Es ingenuo pensar que la oposición venezolana se sometió al proceso electoral del 28 de julio pensando que Nicolás Maduro actuaba de buena fe, que no buscaría imponerse, como él lo dijo en varias ocasiones, “por las buenas o por las malas.” La verdadera estrategia no estaba en ganar las elecciones sino en demostrarlo. Desnudar con pruebas el fraude electoral (porque no basta llamar a fraude sin exhibir las actas) y debilitar así la legitimidad que podría tener el chavismo a nivel nacional e internacional.

Toda dictadura necesita un baño de legitimidad para sostenerse. Putin en Rusia; Kim Jong-un en Corea del Norte; Daniel Ortega en Nicaragua, todos se someten a “procesos electorales” amañados, de burro amarrado y tigre suelto, para alcanzar esa “legitimidad” formal que solo los votos otorgan. Aunque todos en el mundo sepan que lo que allí hay es una dictadura, que no existen condiciones para elecciones limpias y transparentes, el proceso mismo permite a la comunidad internacional obviar lo evidente y funcionar en sus relaciones como si de un gobierno legítimo se tratara. Ese es el juego. La lista de dictadores en el mundo es larga, pero mientras exista esa formalidad, todos van a hacer negocios con ellos, como si de un gobierno legítimo se tratara.

El chavismo nunca necesitó en el pasado de fraudes para imponerse. El sistema es robusto. Las trabas estaban antes de las elecciones. Inhabilitar candidatos, encarcelar opositores, como en Nicaragua, exiliar a todo aquel que podría representar un peligro en las urnas, para que en la papeleta exista solo un candidato capaz de obtener la victoria. Está en las reglas del juego. Nadie niega, por ejemplo, que la victoria de Daniel Ortega en las urnas sea real. Nadie compitió con él y con eso basta para ser “legítimo”.

La estrategia de la oposición estuvo enmarcada entonces en golpear allí a donde realmente puede causar un daño, en la legitimidad de la victoria de Maduro, mostrando las actas que dan la victoria a Edmundo Gonzáles y forzando, además, a que el CNE obviara ese recurso para validad su declaración del resultado. Ya no importa lo que Maduro haga ahora para consolidar su “victoria”: la represión en las calles con organismos oficiales, paramilitares y criminales; la persecución judicial contra líderes y voceros; utilizar el Tribunal Supremo de Justicia para ganar tiempo o arrebatarle a la oposición las actas originales, y desaparecer las pruebas del robo. Ya el daño está hecho e, incluso si logra consolidarse —que es muy probable que lo haga— arrastrará por el tiempo que dure un gobierno aislado mundialmente, con todavía más sanciones de EEUU y la UE, para la élite política y militar que apoyó el fraude (eso incluye a los jueces que lo piensan validar), con un puñado de aliados que no podrán darle más que apoyo moral a un chavismo convertido en sombra de lo que fue en su momento y, mucha presión social, que calificará sin reparos a Nicolás Maduro como el déspota que mató con su incompetencia el proyecto revolucionario de Hugo Chávez.

Pero hay dos efectos del 28 de julio que quiero resaltar: uno a nivel continental, donde Maria Corina Machado surge como bandera de una derecha Sui Generis que le reconoce su valor e inteligencia, al haber logrado derrotar (siquiera moralmente) al chavismo, haciendo uso de sus propias armas. Se suma al lugar que actualmente ocupan Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador. No en vano fueron los primeros en salir a reconocer la victoria electoral de Edmundo González. Atrás, en un segundo plano, le siguen Mulino, Rodrigo Chaves, Daniel Noboa y en un tercer plano, por ser de izquierda, Boric y Bernardo Arévalo.

En el plano local hondureño, como efecto secundario de la crisis venezolana, quedó el partido Libre desnudo en su esencia antidemocrática. No solo estuvieron dispuestos a formar parte de la pantomima electoral madurista con una amplia delegación, en un contexto donde el gobierno negó el ingreso a todos los observadores electorales internacionales que no fueran afines ideológicamente sino que celebraron como militantes del PSUV esa “victoria”, haciendo burla a la oposición hondureña que apoyaba a MCM. Su celebración temprana a todo nivel, desde la presidenta Castro hasta las redes sociales manejadas por los ministros de comunicaciones, su intento de defensa a las maniobras de Nicolás Maduro y su gobierno, en el intento por darle vuelta a la narrativa, los ha colocado en un lugar difícil de sostener. No importa el resultado de la crisis venezolana, Libre se ha mostrado proclive a aceptar al fraude electoral como una opción para mantener los privilegios de ser gobierno, bajo una mala entendida “necesidad histórica” de sostener la “revolución.”