Cosas que pasan
Cosas que pasan nació en 2006, cuando yo llevaba pocos años de regreso en Honduras. Había vuelto al país después de estudiar cine en Cuba y de pasar varios años fuera. Trabajaba entonces en proyectos relacionados con salud pública, educación y comunicación, mientras comenzaba a explorar de manera más sistemática las posibilidades de la radio y de la ficción como herramientas para la educación popular.
Fue en ese momento cuando llegué a Arte Acción.
Arte Acción había nacido después del huracán Mitch. En 1998, miles de familias perdieron sus casas en Tegucigalpa y Comayagüela y fueron trasladadas temporalmente a macroalbergues. Uno de ellos ocupaba los terrenos donde años después se construiría MetroMall. Allí, en medio de aquella emergencia, un grupo de artistas comenzó a trabajar con niños y jóvenes utilizando teatro, pintura y otras expresiones artísticas.
Cuando yo conocí la organización, varios años después, aquellas familias ya habían sido reasentadas. Muchas habían terminado en el Valle de Amarateca, en comunidades nuevas construidas fuera de Tegucigalpa. Arte Acción había seguido acompañando a algunos de aquellos niños, que para entonces comenzaban a convertirse en adolescentes y adultos jóvenes.
La organización hacía muchas cosas. Había teatro, circo, malabares, pequeños proyectos audiovisuales y otros programas más cercanos al trabajo convencional de las organizaciones sociales. La radio era solamente uno de ellos.
Nuestra oficina funcionaba en el Centro Loyola, en un edificio antiguo del centro de Tegucigalpa que ya no existe. Allí acondicionamos un pequeño cuarto como estudio. Todo era muy básico: una computadora, un micrófono que debíamos compartir y los pocos equipos que habíamos conseguido reunir.
Con eso hicimos radio.
Amarateca
La Joya quedaba aproximadamente a una hora de Tegucigalpa. Era todavía un asentamiento reciente. Las casas eran pequeñas, muchas parecían recién construidas y alrededor había grandes extensiones áridas y poco desarrolladas. Otras comunidades creadas después de Mitch se distribuían por el mismo territorio.
El aislamiento era parte del problema.
Para los jóvenes, llegar hasta Tegucigalpa significaba pagar transporte y dedicar una parte considerable del día al viaje. Al principio nosotros también íbamos a La Joya. Los informes del proyecto recuerdan que realizábamos dos visitas semanales y utilizábamos un salón prestado por ADRA. Con el tiempo, la situación de seguridad nos obligó a trasladar buena parte del trabajo a Tegucigalpa.
La violencia formaba parte de la vida cotidiana de aquellos muchachos. La comunidad estaba fuertemente condicionada por la presencia de pandillas. El propio informe de 2006 señala que todos los participantes estaban afectados de alguna manera por esa realidad y que la salida de prisión de algunos integrantes de la pandilla que controlaba el sector hizo inseguro continuar realizando allí determinadas actividades.
Arte Acción representaba otra posibilidad.
Los jóvenes podían llegar al Centro Loyola después de la escuela o aprovechar algún viaje a Tegucigalpa para pasar por la oficina. Allí encontraban gente haciendo teatro, circo, video o radio. Para algunos era simplemente un lugar donde pasar unas horas fuera de la comunidad. Para otros terminó convirtiéndose en una oportunidad de formación.
Yo les tomé cariño, aunque siempre mantuve cierta distancia. Algunos tenían relaciones cercanas con el mundo de las pandillas y yo era consciente de los riesgos. Nunca llegamos a construir el tipo de amistad que años después desarrollé con jóvenes de otros proyectos. Pero pasamos muchísimo tiempo juntos.
Y ellos me enseñaron a conocer una ciudad que yo no conocía.
Escuchar antes de escribir
La metodología de Cosas que pasan fue surgiendo de varias experiencias.
Camila trabajaba en salud pública y tenía experiencia internacional en entertainment-education. Había participado en proyectos semejantes en África. Yo venía de la educación popular, del cine y de experimentar con comunicación y radio. No aplicamos mecánicamente un modelo. Fuimos tomando elementos de esas experiencias y adaptándolos a aquellos jóvenes y a aquella realidad.
El punto de partida era conversar.
Hablábamos de VIH, sexualidad, embarazo, violencia, relaciones de pareja, género o drogas. Pero tratábamos de no convertir aquellos encuentros en clases. Preguntábamos qué ocurría alrededor de ellos. Escuchábamos historias.
Después introducíamos un personaje imaginario dentro de una de esas situaciones.
¿Qué podía hacer? ¿Qué opciones tenía? ¿Qué ocurriría si escogía un camino? ¿Y si escogía otro?
La idea era sencilla pero importante: las circunstancias podían ser terriblemente difíciles, pero una vida no estaba completamente escrita de antemano. Había decisiones, alternativas y consecuencias.
Los informes de aquellos años describen el proceso como la construcción de historias realistas basadas en las experiencias y preocupaciones expresadas por los propios participantes.
Yo tomaba notas.
Después convertía aquellos fragmentos en ficción.
Así aparecieron Carolina, Carlos y Marta.
No puedo decir, veinte años después, qué escena pertenecía a qué persona. Tampoco recuerdo cuál de las tres historias escribí primero. Pero sí recuerdo algo: muchas de las situaciones más duras provenían de aquellas conversaciones. Eran cosas que los jóvenes habían vivido, que habían visto o que le habían ocurrido a alguien muy cercano.
Algunas eran todavía más duras que las que finalmente utilizamos.
Años después, algunas de aquellas historias reaparecerían transformadas en otros trabajos míos.
Tres historias, quince capítulos
Cosas que pasan terminó convertida en tres radionovelas de cinco capítulos cada una.
Quince episodios.
Una historia seguía a una madre adolescente. Otra reconstruía la vida y muerte de un joven involucrado en el narcotráfico. La tercera acompañaba la trayectoria de una trabajadora sexual. El VIH atravesaba las tres historias, pero nunca fue su único asunto.
Alrededor aparecía todo lo demás.
Mitch. Las pandillas. La migración. Las deportaciones. Las maquilas. La violencia contra las mujeres. El trabajo informal. Las cuarterías. Los mercados. El embarazo adolescente. La pobreza. El narcotráfico. La sexualidad. La familia.
En realidad, estábamos construyendo un pequeño universo social.
Y no lo estábamos inventando completamente.
Lo estábamos escuchando.
Un micrófono
Los personajes fueron interpretados fundamentalmente por los propios jóvenes.
El grupo directamente vinculado con la radio tendría unas ocho o diez personas, aunque Arte Acción reunía a muchas más. Cuando necesitábamos otras voces incorporábamos gente de los demás proyectos. Camila actuó. Yo también actué. Otros compañeros participaron ocasionalmente.
La grabación era parte de la formación.
Trabajamos actuación, dicción y voz. Algunos comenzaron también a aprender edición. Y entonces apareció un problema inesperado: no todos tenían la misma facilidad para leer un guion.
La solución fue dejar de exigirles que lo leyeran literalmente.
Comenzaron a improvisar.
Sabían qué debía ocurrir en la escena, conocían al personaje y entendían el conflicto. A partir de allí hablaban.
El resultado fue mejor.
El informe final reconoce precisamente que la improvisación produjo interpretaciones más espontáneas y realistas que la lectura convencional de los textos.
Por eso las voces de Cosas que pasan tienen algo que sería difícil reproducir con actores profesionales.
Aquellos jóvenes conocían el mundo que estaban interpretando.
Del estudio a la radio
Pero grabar la radionovela era solamente una parte del proceso.
Después había que salir al aire.
Conseguimos un espacio en ZB 104.9 Stereo Amor. El programa se transmitía los sábados de cuatro a cinco de la tarde. Los jóvenes aprendieron a preparar una revista radial: entrevistas, reportajes, locución, llamadas telefónicas y conducción.
Cada semana se emitía uno de los capítulos.
Después comenzaba la conversación.
Entraban cuatro, a veces cinco jóvenes a la cabina y discutían los problemas que acababan de aparecer en la ficción. Podían conversar con invitados, introducir información y recibir llamadas.
Allí se completaba la metodología.
Habían comenzado siendo participantes de un proceso de formación. Después habían aportado experiencias para construir historias. Habían interpretado esas historias. Y ahora tenían que procesar lo aprendido para explicárselo a otros jóvenes.
Dejaban de ser receptores.
Se convertían en comunicadores.
El proceso podía resumirse de esta manera: conversación → experiencia → alternativas → ficción → interpretación → escucha → reflexión → transmisión → nueva conversación.
La radionovela terminó creciendo hasta convertirse en algo mayor. Cosas que pasan permaneció alrededor de 70 semanas consecutivas al aire. Una vez terminados los quince episodios originales, los jóvenes siguieron produciendo programas sobre tatuajes, drogas, pandillas, barras de fútbol, violencia, machismo, consumismo y otros temas que les interesaban.
Mirar la ciudad desde otros ojos
Para mí, Cosas que pasan fue importante desde entonces.
Lo que no tenía eran las herramientas que tengo ahora para comprender dónde colocarlo dentro de mi propia carrera.
Yo había regresado hacía poco a Honduras. Después de vivir varios años fuera, estaba volviendo a conocer Tegucigalpa. Y aquellos jóvenes me permitieron conocer una ciudad distinta de la mía.
La conocí desde sus ojos.
Escuchándolos entendí otras geografías, otros miedos y otras formas de sobrevivir. La ciudad de las pandillas y los buses; de las muchachas que madrugaban para recoger agua; de las maquilas; de quienes habían perdido sus casas durante Mitch; de quienes pensaban en irse a Estados Unidos; de los jóvenes que conocían la cárcel desde demasiado cerca; de las madres adolescentes y de las mujeres que vivían distintas formas de violencia.
Mucho de lo que después seguiría apareciendo en mi trabajo estaba ya allí.
No porque Cosas que pasan sea el origen de todo lo que hice después. Sería demasiado fácil ordenar retrospectivamente una carrera de esa manera.
Pero allí aprendí a escuchar.
Y escuchar otras vidas es también una forma de aprender a contar un país.
Lo que quedó
Tengo una fotografía del pequeño estudio que construimos en el Centro Loyola. Un cuarto sencillo, un micrófono, los jóvenes alrededor.
Tengo otra fotografía tomada hacia el final del proyecto.
Estamos en Omoa.
Para algunos de ellos era la primera vez que veían el mar.
Cuando miro ahora esa fotografía conozco cosas que entonces no podía saber. Algunos emigraron a Estados Unidos. Algunos lograron construir carreras y vidas muy distintas. Hace poco me encontré con uno de aquellos jóvenes trabajando como editor de televisión en el mismo canal donde trabajo yo.
Otros no llegaron hasta aquí.
Marjorie fue asesinada. Pirrurro murió viviendo con VIH. Otro de aquellos muchachos, según recuerdo, murió también violentamente.
La realidad terminó siendo muy pesada para algunos de ellos.
Eso hace difícil escuchar hoy Cosas que pasan como una simple radionovela educativa. Las historias hablaban de violencia, migración, VIH, exclusión y supervivencia porque esas cosas estaban ocurriendo alrededor de quienes las contaban.
El nombre terminó siendo terriblemente preciso.
Cosas que pasan.
El proyecto no tuvo un gran final.
Terminó el ciclo de financiamiento de Trócaire. Arte Acción continuó trabajando durante algunos años y nosotros seguimos nuestros caminos. Después llegó 2009.
El golpe de Estado cambió el país y cambió también nuestras prioridades.
Todos terminamos empujados hacia otras cosas.
Los audios quedaron guardados.
Han pasado casi veinte años desde la última vez que escuché estas historias. Siempre supe que Cosas que pasan había sido un proyecto importante en mi carrera. Lo que no había podido hacer hasta ahora era volver a él, reconstruirlo y encontrar el lugar donde debía permanecer.
Esta página es, en alguna medida, ese lugar.
Aquí están nuevamente Carolina, Carlos y Marta.
Pero antes que ellos están las voces de aquellos jóvenes de Amarateca que nos ayudaron a imaginar sus vidas.
Y una ciudad que yo aprendí a conocer escuchándolos.