alquiler, transporte, electricidad ni agua.

Cuando se compara con el ingreso promedio de muchos hogares, el resultado revela el tamaño del problema.

“El salario promedio que reportan las centrales obreras ronda los 9 mil lempiras mensuales”, explicó Irías durante la conversación. “Si usted compara eso con una canasta alimentaria de 16 mil lempiras, el déficit es enorme”.

Ese déficit se traduce en decisiones domésticas que raramente aparecen en los informes económicos.

Las familias eliminan productos de su dieta. La carne desaparece de la mesa. El pescado también. El queso se compra en cantidades cada vez más pequeñas. Los huevos se adquieren por unidad.

“He visto familias que antes compraban una libra de queso y ahora compran media libra”, dijo Irías. “Ese queso lo rayan para que rinda más con los frijoles”.

La estrategia no siempre consiste en reducir la cantidad de comida, sino en sustituir alimentos nutritivos por otros más baratos.

La carne se reemplaza por pollo. El pollo por menudos. Las frutas por productos procesados que ofrecen calorías rápidas pero escaso valor nutricional.

La forma de comprar alimentos también revela el nivel de precariedad económica.

Quienes tienen ingresos estables pueden acudir a ferias del agricultor o mercados mayoristas. Allí los precios son más bajos. Pero una gran parte de la población trabaja en la economía informal, donde el ingreso llega día a día.

Esas familias compran lo que van a cocinar esa misma tarde.

Irías utiliza una expresión que escuchó en los barrios para describir ese fenómeno: comprar raleado.

Significa adquirir pequeñas cantidades: dos huevos, media libra de arroz, una cuarta de frijoles.

Esa práctica tiene un costo adicional. Los productos comprados por unidad en pulperías suelen ser entre un 15 y un 20 por ciento más caros que los comprados al por mayor en los mercados.

Un huevo que cuesta tres lempiras en un cartón puede costar cuatro cuando se vende suelto. Una libra de queso que vale 86 lempiras en la feria del agricultor puede llegar a 95 en una tienda de barrio.

Sumadas a lo largo del mes, esas diferencias amplían la brecha entre el ingreso de los hogares y el precio de la comida.

Las consecuencias de esa brecha no se limitan al hambre.

Doctor Marco Tulio Medina

Doctor Marco Tulio Medina

El neurólogo Marco Tulio Medina nos recordó algo que rara vez se discute cuando se habla de alimentos: que la nutrición determina el desarrollo del cerebro.

“El cerebro en los primeros cinco años de vida es extremadamente vulnerable”, explicó. “Una desnutrición en esa etapa puede provocar daños permanentes en el desarrollo cognitivo”.

Las deficiencias nutricionales afectan la formación de las conexiones neuronales, el aprendizaje y el desarrollo psicomotor. En muchos casos las consecuencias acompañan a una persona durante toda su vida.

Medina participó en investigaciones sobre los efectos de la desnutrición en Honduras después del huracán Mitch, cuando comunidades enteras enfrentaron crisis alimentarias agravadas por el desastre ambiental.

El problema no se limita a la falta de calorías. Las deficiencias de micronutrientes —como hierro, yodo o vitaminas del complejo B— pueden producir daños específicos en el sistema nervioso. “La falta de estos nutrientes afecta el desarrollo del cerebro, los nervios y la médula espinal”, señaló.

Pero el panorama nutricional del país incluye otro fenómeno que parece contradictorio.

La Organización Mundial de la Salud habla de una doble carga de enfermedad: poblaciones donde conviven la desnutrición y la obesidad. La escena no es rara en Honduras.

“Se puede ver a una madre con obesidad y a un niño con desnutrición en la misma casa”, dijo Medina.

La razón tiene que ver con la calidad de los alimentos disponibles para los hogares con menores ingresos. Dietas basadas en productos baratos, altos en calorías, ricos en azúcares y pobres en nutrientes.

Las bebidas azucaradas y los alimentos ultraprocesados ofrecen energía inmediata, pero no los micronutrientes necesarios para el desarrollo infantil.

El resultado es una combinación de problemas nutricionales que terminan trasladándose al sistema de salud: diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares.

Cuando se habla de hambre, las respuestas suelen concentrarse en programas de asistencia alimentaria o en subsidios temporales. Esas medidas pueden aliviar emergencias, pero no cambian la raíz del problema.

Irías lo resumió con una frase que debería permanecer en el centro del debate. “Puede haber comida en los mercados”, dijo. “Pero si no hay ingreso para comprarla, la gente simplemente no puede comer”.

La seguridad alimentaria depende de la producción agrícola, de la estabilidad climática y de las políticas públicas. Pero también depende de algo más básico: la calidad del trabajo y el ingreso de los hogares.

Cuando el salario pierde poder de compra, la comida se convierte en la primera variable de ajuste. La mujer que compra tres huevos en la pulpería no aparece en las estadísticas macroeconómicas. Tampoco en los informes de crecimiento.

Pero su bolsa de plástico con tres huevos, media libra de arroz y una cuarta de frijoles explica con precisión el lugar en el que se encuentran hoy millones de hogares hondureños.

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