Del libro Héroes y villanos del golpe de Estado (El Pulso, 2019)


Al final de las reformas liberales de Marco Aurelio Soto, Honduras no tenía partidos políticos. El desgaste que trajo cerca de cincuenta años en el poder de los conservadores, desde el fin de la República Centroamericana, con breves períodos progresistas como el de Trinidad Cabañas, hizo desaparecer del espectro político al partido conservador. Y aunque las bases de los generales Domingo Vázquez y Ponciano Leiva sirvieron para conformar lo que luego llegaría a ser el Partido Nacional, estos en un principio también se definían como liberales. Hubo un momento en la historia de Honduras, en donde todos los políticos del país formaban parte del Partido Liberal.

El liberalismo sobre el cual se funda el Estado hondureño, se construye como reacción al absolutismo de la autoridad colonial, defiende la libertad individual y la igualdad de los hombres ante la ley, y se basa en una actitud que proponga la libertad y la tolerancia en las relaciones humanas, fundamentada en el libre albedrío y en el principio de no agresión. Promueve, en suma, las libertades civiles y económicas y se opone al absolutismo, al despotismo ilustrado, al conservadurismo, a los autoritarios sistemas dictatoriales y totalitarios. El Liberalismo constituye la corriente en la que se fundamentan tanto el Estado de derecho hondureño como su democracia representativa y su división de poderes.

La base intelectual de ese liberalismo hondureño lo encontramos en los textos de Ramón Rosa y Álvaro Contreras, y más específicamente en el panfleto Mis Ideas de Céleo Arias, sobre el cual construye su ideario el doctor Policarpo Bonilla al momento de fundar el Partido Liberal de Honduras en 1891.

Afirma el historiador José Oscar Hernández Centeno en su tesis Historia de la Formación de los Partidos Políticos de Honduras (UNAH, 1983): «El nuevo partido liberal reconoce desde su nacimiento las libertades civiles como el HABEAS CORPUS; la supresión de la tortura y la pena de muerte; el derecho a la propiedad; la libre emisión del pensamiento; la libertad de asociación y locomoción; la libertad de enseñanza; la libertad industrial y comercial; la libertad de cultos; la separación de la iglesia y el Estado; la igualdad civil y política de todos los ciudadanos; el sufragio universal; la autonomía municipal; la limitación del período presidencial y la prohibición a la reelección, y la absoluta independencia entre los Poderes del Estado». Remarcamos estos últimos puntos porque son cruciales para comprender la disyuntiva que envolvió al partido Liberal en la crisis que llevó al golpe de Estado, más de un siglo después, en 2009. Continúa Hernández Centeno: «Por lo que respecta a la organización del Partido, resalta el contenido caudillista de la misma, pues se establece como organismo supremo la Convención, que se convocaría anualmente, y como autoridades supremas entre las Convenciones; el Jefe y Vicejefe del partido, dando al primero una autoridad absoluta respecto al manejo de los asuntos del partido». Remarca Hernández en su texto que el Partido Liberal fue desde un inicio una organización altamente centralizada, una característica que tendrá repercusiones en su historia a medida transcurra el sigo XX».

Es en esa misma época, del origen de los partidos políticos que inicia en el país el ingreso del capital transnacional, primero mineral y luego bananero, que vendriá a cambiar las relaciones políticas y económicas de Honduras al contribuir a la conformación de una nueva clase social. En gran medida, el proyecto de reforma de Marco Aurelio Soto, que buscaba crear las condiciones para la inversión extranjera a través de la construcción de un estado capitalista moderno, trajo consigo la creación de nuevas clases sociales (obreros y comerciantes) y un cambio en las dinámicas del poder político.

Siempre con el texto del historiador José Oscar Hernández Centeno: «El concepto de conservador imperante para finales del siglo XIX en Honduras no era necesariamente el de persona o grupo de personas opuestos a los cambios, como en el momento y después de la independencia, ya no era proaristocráticos y clericales, sino defensores de los intereses de los terratenientes (y transnacionales) frente a la capa media que buscaba el desarrollo capitalista del país».

Esa capa media a la que se enfrentaban esos conservadores hondureños estaba compuesta por obreros, profesionales, artesanos y empresarios burgueses nacionales: la base del Partido Liberal. Tras el capital transnacional y la oligarquía terrateniente se agruparon los sectores que llegaron a conocerse como Manuelistas, que luego conformaron el Partido Nacional de Honduras, principal antagonista del liberalismo durante el siglo XX.

Pero esa característica mayoritaria del Partido Liberal que lo convirtió en un partido de masas, agrupando en su seno a los más diversos sectores políticos y económicos del país, desde terratenientes y empresarios burgueses de derecha hasta campesinos y organizaciones gremiales de izquierda, generó también profundas contradicciones a lo interno, que lo llevaron a producir la más grande crisis del país.

La crisis de 1902 que dio inicio a la actividad política del Partido Nacional agrupados alrededor del Manuel Bonilla, volvería a repetirse en 1919 y luego en 1924, cuando los conflictos personales y diferencias irreconciliables entre caudillos llevó a guerras fratricidas, consolidando la dictadura de Tiburcio Carías Andino (antes también un liberal) y la hegemonía del Partido Nacional durante el siglo XX.

«Cuando vemos el caso de la guerra de 1924 —afirma el abogado y analista político Miguel Cálix— estamos hablando de una sociedad hondureña que viene del siglo XIX, una sociedad que buscaba consolidar el Estado hondureño, que no se le podía llamar país aún, sino regiones controladas por caudillos rurales y había una resistencia permanente de esa ruralidad a someterse a los dictados de la modernidad que se quería crear. Una lógica de los estados con ministerios, con impuestos, con fuerzas del orden. En gran parte del gobierno de Carías, de Gálvez y de Villeda Morales, el gran desafío era poder ponerle cerco a ese carácter “liberal”, “libre” de los hondureños que hizo durante la colonia, que Honduras fuera una región difícil de controlar».

Las guerras civiles de 1902 y 1924, entonces, fueron guerras entre liberales, cuando un sector o fuerza interna del partido en busca del continuismo y la reelección de sus proyectos políticos, intentó impedir que el otro se hiciera con el poder de la nación.

Un capítulo parecido se repitió durante el golpe de Estado de 1963, cuando Ramón Villeda Morales bloqueó las aspiraciones presidenciales del candidato liberal, el presidente del Congreso Nacional, Modesto Rodas Alvarado, que encarnaba la promesa de vengar de los agravios sufridos durante la prolongada dictadura de Carías Andino.

Esta tesis la confirma el liberal Antonio Ortéz Turcios al decir que «durante el gobierno de Villeda Morales y Modesto Rodas Alvarado, la división era más personalista. El doctor Villeda quería dejar su sustituto en el cargo, sin embargo, el doctor Rodas era quien enarbolaba la bandera del nuevo León del liberalismo que reactivó a la migración, exiliados que habían estado afuera durante la dictadura del general Carías. Rodas llevaba una plataforma distinta a la de Villeda Morales que llegó con una agenda de conciliación; Rodas aprovechó ese malestar de los liberales que lo que esperaban, era venganza contra los nacionalistas».

El retorno al poder del Partido Liberal en 1956 se dio luego de una negociación entre las élites que supieron reconocer el desgaste político luego de 23 años de gobierno nacionalista. Aún no volaba sobre el cielo hondureño el fantasma de la revolución cubana que vendría 3 años después, pero la huelga de 1954 los alarmó al punto de acceder a las modestas reformas que trajo el villedismo.

«El partido Liberal siempre ha sido un partido de base amplia, —afirma Miguel Cálix— históricamente fue el partido más grande de Honduras, de tal manera que las personas que se dieron a la tarea de analizar los números pudieron demostrar que las únicas veces que el Partido Nacional ganaba, era cuando los liberales decidían no votar. Así de fuerte era el Partido Liberal, un partido que era capaz de conjuntar en sus filas desde sectores de izquierda que nunca encontraron cabida en otras opciones partidarias, figuras históricas en los ochentas que intentaron la lucha por partidos independientes y que terminaron aceptando que la única opción era el Partido Liberal. Hablo de un Aníbal Delgado Fiallos hasta el grupo que rodeó al presidente Zelaya, alguna gente de izquierda revolucionaria hasta gente que estuvo en la clandestinidad».

Según Cálix, «cien años después de la guerra de 1924 muy pocas cosas parecen haber cambiado. Ahora hay más institucionalidad, más control del estado, pero sigue siendo una sociedad que a pesar que tiene una estructura diferente en la composición urbana-rural, tiene los mismos valores que inspiraron la lucha de las guerras civiles de sus abuelos y bisabuelos: una resistencia a la imposición de la autoridad, que no le queda (muchas veces) otra opción que volverse autoritaria para hacer valer el dictado de una ley que no necesariamente fue consensuada con todos. Es un circulo vicioso, yo me levanto frente al autoritario pero el autoritario no tiene de otra más que ser autoritario para imponer la ley».

Esas diferencias irreconciliables entre caudillos agrupados alrededor de dos figuras políticas, Villeda Morales y Rodas Alvarado, arrastró la candidatura presidencial de Jorge Bueso Arias en 1971; impidiendo por diez años el retorno al poder del Partido Liberal, hasta 1981, cuando la muerte de ambos caudillos permitió el reagrupamiento de las estructuras del partido, ahora además con la presión que generaba el triunfo de la revolución Sandinista en 1979.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional derrocó en la vecina Nicaragua al gobierno de Anastasio Somoza Debayle, el 19 de julio de 1979, poniendo fin a una de las dinastías más sólidas del Istmo y las señales indicaban que el fenómeno podría repetirse en El Salvador, con una guerra civil que terminaría explotando en 1982. Eso obligó a los Estados Unidos a replantear su política exterior para con la región Centroamericana, así, una de las primeras medidas realizadas fue la búsqueda de un retorno a la democracia, negociado con las Fuerzas Armadas y los dos partidos políticos hondureños.

El gobierno presidido por el general Policarpo Paz García se comprometió a devolverle la vida institucional al país, fijando fechas precisas para la elección de una nueva Asamblea Nacional Constituyente, el 20 de abril de 1980.

La ANC, integrada por 71 diputados, 35 del Partido Liberal, 33 del Nacional y tres del PINU, tenía como única finalidad redactar la nueva Constitución de la República y reorganizar todos los poderes del Estado, nombrándose para este efecto presidente provisional al general Policarpo Paz García. El antecedente, de la ANC eligiendo al jefe de Estado mediante elección de segundo grado, había pasado antes en las dos ANC de 1956 y 1965, con Ramón Villeda Morales y Osvaldo López Arellano, respectivamente. La ANC de 1956, en la que tenían mayoría los diputados liberales, nombró presidente de la república a Ramón Villeda Morales y la de 1965, en la que obtuvieron mayoría los diputados nacionalistas, a Oswaldo López Arellano.

La ANC se instaló legalmente el 20 de julio de 1980 en el edificio actual del Congreso Nacional que hasta ese momento servía como sede de operaciones del Centro Asesor del Jefe de Estado de las Fuerzas Armadas (CADEJE).

Inicialmente estuvo presidida por el doctor Roberto Suazo Córdova y posteriormente por Efraín Bu Girón, luego que Suazo Córdova se retirara para ocuparse de la campaña política de cara a las elecciones generales del 29 de noviembre de 1981.

Las tres constituciones de la segunda mitad del siglo XX se hicieron como parte de un pacto entre las élites que permitió la transición pacífica. En esa medida, la disolución del régimen militar y el paso hacia la democracia se hizo bajo la forma de transiciones desde arriba. Es decir, el surgimiento de la nueva democracia se basó en un compromiso de las élites establecidas y no representó un consenso de intereses sociales con inclusión de todos los sectores representativos del país.

Fue además en este período en donde se comienzan a configurar las corrientes políticas internas del Partido Liberal que luego tendrían su papel en las futuras confrontaciones en su lucha por hacerse con el poder de la nación.

Pero esa es otra historia.

SIGUE: CRISIS CONSTITUCIONAL DE 1985,EL ORIGEN DE LAS INTERNAS