El amigo Carlos Cálix cita en su columna “Cinco pildoritas y un ramo de flores para Juan,” una publicación de solidaridad que escribí el fin de semana pasado, a propósito de la salida del escritor Juan Ramón Martínez del diario La Tribuna, evento que ha generado un debate en torno a los “límites” de la Libertad de Expresión. Aprovecho el escrito de Cálix para ampliar mi entrada de X, y aclaro que entrecomillo el sustantivo “límites” porque ese debate, que también fue tratado hoy martes, 21 de mayo, en Frente a Frente, aunque saludable, ha estado mal orientado.

No se trata sobre Juan Ramón Martínez y Carlos Flores, dueño de La Tribuna. No nos interesa esa pelea de tabloide, que lleva ya varios meses y decenas de páginas; ni siquiera nos debe interesar el contenido de los artículos de Martínez, de si fue ofensivo, irrespetuoso o solamente “un poco duro” en su crítica. El debate no se trata de él, como persona o escritor, que con cincuenta años de carrera estoy seguro no le faltarán espacios para publicar lo que quiera, donde quiera, sin que nadie se atreva a sugerirle un cambio en el contenido de sus publicaciones.

Se trata sobre la libertad de expresión que permite la confrontación de ideas, la crítica y el debate, esenciales para el progreso y la búsqueda de la verdad. Yo defiendo la libertad de expresión incluso de aquellas publicaciones que rosan en lo proscrito, porque cuando se imponen “límites” a las ideas, incluso aquellos que son impuestos con buena voluntad, se corre el riesgo de que las ideas impopulares o minoritarias, que podrían ser correctas o valiosas (pero impopulares o minoritarias), sean también suprimidas. En una sociedad donde todas las voces son escuchadas, las mejores ideas tienden a prevalecer a través del debate y la discusión abierta. Nunca la censura dio fruto a la verdad.

La implementación de “límites” a la libertad de expresión puede llevar a abusos de poder. Y sí, las cortes norteamericanas han fallado en torno a esos límites con ejemplos que aman los poderosos, como los que describe don Carlos Flores en su editorial, del hombre que grita “fuego” en un teatro lleno cuando no existe tal; o el del discurso de odio, el acoso o ataque a minorías. Pero, ¿y qué si el hombre que gritó fuego, realmente creía que había fuego? ¿Y qué si sabía que no había fuego y gritó porque quería crear pánico? Eventualmente, como en el cuento “Pedro y el lobo,” los asistentes del teatro reconocerán los gritos de aquel loco y sabrán que cuando grita fuego, miente y sabrán reaccionar acorde, sin la intervención de un “bien intencionado” censor. ¿No es esa capacidad social, nacida del aprendizaje colectivo, de distinguir la verdad de la mentira, más útil que silenciar a todo aquel que grita alarma a peligros que no vemos? ¿Quién define la frontera entre una crítica dura y una ofensa? ¿El poder? ¿Es una expresión de racismo criticar al presidente Obama, por una acción o inacción en el ejercicio de sus funciones? ¿Cuándo la crítica a un(a) presidente es ofensiva? ¿Puede interpretarse en el insulto del oprimido, del explotado, del abusado que grita en contra de aquel que le oprime, le explota o le abusa, como una expresión de odio y por lo tanto censurable? ¿O está contemplado en su derecho como ciudadano, el derecho a insultar a quién le gobierna?

Voy a dar un ejemplo de lo que considero “límites” a la libertad de expresión (y discúlpeme acá si le parece que me contradigo). El discurso “ofensivo” debe siempre medirse desde la simetría. Si viene de abajo hacia arriba, de una posición de menos poder, debe ser protegida. Si el “abuso” viene desde el poder, desde quién debe servir a todos sin distingo de clase, raza, género o religión, esa no es libertad de expresión, es abuso de poder.

Cuando aquellos en posiciones de autoridad definen los límites de la libertad de expresión, para silenciar a los críticos o disidentes, crean un ambiente de censura que puede ser explotado para mantener el status quo y reprimir movimientos que buscan justicia y equidad. Y acá, al definir la libertad de empresa sobre la libertad de expresión, el ingeniero Carlos Flores nos está diciendo cuánto podremos esperar de su medio y hasta donde está dispuesto a llegar.

La exposición a diversas opiniones, incluso aquellas que pueden ser ofensivas o extremas, fortalece la resiliencia de la sociedad y promueve la tolerancia. Enfrentarse a ideas desagradables obliga a las personas a desarrollar argumentos más sólidos y a entender mejor las perspectivas de los otros. Eso es urgente, en una época tan polarizada como la que vivimos. Limitar la libertad de expresión evita este proceso y resultará al final en una sociedad menos “Libre”.

Un medio de comunicación que busca un ambiente de tolerancia e inclusión, no aporta a la libertad de expresión cuando “prescinde” los textos de una voz que ha estado en el debate por casi cincuenta años. Porque ¿acaso alguien se atreverá ahora a publicar un artículo crítico contra algún gobierno, en ese medio, después de lo que le pasó a Juan Ramón Martínez? Por eso digo que no se trata de él, sino de nosotros, estimado Carlos Cálix.