Estaba claro que el solo esfuerzo, por parte de la defensa, de desvirtuar las declaraciones de los testigos, por sus intereses manifiestos de reducir su condena, para poder gozar de sus fortunas malditas o vengarse de quién, según repetían una y otra vez, “les atacó sin cuartel”, sería insuficiente para inclinar la balanza que pesaba en contra del expresidente Juan Orlando Hernández. Las contradicciones y mentiras descubiertas no bastaron. Al final el jurado dictó sentencia y el juicio completo dio como ciertas las afirmaciones de la amistad íntima de Fabio Lobo con Hernández, “¿si está dispuesto a acusar a su padre por qué habría de mentir en cuando a Hernández?”, dijo el fiscal. No importó que quién recibiera el soborno del cartel de Sinaloa en Puerto Cortés no perteneciera a la corriente de Hernández, en aquellas infames elecciones de 2012 ni que, por esa circunstancia, el dinero que entregó Castelum fuera a parar, al Partido Nacional, sí, pero al otro candidato; o que la versión del soborno del Cachiro se contradijera con la que contó Fabio Lobo; o que la fiesta de cumpleaños de Moncho Lobo que contara Devis Rivera fuera totalmente inverosímil; ni que se resaltara el dato falso presentado por la experta de la DEA, en cuanto al flujo de drogas que pasó por Honduras a partir del 2014, que contradice al dato oficial de la misma agencia antidrogas y el Departamento de Estado: JOH fue declarado culpable y solo le queda ahora esperar mejor suerte con la apelación.

¿Qué exactamente hundió a Hernández?

Hay que dejar claro que la tarea de defenderse de este tipo de acusaciones es humanamente imposible. Lo dijo el Juez Castell al momento de establecer las instrucciones al jurado de cómo interpretar los cargos que pesaban contra Hernández: “los conspiradores no suelen difundir sus planes. Una conspiración casi invariablemente se caracteriza por el secreto” y dentro de ese secreto, la palabra de los testigos expuestos es la única luz que alumbra. “Solo necesitan encontrar que el acusado participó en la conspiración con una o más personas para encontrarlo culpable”, enfatizó el juez.

Sabemos que hasta el último momento no había consenso en la defensa de si Hernández debía o no subir al estrado. Era un riesgo enorme hacerlo. Algunos afirman que ese fue su principal error. Raymond Colon, tenía la opinión de que esa era la única opción para presentar una narrativa alterna a la construida por la fiscalía con los 12 testigos presentados; Renato Stabile manejaba una posición más neutral y Sabrina Shroff se oponía rotundamente a la idea. Pero Hernández no tenía salida, todos los recursos, todos testigos propuestos menos los tres generales que le acompañaron hasta el final, todos los documentos clasificados e informes que, a criterio de Hernández, hubieran pesado en su favor le fueron bloqueados por la corte. Fue un proceso kafkiano, no es posible defenderse.

Si bien Hernández logró con su testimonio —hecho más para sus correligionarios de tierra adentro que para el jurado mismo, que nunca tuvo los elementos necesarios para comprender el complejo país que es Honduras—, remarcar las contradicciones y fisuras en la narrativa de la fiscalía y consolidó así aquella narrativa que venía repitiendo desde hace años, en donde él es víctima de un sistema de justicia que no le dio espacio para una defensa justa, fue incapaz de desvirtuar una serie de pruebas que terminaron hundiéndolo.

¿Cuál es la historia detrás de la foto que se tomó con Arnulfo Valle en el mundial de Sudáfrica 2010? O la foto con los hijos de Giovanny Fuentes Ramírez, ¿por qué estaba con ellos? Hernández intentó responder, irónico, que se había tomado muchas fotos y que conocía muchos hijos, sugirió incluso que la foto del mundial era manipulada, pero nunca supo explicar nada.

Luego está el resbaladizo tema de Graneros Nacionales, que su edecán, el general Romero Padilla confirmó. Dos reuniones de media hora cada una con Fuad Jarufe que, si bien en la versión de la defensa estaban solos y no era posible que el testigo José Sánchez estuviera allí sin ser notado por la seguridad del mandatario, Hernández no supo explicar a qué fue allí. Nadie le creyó la excusa del monitoreo a los precios del arroz, eso se podía hacer con una llamada telefónica. Nos quedó claro que la razón de la visita era otra y no la dijo. ¿Por qué?

Y al final el asunto de Tony Hernández. ¿Por qué si JOH sabía de las andadas de su hermano menor, siguió protegiéndolo, asignándole incluso para su seguridad, elementos de la Guardia de Honor Presidencial? ¿Es cierto que él andaba pidiendo dinero en su nombre y que ese dinero nunca llegó a él? ¿Por qué no lo detuvo entonces?

Juan Orlando Hernández ha sido sentenciado, en gran medida, por los delitos que cometió su hermano, porque se asume que sin su protección esos delitos no eran posibles. Pero lo que lo hundió fue otra cosa. Fue su forma de hacer gobierno, que usó por 12 años, autoritaria y cínica, donde secuestró las instituciones para garantizarse el poder,. Eso le jugó en contra. Si JOH hubiera sido la mitad de democrático y respetuoso de las instituciones que dijo ser en su juicio, quizás allí se habría salvado. Sirva su ejemplo para otros gobernantes, que el poder es efímero y tarde o temprano se deberá rendir cuentas.