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Juan Ramón Molina murió en San Salvador el 2 de noviembre de 1908, lejos de Tegucigalpa,
empobrecido y consumido por una vida que había cruzado la literatura, el periodismo, la política,
la guerra, el exilio y el alcohol. Diez años después, cuando sus restos fueron repatriados a
Honduras, el país que no había sabido sostenerlo en vida le rindió homenajes durante varios días,
cubrió de flores el camino de regreso y recibió su pequeña urna con la solemnidad reservada a
los grandes hombres. En el Cementerio General de Comayagüela, mientras funcionarios y
diplomáticos rodeaban la fosa, al fondo permanecía la otra corte del poeta: los mendigos y
pordioseros que habían compartido con él las calles, el hambre y las noches de aguardiente.
Entre esos dos momentos, la muerte casi anónima en una cantina salvadoreña y el regreso
ceremonial de los restos, se abre el territorio de El pescador de sirenas. La novela apareció en
2019 bajo el sello de Casasola Editores, en una primera edición de 268 páginas, pero su escritura
había concluido varios años antes. Al final del libro figura la fecha del 2 de noviembre de 2014,
una coincidencia deliberada con el día de la muerte del poeta.
El propio volumen advierte que no pretende sustituir una biografía. La documentación histórica
es extensa, pero el propósito declarado es reconstruir la “vida poética” de Molina mediante las
investigaciones y testimonios que otros autores hondureños dejaron sobre él, los textos
publicados por el propio poeta y las libertades narrativas necesarias para llenar los vacíos del
archivo. Entre las fuentes citadas aparecen Arturo Oquelí, Eliseo Pérez Cadalso, Froylán Turcios,
Víctor Cáceres Lara, Medardo Mejía y Marta Reina Argueta, además de los escritos de Molina
recogidos en Tierras, mares y cielos.
La distinción es importante porque determina la forma completa de la novela. El relato no intenta
establecer una verdad definitiva sobre Molina, sino aproximarse a él desde las voces de quienes
lo conocieron o creen haberlo conocido. Un diplomático anónimo funciona como investigador y
narrador. Regresa a Honduras décadas después de la muerte del poeta, conversa con viejos
amigos, recibe cartas, revisa documentos y registra testimonios. La vida de Molina aparece
entonces como aparece casi toda vida reconstruida mucho tiempo después: fragmentaria,
contradictoria y sometida a la memoria de otros. Roberto Carlos Pérez señala en el prólogo que
ese recorrido permite aproximarse al poeta a través de cartas, entrevistas, grabaciones y
conversaciones con figuras históricas como Fausto Dávila, Marco Carías Andino, Froylán
Turcios, Arturo Oquelí y Rafael Heliodoro Valle.
La novela comienza precisamente con el problema de la memoria. Es el 2 de noviembre de 1934.
El narrador presencia en Tegucigalpa el fusilamiento de nueve prisioneros durante el gobierno de
Tiburcio Carías Andino. Sigue la carreta que lleva los cuerpos al Cementerio General de
Comayagüela y allí pregunta dónde está enterrado Juan Ramón Molina. Ni siquiera él puede
recordar el sitio exacto. Unos niños que limpian sepulturas terminan conduciéndolo hacia una
tumba apartada, cubierta por la maleza. Frente a ese abandono, el narrador recuerda una frase de
Froylán Turcios: “Nada queda ya de él”.
La investigación nace de esa vergüenza.
Molina había sido uno de los grandes poetas del modernismo centroamericano y, sin embargo,
menos de tres décadas después de su muerte, su tumba podía confundirse con cualquier otra en
una esquina del cementerio. Ese contraste plantea una de las preocupaciones centrales de la
novela: la fragilidad de la memoria cultural en un país que convierte a sus escritores en símbolos
después de haberlos dejado desaparecer como personas.
Pero El pescador de sirenas no resuelve esa contradicción atribuyendo toda la responsabilidad a
Honduras. Molina participa activamente en el desastre de su propia vida. La novela lo muestra
como un hombre capaz de obtener el favor de los poderosos y perderlo en una sola noche; de
aceptar cargos públicos y después atacar con violencia verbal a quienes se los habían concedido;
de conseguir oportunidades internacionales y regresar siempre a un país que lo asfixiaba; de
rodearse de personas que intentaban ayudarlo y, con frecuencia, destruir aquello que esos amigos
conseguían construir para él.
Uno de los testimonios sintetiza esa conducta con precisión: lo que Molina construía con una
mano terminaba destruyéndolo con la otra. El alcohol aparece constantemente en ese proceso,
aunque la novela no lo utiliza como explicación suficiente. Su dipsomanía agrava la pobreza, los
conflictos y la incapacidad para sostener un empleo, pero debajo de ella existe una resistencia
más profunda a todo aquello que pueda convertirse en disciplina. Molina necesita la libertad con
una intensidad que termina haciéndolo incapaz de conservar muchas de las condiciones que
podrían darle seguridad.
Su relación con Terencio Sierra contiene buena parte de esa contradicción. Molina participa en la
campaña política que conduce al general a la presidencia y acepta con entusiasmo el rango de
teniente coronel. Durante la toma de posesión, vestido con el uniforme que tanto le atrae, bebe
hasta perder toda prudencia y termina insultando al presidente, a sus ministros y a la primera
dama. A partir de entonces pierde el favor del gobierno y convierte el periódico en un espacio de
oposición.
Poco después publica en el Diario de Honduras una traducción de un texto de Benjamin
Franklin. Sierra interpreta el artículo como un ataque personal y ordena su arresto. Molina es
golpeado en el cuartel San Francisco, encarcelado y enviado a trabajos forzados en la carretera
del Sur. Allí, con un grillete en el pie, descubre la distancia que existe entre la condición
simbólica del “príncipe de los poetas” y la vulnerabilidad física de un hombre sometido a la
autoridad de un gendarme.
La escena adquiere mayor fuerza al final de la novela. Cuando sus restos regresan a Honduras en
1918, el cortejo avanza precisamente por aquella carretera que había sido obligado a construir. El
camino del castigo se convierte entonces en el camino del homenaje, una transformación que
expresa con particular claridad la relación tardía del país con Molina.
La política hondureña no aparece únicamente como telón de fondo. Forma parte de la vida del
poeta y condiciona sus desplazamientos, sus empleos, sus amistades y sus exilios. La novela
reconstruye las disputas que rodearon los gobiernos de Terencio Sierra y Manuel Bonilla, la
crisis electoral de 1902, las guerras civiles, la intervención de militares extranjeros y el cierre de
periódicos. En 1904, cuando el gobierno de Bonilla manda tropas al Congreso Nacional y arresta
a diputados de oposición, el relato incorpora incluso el decreto que declara el estado de sitio en
Tegucigalpa.
Molina se encuentra siempre cerca de ese conflicto porque su escritura nunca permanece
separada de la vida pública. Es periodista, propagandista, crítico y, en ocasiones, apologista de
los mismos poderes que después denuncia. La novela conserva esas contradicciones porque
entiende que el personaje sería menos verdadero si se lo limpiara retrospectivamente. El Molina
que aparece aquí no posee una lucidez política constante ni una posición moral estable. Se
equivoca, cambia de opinión, se contradice y participa en las mismas estructuras que lo dañan.
Algo semejante ocurre con la imagen romántica del poeta maldito. El pescador de sirenas se
aproxima a ella, pero no la acepta sin distancia. Molina puede dormir en la calle, perder un
empleo y acabar rodeado de mendigos; también puede utilizar su fama, recibir cargos, viajar en
misiones oficiales y entrar en los salones donde se decide buena parte de la política hondureña.
Su pobreza no borra las oportunidades que tuvo, del mismo modo que esas oportunidades no
anulan las condiciones de precariedad y violencia que terminaron cercándolo.
En ese movimiento entre el reconocimiento y la marginalidad aparece su corte imaginaria.
Molina distribuye títulos nobiliarios entre borrachos, mendigos, vendedores y pequeños
delincuentes. Un hombre se convierte en duque, otro en conde, otro en marqués, y todos aceptan
el juego con la solemnidad suficiente para hacerlo verdadero durante unas horas. La escena
puede parecer únicamente una extravagancia del personaje, pero revela algo importante sobre la
forma en que Molina entiende su propio lugar. El poeta que se proclama príncipe no encuentra su
reino en la sociedad oficial, sino entre quienes han quedado fuera de ella.
La noche de su matrimonio con Dolores Hinestroza ofrece una de las expresiones más claras de
esa relación. Después de la recepción, Molina toma varios platos de comida y abandona la fiesta
para llevarlos a los mendigos que se reúnen cerca del río. Allí presenta al narrador a los
miembros de su corte y comparte con ellos la celebración. La escena tiene humor, pero también
una ternura que resulta fundamental para comprender el personaje. Molina no está simulando una
caridad distante. Esos hombres forman parte de su mundo.
Dolores introduce, por un tiempo, la posibilidad de que ese mundo encuentre un centro distinto.
La carta que Molina le escribe antes del matrimonio muestra a un hombre consciente de la
fragilidad del amor y de las dificultades materiales que esperan a una pareja pobre. Le advierte
que la vida puede ser dura y que incluso el amor más intenso puede deteriorarse bajo el peso de
la existencia. A pesar de esa lucidez, decide casarse y compartir con ella la incertidumbre. La
relación representa uno de los pocos momentos en los que la novela permite imaginar una
estabilidad posible para Molina.
Esa posibilidad dura poco.
Dolores enferma de tuberculosis y muere. La novela construye su agonía mediante una escena en
la que la realidad y la imaginación comienzan a confundirse. Una niña desconocida llega de
noche para advertir que Lolita va a morir. Cuando el momento final se aproxima, Molina
comienza a gritar contra una presencia que nadie más puede ver, tratando de expulsarla de la
casa. Pocos minutos después, Dolores muere y desde los montes llega el canto de un grillo.
A partir de entonces el grillo queda asociado con la muerte.
Uno de los amigos de Molina recuerda que el poeta aseguraba conocer el sonido exacto de la
muerte y que ese sonido era el chirrido del insecto. Contaba haberlo escuchado después de la
muerte de un vecino, cuando el llanto de la familia se apagó y el silencio quedó ocupado por
aquel sonido repetitivo, prolongado y casi insoportable.
La novela utiliza ese motivo sin necesidad de decidir si Molina posee alguna clase de percepción
sobrenatural. Lo importante es que el mundo, visto por él, nunca permanece en su dimensión
literal. Un grillo puede contener una amenaza, un río puede explicar la existencia, una corriente
de agua puede discutir filosofía y una figura mitológica puede revelar algo acerca de un hombre
real. La imaginación no aparece como una evasión de la realidad, sino como la forma particular
mediante la cual Molina consigue interpretarla.
En ese sentido, el río ocupa un lugar decisivo.
Molina recuerda el Río Grande de Tegucigalpa como espacio de su infancia y de su formación
imaginativa. Observando a un insecto devorar a otro y viendo luego cómo un pájaro captura al
vencedor, llega a una conclusión sobre el equilibrio natural: la vida se sostiene mediante la
muerte y los seres existen dentro de una cadena en la que todos terminan alimentando algo que
viene después.
Poco después se identifica directamente con el río. Habla de su cauce seco durante el verano y de
su violencia durante la época de lluvias, cuando las aguas crecen hasta amenazar la ciudad.
Imagina la corriente llevándose casas, iglesias, cárceles y puentes, arrastrando Tegucigalpa y
Comayagüela hasta dejar únicamente el barro rojo. Para Molina, ese movimiento contiene algo
reconocible: largos períodos de agotamiento seguidos por repentinas crecidas de energía y
creación.
La tercera parte de la novela desplaza ese universo fuera de Honduras. En 1906 Molina viaja
como parte de la delegación hondureña que participa en la Tercera Conferencia Panamericana de
Río de Janeiro. El trayecto pasa por Nueva York, continúa hacia Brasil y después se extiende por
Europa. El viaje permite observar al poeta fuera del pequeño ámbito en el que ha construido su
identidad y lo coloca frente a los centros culturales que durante años conoció únicamente a través
de los libros.
La experiencia no lo convierte en un hombre diferente.
En Nueva York se maravilla con los rascacielos, pero termina entrando en lugares marginales. En
Río desaparece durante días de las actividades oficiales y se mueve por las barriadas y los
tugurios del puerto. En Europa recorre museos, teatros y salones intelectuales, aunque su
pensamiento regresa constantemente a Tegucigalpa.
El encuentro con Rubén Darío funciona como una de las escenas centrales del viaje. La novela
imagina a los dos poetas dentro de una recepción diplomática en Río, rodeados por artistas,
funcionarios y aristócratas. Comparten la procedencia centroamericana, la pertenencia al
modernismo y una relación destructiva con el alcohol, pero la manera en que cada uno ocupa
aquel espacio es muy distinta. Darío ha aprendido a moverse dentro de los salones que sostienen
su prestigio internacional. Molina parece sentirse allí como un visitante incómodo y termina
buscando otra vez la salida hacia espacios menos ceremoniosos.
La diferencia no convierte a uno en auténtico y al otro en falso. Explica, más bien, dos formas
distintas de habitar la literatura. Darío construye una figura pública capaz de circular por
instituciones culturales internacionales. Molina continúa comportándose como si toda forma de
integración amenazara con domesticar algo que necesita conservar.
En esa misma noche aparece Greta Prozor. La joven lo lleva fuera de la recepción, lo conduce
hasta un estanque y termina nadando con él bajo la luna. Ella intenta seducirlo y Molina
responde al beso, pero el recuerdo de Dolores entra nuevamente en la escena. Greta contará años
después que, en medio de aquel encuentro, el poeta la llamó Lola. Comprendió entonces que él
estaba allí físicamente, pero su afecto seguía ligado a una mujer muerta.
Dolores se convierte así en una presencia que acompaña al poeta incluso cuando el mundo
parece ofrecerle otras posibilidades. La muerte no cancela el amor; lo transforma en una forma
de ausencia que Molina lleva consigo.
Las sirenas pertenecen al mismo territorio simbólico.
El título de la novela procede del poema “Pesca de sirenas”, incluido en el volumen, y la imagen
vuelve durante el viaje por el Atlántico. Molina es comparado con Ulises porque también
escucha el canto de aquellas criaturas capaces de atraer a los navegantes hacia la destrucción. La
diferencia está en que Ulises necesita ser atado al mástil para resistir, mientras Molina parece
vivir sin aceptar ningún mecanismo semejante de contención.
La sirena funciona entonces como imagen de aquello que seduce precisamente porque no puede
poseerse sin riesgo. La poesía pertenece a esa lógica, pero también la gloria, el amor, la aventura
intelectual, la vida pública y la necesidad de regresar siempre a Honduras. Molina se acerca una
y otra vez a aquello que sabe capaz de hacerle daño, no necesariamente porque ignore el peligro,
sino porque su forma de vivir parece depender de esa aproximación.
Jessica Isla propone en uno de los textos incluidos en la edición que la sirena puede entenderse
como la figura de lo inalcanzable y que el destino de Molina se vuelve así una representación de
la dificultad de crear en una región que condena a muchos de sus escritores a la marginalidad. Su
lectura amplía la novela más allá del personaje histórico y permite ver en él una experiencia que
se repite: la del autor que alcanza una obra significativa sin conseguir construir alrededor suyo
las condiciones necesarias para sostenerla.
El viaje europeo introduce también una reflexión sobre el olvido.
Durante una visita a una exposición de autómatas en París, Molina observa una máquina capaz
de escribir sobre una hoja de papel. El mecanismo produce una frase según la cual aquel pequeño
mundo existe únicamente en la memoria. Molina reacciona con inquietud ante la posibilidad de
que las máquinas produzcan signos mientras los hombres olvidan a quienes los precedieron. La
escena dialoga directamente con la estructura completa de la novela: décadas después de la
muerte del poeta, otro hombre debe reconstruir su existencia precisamente porque el país ha
comenzado a olvidarla.
La modernidad, para Molina, no garantiza la permanencia.
Los archivos pueden sobrevivir.
Los libros pueden conservarse.
Pero nada asegura que alguien vuelva a abrirlos.
Por eso la memoria necesita una voluntad concreta.
Alguien debe preguntar nuevamente por la tumba.
El regreso a Honduras ocurre cuando Centroamérica se aproxima a otra guerra. Molina participa
desde la prensa en la propaganda del gobierno de Manuel Bonilla contra José Santos Zelaya,
exaltando una confrontación que pronto demostrará la debilidad militar hondureña. La derrota de
1907 obliga a Bonilla al exilio y deja a Molina sin lugar seguro dentro del país. Sus artículos
contra Manuel Estrada Cabrera le dificultan refugiarse en Guatemala, mientras Nicaragua
pertenece al bando vencedor. Termina marchándose a San Salvador, sin saber que esa salida será
definitiva.
El último tramo de la novela abandona progresivamente la imagen del poeta brillante.
En San Salvador pierde empleos, acumula deudas, duerme mal, bebe y se hunde en una pobreza
que sus amigos observan con creciente alarma. Froylán Turcios teme incluso que llegue a
suicidarse. Cuando el narrador consigue visitarlo en octubre de 1908 encuentra un hombre
envejecido prematuramente, delgado y casi sin fuerzas. Le propone llevarlo a Guatemala.
Molina se niega.
La respuesta no surge únicamente del orgullo. Dice que ya no tiene casa y que lleva demasiado
tiempo viviendo a la intemperie. Guatemala podría ofrecerle cierta protección, pero también
implicaría aceptar una cercanía con el régimen de Estrada Cabrera que considera incompatible
con aquello que todavía conserva de sí mismo.
En esa conversación aparece la imagen del manantial.
Molina dice haber entregado lo que tenía, del mismo modo que una flor entrega su perfume.
Siente que su vida se ha secado, pero sostiene que la conciencia es todavía algo que no piensa
negociar. Lleva después al narrador hacia un pequeño poblado en las afueras de San Salvador,
donde ha reconstruido una corte semejante a la que tuvo en Tegucigalpa. Otra vez se ha rodeado
de menesterosos y les ha concedido títulos imaginarios. Allí afirma que en vida es ya un
manantial seco y que quizá sea necesario morir para que algo de él pueda convertirse
nuevamente en agua.
La metáfora vuelve poco antes del final en el texto “A manera de despedida”, fechado en octubre
de 1908. Después de una tormenta, Molina imagina una conversación con una corriente de agua
que arrastra papeles, objetos y restos de la ciudad. La corriente habla de la pureza de la
naturaleza y le propone que cada hombre construya su propio cielo. Cuando Molina pregunta qué
es él, recibe una respuesta que coincide con la conversación anterior: un cauce seco.
Poco después muere.
La novela evita darle una muerte grandiosa.
Diez años más tarde, cuando el narrador regresa a San Salvador para participar en la repatriación
de los restos, visita la cantina donde ocurrió. Una mujer que trabajaba allí recuerda que Molina
había pasado el Día de Muertos conversando sobre poesía y filosofía, bebiendo y tratando a las
meseras con aquella teatralidad afectuosa que utilizaba también con su corte. Al final de la tarde
quedó solo en una mesa. Había consumido morfina porque llevaba varios días sin poder dormir.
La mujer pensó que simplemente se había quedado dormido y continuó con su trabajo. Cuando
llegó la hora de cerrar trató de despertarlo y descubrió que estaba muerto.
No hubo una última frase para la posteridad.
Tampoco una escena heroica.
La muerte llegó en la forma más sencilla posible: un hombre agotado apoyó la cabeza sobre una
mesa y no volvió a levantarse.
El regreso comenzó diez años después.
Al abrir el ataúd en el cementerio salvadoreño, el narrador encuentra el cuerpo
sorprendentemente conservado. Solo cuando entra en contacto con el aire empieza a
desintegrarse hasta dejar los huesos, el traje y el bigote. Los restos son trasladados entonces
hacia Honduras, recibidos con ceremonias en Amapala y posteriormente en Tegucigalpa. La
ciudad que apenas podía señalar su tumba en las primeras páginas aparece ahora dispuesta a
reconocerlo como una figura nacional.
El último gesto de la novela devuelve la atención hacia su corte.
Mientras las autoridades cumplen el ritual oficial, los antiguos mendigos están detrás,
arrodillados y llorando. Ellos no necesitan convertir a Molina en monumento porque todavía lo
recuerdan como hombre. Compartieron con él el hambre, el alcohol, las bromas, la comida y esa
aristocracia imaginaria mediante la cual el poeta consiguió transformar momentáneamente la
marginalidad en reino.
Ahí se completa el movimiento iniciado frente a la tumba abandonada.
El pescador de sirenas parte del olvido para reconstruir una presencia. No intenta corregir
retrospectivamente a Juan Ramón Molina ni separarlo de aquello que lo hizo difícil. La novela
devuelve a escena al hombre completo, con su talento y su vanidad, su ternura y su violencia, su
lucidez y sus contradicciones. Permite verlo dentro de una Honduras que a veces lo protegió,
otras veces lo utilizó, lo persiguió, lo encarceló y finalmente lo expulsó; pero también dentro de
una vida en la que el propio Molina tomó muchas de las decisiones que profundizaron su caída.
La tragedia surge precisamente de esa relación.
El país no explica por sí solo su fracaso.
Molina tampoco.
Ambos se encuentran en una combinación especialmente destructiva: una sociedad con
instituciones frágiles y una escasa capacidad para sostener su vida cultural, enfrentada a un
hombre cuyo talento convivía con una resistencia feroz frente a cualquier forma de límite.
Por eso la novela adquiere una dimensión que excede la reconstrucción histórica.
Jessica Isla escribió que Molina puede leerse como “el gran perdedor de la literatura”, el autor
que pudo llegar a ser algo distinto y cuya derrota se sigue repitiendo entre escritores posteriores.
Roberto Carlos Pérez, desde otra perspectiva, entiende la novela como una invitación a volver a
leer al poeta y a sacarlo de una memoria nacional que lo ha reducido durante demasiado tiempo a
la caricatura del borracho genial.
Ambas lecturas se encuentran en un mismo punto: Molina sigue siendo un problema abierto para
la cultura hondureña porque obliga a preguntarse qué hace un país con sus escritores mientras
todavía están vivos.
La posteridad suele resolver estas dificultades mediante ceremonias. Pero ninguna ceremonia
puede reemplazar aquello que no ocurrió cuando el hombre todavía podía recibirlo.
La novela termina antes de convertir esa idea en consuelo.
Molina regresa a Honduras, pero vuelve convertido en restos.
La gloria finalmente llega, pero llega después del hambre, del exilio y de la cantina de San
Salvador.
Por eso la imagen de las sirenas permanece hasta el final.
El poeta pasó su vida acercándose a aquello que prometía una intensidad mayor que la existencia
ordinaria. Nunca consiguió quedarse mucho tiempo en ningún puerto porque siempre había algo
que volvía a llamarlo desde otra parte: una idea, un poema, una mujer, una disputa, una ciudad,
una revolución o ese país que tanto despreciaba cuando estaba dentro y que comenzaba a
extrañar en cuanto cruzaba la frontera.
En el poema que da origen al título, el pescador debe atrapar a la sirena sin dejarse engañar por
su canto. La vida de Molina parece proponer otra posibilidad.
Quizá el verdadero pescador no es quien consigue capturarla.
Quizá es quien sigue entrando al agua sabiendo que aquello que busca puede no existir, que
podría destruirlo si lo encuentra y que aun así hay algo en ese canto que vuelve imposible
quedarse para siempre en la orilla.