1999 — 2003Mis años en San Antonio de los Baños
Llegué a Cuba el 5 de septiembre de 1999. Seis días después cumplí 25 años. Me fueron a buscar en uno de aquellos Lada viejos que circulaban por la isla y llegué de noche a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Recuerdo la humedad y el olor del tabaco. Recuerdo una habitación limpia, cómoda, y la sensación de estar demasiado lejos de todo lo que hasta entonces había sido mi vida.
Había conocido la existencia de la Escuela casi por accidente. Quería estudiar fotografía y no encontraba dónde hacerlo. Camila, que entonces era mi novia y después sería mi esposa, fue quien me hizo considerar algo que hasta ese momento no parecía formar parte de mis posibilidades: estudiar arte. Apliqué a fotografía y puse guion como segunda opción. Me aceptaron en guion.
No tenía dinero para estudiar allí. Mi padrastro había muerto de sida en Ciudad de Guatemala el 13 de agosto, apenas unas semanas antes de mi viaje. Su enfermedad nos había revelado también que mi madre estaba infectada con VIH. La estructura familiar terminó de romperse. Yo había estudiado cuatro años de Derecho sin demasiado entusiasmo. Era un muchacho radicalmente de izquierda, lector, con algunas inclinaciones hacia la escritura, pero todavía convencido de que probablemente terminaría convertido en abogado.
Logré reunir alrededor de mil dólares. Allí estaba incluido el boleto a Cuba. El primer año de la Escuela costaba unos siete mil. Tomé el avión de todas maneras. Pensaba que quizá podría permanecer unos meses, conocer Cuba y aprender algo antes de que el dinero se terminara. Durante buena parte del primer año viví prácticamente fiado. Después conseguí préstamos, recibí alguna ayuda de la familia de Camila y la Escuela terminó concediéndome una beca completa para el segundo año.
La EICTV era un pequeño universo. Éramos unos ochenta estudiantes permanentes y cada uno tenía su habitación. Yo vivía en la número 13. Hatem Khraiche, que terminaría convirtiéndose en uno de mis amigos más cercanos, vivía prácticamente al lado.
No había internet como lo conocemos ahora. Al principio teníamos una computadora para todos. Después llegaron tres. Para revisar el correo electrónico a veces había que levantarse de madrugada. Las llamadas internacionales llegaban a un teléfono común y una voz anunciaba por los altoparlantes quién tenía una llamada. Había que salir corriendo para contestarla.
Tampoco había demasiado que hacer. Así que veíamos películas. Creo que durante aquellos dos años vi, como mínimo, dos películas diarias. Después las discutíamos. Hablábamos de cine, de literatura, de arte y, casi inevitablemente, de política.
Yo tenía una pequeña cafetera italiana en la habitación 13. Con el tiempo mi cuarto se convirtió en uno de esos lugares donde los compañeros llegaban a buscar café y terminaban quedándose a conversar. De aquellas conversaciones también salían historias. Todo el tiempo alguien estaba filmando algo. Cuando no escribíamos nuestros ejercicios, ayudábamos en los de otros. A veces éramos técnicos. A veces actores. A veces simplemente cargábamos cosas. Era como estar jugando dentro del arte.
Los fines de semana un bus nos llevaba a La Habana. Nos dejaba en el Vedado, cerca de Coppelia. Para alguien que venía de Tegucigalpa, La Habana era una ciudad deslumbrante. Caminaba durante horas. Me fascinaban sus edificios, el Malecón, La Habana Vieja, los automóviles de los años cuarenta y cincuenta convertidos en taxis. Íbamos al cine, al teatro, al ballet, a exposiciones.
Pero también fui descubriendo sus contradicciones. Cuba acababa de atravesar los años más duros del Período Especial. Había escasez, edificios que se deterioraban y privilegios que nosotros teníamos simplemente por ser extranjeros. Comencé a comprender la distancia entre las ideas políticas con las que había llegado y la realidad concreta de un sistema. Nunca volví a ser aquel muchacho ideológicamente radical.
En septiembre u octubre de 2000 pasó un huracán por Cuba. Nos refugiaron en la sala de cine de la Escuela. Mientras afuera el mundo parecía caerse, nosotros estábamos adentro viendo películas. No encuentro una imagen mejor para recordar aquellos años.
Gente que llora S.A. nació dentro de ese ambiente. Hatem, Arturo Infante y yo conversábamos mucho. En esos años yo leía obsesivamente a Cortázar y recuerdo una historia relacionada con alguien que se introducía en velorios ajenos. De allí apareció también la figura latinoamericana de las plañideras: mujeres contratadas para llorar en los funerales. En algún momento comenzamos a imaginar qué ocurriría si aquello dejaba de ser un oficio individual y se convertía en una corporación. Una empresa dedicada a vender emociones.
Recuerdo haber escrito una primera versión del guion. Particularmente reconozco como mío el texto introductorio sobre la comercialización de los sentimientos. Después Arturo entró más directamente en la escritura y Hatem fue llevando las sucesivas versiones hacia la película que quería dirigir. Debieron existir cuatro o cinco versiones. Gente que llora S.A. sería su trabajo de graduación. Mi tesis era otra: Invisibles.
Algunas cosas de GQL nacieron menos de una idea que de una imagen. Cuando conocimos el Cementerio de Colón comprendimos que había allí una imagen que debíamos filmar: una grúa elevándose sobre los mausoleos mientras una multitud vestida de negro caminaba entre las tumbas. La película se rodó en 35 milímetros.
Yo me incorporé al equipo haciendo algunas funciones de continuidad, pero también terminé delante de la cámara. Tengo un pequeño cameo. Soy un barrendero del Cementerio de Colón, vestido con un overol verde, fumando un cigarrillo. Mirta Ibarra pasa junto a mí rumbo a su trabajo. La saludo. Ella continúa caminando porque tiene que ir a llorar.
Recuerdo el cementerio. Recuerdo la grúa. Recuerdo el sótano donde los trabajadores de Gente que llora recibían sus asignaciones. Recuerdo el bar, las filmaciones nocturnas y la lluvia. Y recuerdo la primera vez que vimos la película terminada. Fue en aquella misma pequeña sala donde meses antes nos habíamos refugiado del huracán. Estábamos enamorados de la película. Nos parecía lo mejor que habíamos hecho.
Me gradué en 2001. Mi última imagen de la EICTV es su entrada: un largo camino rodeado de palmeras y, al fondo, los edificios de la Escuela.
La Escuela todavía me tenía reservada una última experiencia. En 2003 regresé a San Antonio de los Baños como uno de diez antiguos estudiantes de guion seleccionados para trabajar durante un mes con Gabriel García Márquez. Llevábamos ideas y las discutíamos con él. Podían terminar convertidas en un cuento, una novela, un cortometraje o un largometraje. Lo importante era encontrar la historia.
Mi tesis, Invisibles, había sido concebida como un largometraje. En 2002 decidí transformarla en una novela. Años después, en 2012, se convirtió en la primera novela que publiqué. Sin saberlo todavía, el cine me había llevado a la literatura.
Han pasado veinticinco años. A veces intento imaginar qué habría ocurrido si aquel muchacho sin dinero hubiera decidido en 1999 no tomar el avión. No puedo verlo. En Cuba aprendí que los artistas que admiraba eran seres humanos. Conocerlos hizo imaginable algo que antes no lo era: que yo también podía dedicar mi vida a crear.
Cuando finalmente regresé a Tegucigalpa, la ciudad seguía siendo aquella ciudad fragmentada de la que me había marchado. Pero yo ya tenía otras herramientas para enfrentarla. Había aprendido a contar historias. Y había comprendido algo que todavía creo veinticinco años después: contar historias es uno de los oficios más antiguos y necesarios de la humanidad. Es un acto artístico, pero también puede ser político y revolucionario. Las sociedades necesitan a la gente que cuenta sus historias.