Publiqué una pregunta sencilla: cómo se estaba percibiendo la reunión del presidente con Lester Zúniga (Supremo), un creador de contenido con millones de seguidores. No pretendía ser una defensa ni una condena al hecho. Condenar a priori un acto de este tipo no hace sino obnubilarme sobre el significado y alcance del mismo. Mi pregunta era, en esencia, una invitación a mirar la reacción antes de sacar conclusiones. Lo que encontré en los comentarios no fue una conversación, sino una respuesta casi unánime que utilizó las mismas palabras, el mismo tono y la misma idea de fondo: que ese encuentro representaba una distracción, una frivolidad, una señal de que el gobierno está en otra cosa.

Ese consenso me interesa más que la reunión en sí. Porque en comunicación política lo decisivo no es lo que se intenta hacer, sino lo que finalmente se entiende. Si la intención original era acercarse a audiencias jóvenes, proyectar cercanía o construir un puente con un segmento que normalmente no consume política, la forma en que la gente reaccionó (en X) ya ofrece una respuesta bastante clara sobre el resultado. La acción de presidencial no fue leída como un intento de conexión, sino como una desconexión frente a lo que muchos consideran urgente en el país.

A casi cien días de gobierno, esa reacción revela algo que no puede ignorarse. No logro ver una estrategia de comunicación que organice las decisiones y les dé sentido acumulativo. Hay gestos aislados, algunos más visibles que otros, pero no hay una narrativa que permita entenderlos como parte de un rumbo. Como ese marco no existe, cada acción queda expuesta a la interpretación inmediata y esa interpretación tiende a llenarse con lo que la gente ya siente: frustración, cansancio, sospecha.

La reunión con Lester Zúniga, en otro contexto, podría haber pasado como un movimiento más dentro de una estrategia definida. Reuniones de políticos con influencers o estrellas del espectáculo son frecuentes. Pero en este contexto, quedó sola. Y cuando una acción política queda sola, se vuelve símbolo. No por su magnitud, sino por el vacío que la rodea.

Pero hay otra parte de esta historia que me interesa tanto como la reacción al gobierno. Tiene que ver con la forma en que se respondió a mi pregunta original. Muchos comentarios no intentaron discutir si la reunión era pertinente o no, ni si tenía sentido como herramienta de comunicación. Lo que apareció fue otra cosa: una exigencia de que yo dijera lo que ya estaba decidido, de que reaccionara con la misma velocidad y el mismo tono que dominaba la conversación.

Ahí es donde la discusión cambia de nivel. Porque deja de ser sobre una decisión de gobierno y pasa a ser sobre qué se permite hacer en el espacio público. La pregunta abierta, que forma parte de mi forma de trabajar —observar, entender, luego concluir— fue leída como falta de carácter o como una especie de evasión. En algunos casos, como complicidad.

Ese salto es revelador. No se me estaba pidiendo un análisis, se me estaba pidiendo alineamiento. No con una postura ideológica específica, sino con una emoción dominante. Y como ese alineamiento no ocurrió de inmediato, apareció el castigo: descalificaciones, cuestionamientos personales, referencias a cómo me percibían en el gobierno anterior, comparaciones que buscaban medir mi coherencia no por el método, sino por la coincidencia con una expectativa.

No me sorprende del todo. Cuando uno construye una voz pública en momentos de alta polarización, muchas personas terminan asociando esa voz a un campo determinado. Se genera una expectativa de continuidad, de que uno va a reaccionar siempre de la misma manera frente a hechos que se parecen. Pero mi trabajo nunca ha sido repetir una reacción, sino intentar entender qué está pasando antes de fijar una posición.

Eso implica, inevitablemente, incomodar. Porque interrumpe la inercia de la reacción inmediata.

Lo que ocurrió con esta publicación me deja dos cosas claras. La primera tiene que ver con el gobierno. La reacción que se produjo no es un accidente, es un indicador. Muestra que hay una brecha entre lo que se intenta comunicar y lo que se termina entendiendo. Esa brecha, cuando se repite, se convierte en un problema político, no solo comunicacional. Porque afecta la credibilidad de cualquier acción futura.

La segunda tiene que ver con el estado de la conversación pública. Me preocupa que preguntar se haya vuelto sospechoso. Que intentar ordenar una discusión antes de tomar partido sea interpretado como una falta. Que la presión por encajar en una narrativa cerrada reemplace la posibilidad de construir una propia.

No voy a renunciar a ese método. No porque crea que es infalible, sino porque es el único que me permite sostener una mínima distancia frente a lo que ocurre. Sin esa distancia, todo se vuelve reacción, y la reacción rara vez ayuda a entender algo más allá del impulso del momento.

Al final, la respuesta a mi pregunta ya está ahí, en los mismos comentarios. Si una acción de gobierno genera este tipo de lectura, el problema no es la pregunta del que intenta interpretar el mensaje. El problema es que el mensaje no está funcionando como se esperaba. Y eso es lo que debería estar en el centro de la discusión.

Lo demás —incluido el intento de decirme cómo debo reaccionar— forma parte de un ruido que dice mucho sobre el momento que vivimos, pero que no cambia el fondo del asunto.