Un testimonio desde la frontera íntima del imperio
No sé en qué momento lo supe. Tal vez fue una sospecha silenciosa mientras cruzaba alguna frontera emocional en mi adolescencia, o quizás lo entendí al ver a mi hijo —nacido del otro lado del muro— levantar una pancarta en una protesta contra la ocupación de Gaza. Tal vez lo supe desde joven, en el silencio de mi casa, donde convivían sin resolverlo dos formas de ver el mundo: la ternura de una madre y abuela migrantes, que amaban a Estados Unidos con una gratitud resignada, y la pasión de un adolescente que crecía leyendo a Froylán Turcios, a Juan Pablo Wainwright, y soñaba con ser Sandino sin fusil.
Vengo de un país que no es capaz de odiar al imperio, aunque ha vivido bajo su sombra. Un país donde la mayoría de las familias, como la mía, ha enviado a sus hijos, a sus madres, a sus primos, a cruzar fronteras hacia el norte, no como traición, sino como consuelo. En mi casa, el imperialismo no era una categoría; era un boleto de avión, un giro por Western Union, un llamado por cobrar desde Seattle o Massachusetts. El imperio no llegaba con tanques: llegaba con papeles, con promesas, con nostalgia.
Milité en la izquierda desde joven. Me opuse a la base militar de Palmerola, a los acuerdos de libre comercio, a la sumisión cultural. Lo hice con rabia, pero también con una certeza incómoda: lo hacíamos entre pocos. Éramos una minoría romántica, casi clandestina, hablando de soberanía en un país que ya no creía en sí mismo. Fuimos sinceros, fuimos dignos, pero no fuimos suficientes. Porque mientras pegábamos afiches o hacíamos pintas, nuestros amigos hacían fila en la embajada. Mientras escribíamos manifiestos rimbombantes contra el imperio norteamericano, nuestras familias aprendían a decir “yes, sir”. ¿Y quién podía culparlos?
Hoy muchos de aquellos compañeros de militancia juvenil están en el gobierno. Han llegado a ocupar cargos desde los cuales se intenta, tímidamente, recuperar un lenguaje de dignidad. Se habla de soberanía, de multipolaridad, de resistencia. Se firma con China, se saluda a Cuba, se aplaude a Venezuela. Y sin embargo, el país —la calle, el mercado, el barrio— parece seguir en otra dirección. Hay algo desconectado entre los discursos de las oficinas y los pasos apresurados del pueblo. Una brecha que no se llena con retórica.
Porque Honduras, hay que decirlo, no será antiimperialista. No al menos como lo sueñan los libros ni como lo narran las cumbres. No lo será porque sus heridas no fueron leídas así. Porque el exilio se volvió destino, no trauma. Porque el migrante no carga el odio, sino el cansancio. Porque aquí, cada dólar que llega del norte es un poema más eficaz que cualquier consigna. Y porque en este país la lucha por sobrevivir ha ganado, por goleada, a la lucha por liberarse.
Eso no quiere decir que no haya resistencia. La hay, pero es más sutil, más dispersa, más contradictoria. Está en la madre que cría a sus hijos sola con el dinero de una hija que limpia baños en Nueva Jersey. Está en el joven que se va porque ya no cree en el país, pero sigue usando su acento con orgullo entre los mexicanos de la cuadrilla de roofing. Está en el hijo que, como el mío, protesta en las calles de un país extranjero por una causa que aprendió en casa, sin haber vivido nunca la pobreza de su abuela.
El antiimperialismo, como relato épico, no arraigó en Honduras. No tuvimos una revolución que lo santificara, ni una victoria que lo inscribiera en la memoria nacional. No hay un Sandino en los billetes, ni una reforma agraria que se recuerde con lágrimas. Lo que tuvimos fueron bases militares, golpes de Estado, enclaves bananeros y represión vestida de progreso. Tuvimos una clase política servil, una burguesía sin patria, y una población obligada a huir antes que a rebelarse.
Y sin embargo, no todo está perdido. Tal vez no haya una épica, pero hay una ética. Tal vez no levantemos barricadas, pero aún hay quienes escriben, quienes nombran, quienes resisten a su manera. Tal vez no quememos banderas, pero no olvidamos las veces que nos traicionaron. Y tal vez, algún día, la lucha no venga desde arriba, ni desde los viejos manuales, sino desde una nueva forma de entendernos: no como súbditos, ni como víctimas, sino como hijos de esta contradicción.
Porque yo soy eso. Un militante de izquierda con familia migrante. Un opositor al imperio que se casó con una gringa hippie. Un padre hondureño cuyo hijo es estadounidense y lucha por Palestina. Un testigo de un país que se ha entregado sin rendirse del todo.
Por eso digo que Honduras nunca será antiimperialista. No con marchas masivas. No con himnos revolucionarios. Pero quizás lo sea, algún día, de otra manera. Cuando dejemos de pensar en el imperio como destino, y lo pensemos, por fin, como espejo. Cuando miremos nuestras propias heridas y entendamos que la libertad no es una consigna, sino una forma de vivir sin miedo.
Mientras tanto, la calle sigue. La gente corre. La vida se impone. Y allá, en las oficinas, alguien sigue escribiendo discursos. Pero aquí abajo, donde todo arde, la historia se escribe sin permiso.
